Random House. Barcelona, 2025. 299 páginas. 19,85 €. Libro electrónico: 9,49 €.
Por Aránzazu Miró
Del sinfín de agradecimientos que Belén Gopegui hace en su último libro, destaco uno que también podría ser una dedicatoria: «A cada colectivo que se enfrenta a la desigualdad y a la destrucción». Belén Gopegui es nuestra escritora de las desigualdades o, en realidad, de la conciencia colectiva, desde una postura claramente de izquierdas. Es la suya una larguísima trayectoria dando voz a esos colectivos a los que ella agradece, cuando debería ser al revés.
En Te siguen, todos nos podemos sentir identificados. El mundo en que la digitalización se ha convertido en un acoso continuo, contado desde dentro. Parece su novela una distopía, a la manera de aquella emblemática 1984 que se ha desplegado en nuestro día a día desvelando sus anuncios, como Jules Verne noveló en ciencia ficción lo que luego fueron avances de la humanidad.
Pero no es una distopía. Te siguen es una novela del aquí y el ahora. Aunque es verdad que al comienzo no lo parece, nos irá adentrando en la cotidianeidad en la que estamos inmersos todos o, cuando menos, vemos desplegarse ante nuestros ojos. Toca todos los palos, el poder económico y sus triquiñuelas, el monopolio, el control extremo, la falsa independencia de los medios de comunicación, el control absoluto al que estamos sometidos.
La novela transcurre en cinco partes que progresivamente se van acelerando a la vez que se hacen más breves, en que cuatro personajes escriben lo que les ocurre a manera de diario. Seremos nosotros los que entrelacemos esas historias para ir colocando las dos parejas de, digámosle así, activistas y espías. Nada es nunca tan simple, pero podríamos encasillarlos ahí. Casilda es la activista convencida, aunque no nos lo parezca al principio, que se va implicando en una organización que tampoco voy a desvelar aquí, aunque el agua y el deterioro climático le parezcan grandes valores a solucionar.
Jonás es el desencantado del sistema. León un trabajador que pretende ascender en su trabajo para lo que se aplica a desentrañar la existencia de peligros potenciales con los que elevar su consideración social, digo empresarial. Y Minerva es la bruja (hay, qué terrible estereotipo de mujer malvada y supuestamente empoderada, digo entaconada, que le ha salido a Belén Gopegui en este personaje) a quien sus desmedidas pretensiones la llevan al despido y a la ruptura de la pareja; es igual, no sé si hago espóiler anunciando que seguirá tramando. Su ansia voraz no se agota.
En el transcurso de la novela se nos colarán dos nuevos personajes con mucho interés: IG3 de AMX, o lo que es lo mismo, la inteligencia artificial de la empresa a la que veremos controlar y acaparar todo el mercado, que nos da a leer sus informes sobre la actividad tanto de los espiados como de los espías, y por otra parte la periodista Alma Moriano (cuánto significado metafórico el de los nombres de los personajes) que asiste como invitada al acto en que confluyen todos y que funciona como desencadenante del desenlace y de la resolución de todos los cruces entre personajes.
Y que, finalmente, avivada por la pérfida Minerva, querrá dar visibilidad a lo ocurrido, que no deja de ser una de tantas peripecias de control y de imposición del poder por encima de la ética tan habituales en la vida que vivimos. «Recuerdo el tiempo en que pensábamos que habíamos venido al mundo a elegir entre el mal y el bien, y todo parecía tan sencillo», nos dice Minerva en un encuentro con Alma.
Por fortuna, el final es esperanzador. A la manera en que el poeta Claudio Rodríguez dictaba sus versos, que Belén Gopegui ha utilizado de forma explícita en otras partes del texto, la última frase tiene su aire: «Danos, sombra herida, el estado anímico propicio para que no sucumba lo que podría ser».