Traducción de L. Tobío y B. López. Introducción y epílogo de Mely Kiyak. Nota al margen. Madrid, 2025. 302 páginas. 22 €.
Por Rafael Fuentes
La reciente editorial independiente Nota al margen ha comenzado con excelente pie su andadura. Sin duda, entre sus primeras propuestas destaca la recuperación en una nueva edición de ¡Oíd, alemanes!, que nos llega muy oportunamente cuando se cumple el 150 aniversario del nacimiento de Thomas Mann (Lübeck, 1875-Zúrich, 1955) y no solo su país, Alemania, donde se celebrarán numerosos actos, se dispone a recordar la figura y la obra del Premio Nobel de Literatura 1929. En su inmortal legado contamos con obras maestras en la narrativa como, entre otras, Los Buddenbrook, La montaña mágica, José y sus hermanos, La muerte en Venecia y Doktor Faustus.
Precisamente, en esta última, Doktor Faustus, relato de la vida del ficticio músico Adrian Leverkühn -con ecos del genio del dodecafonismo Arnold Schönberg-, contada por su amigo Serenus Zeitblom, explora, entre otros muchos asuntos capitales, el destino de su país y la venta de su alma al mal, al régimen nazi.
Esta cuestión aparece en primer plano en ¡Oíd, alemanes!, exhortación con la que Thomas Mann comenzaba cada uno de los 59 discursos realizados desde su exilio en Estados Unidos entre 1940 y 1945. La promoción de los transistores, realizada por el nazismo, fue paradójicamente la que permitió que la British Broadcasting Corporation (BBC) hiciera llegar a Alemania una de las mayores diatribas contra Hitler. Así, los hogares alemanes escucharon las proclamas del gran autor germano, que, tras un complejo sistema, se enviaban desde Norteamérica a Londres.
El presidente de la Sociedad Thomas Mann, Hans Wisskirchen, bien ha recordado lo que señaló el prestigioso y seguido crítico literario Marcel Reich Ranicki en el sentido de que el siglo XX alemán lo simbolizaban dos nombres: el siniestro de Adolf Hitler y su contrario y oponente Thomas Mann. En ¡Oíd, alemanes!, este no solo se posiciona con claridad frente al primero y sus “secuaces’, como Goebbels, Göring, Himmler, que aparecen en sus alocuciones, sino que habla del Führer sin ahorrarse fuertes calificativos como “vil”, “repugnante”, “cruel”, “mediocridad intelectual y moral” … y denomina a su régimen “excremento del diablo”. Explora cómo la barbarie empieza con la abolición de los derechos humanos, como proclama Goebbels en el Sportpalast de Berlín y “diez mil pobres diablos, estúpidos y delirantes, le tributaron una lamentable y absurda ovación”, señala Mann.
Porque, claro está, en los discursos no está ausente, sino todo lo contrario, la inquietante cuestión de por qué una Alemania teóricamente culta, civilizada… se dejó embaucar por semejante barbarie y por un personaje como Hitler, y planea el espinoso debate de si los alemanes eran sabedores de lo que ocurría, el infierno de los campos de concentración y exterminio incluido. ¿Cerraron los ojos? Y se pregunta: “¿Cómo podrá convivir el pueblo alemán con otros pueblos después de esta guerra?”.
En el prólogo y el epílogo al volumen de estas breves -tenían una duración de entre cinco y ocho minutos-, pero vibrantes disertaciones, la periodista alemana Mely Kiyak no obvia el asunto de si Thomas Mann se convirtió en acendrado demócrata -tras haber escrito tiempo antes Consideraciones de un apolítico (1918) donde cuestiona el parlamentarismo-, prácticamente solo en el momento en que fue amenazado personalmente, después de negarse a declarar su fidelidad al NSDAP. Pero, como bien defiende Kiyak, esto no quita valor -y él mismo reconoció su error- a su inequívoca condena del Tercer Reich y a su decidido alegato a favor de la democracia.
Y nos insta a no olvidar, entre otros aspectos, el llamado Discurso alemán. Apelación a la razón, que pronunció en 1930 en la Sala Beethoven de Berlín, donde examinaba el desastroso resultado de los comicios al Reichstag en los que el NSDAP, el partido nazi, alcanzó el segundo puesto en el Parlamento y lo que de amenaza suponía para la libertad y la justicia, denunciando la ideología nazi como “una barbarie que embota y somete a las mentes”. E igualmente bien apunta que desde su exilio nada le obligaba a emitir unos discursos que, certifica Mely Kiyak, “eran -y siguen siendo-grandes, muy grandes”.