Se ha convertido en lugar común menospreciar el hablar del tiempo en los ascensores como el colmo de los lugares comunes, por su falta de imaginación, de conexión emocional durante los segundos en que coincidimos con un vecino en esos sitios cerrados, o lo que es igual, nos encerramos con él en un lapso del otro tipo de tiempo. Y sí, qué duda cabe que pocos lugares como sus cabinas son auténticamente comunes. Pero por ello mismo, me parece enormemente injusto.
A bote pronto, podría proponer algo más creativo, más currado, para esa circunstancia. Imaginen que me meto en un ascensor para bajar a la calle y me encuentro con un ocupante que ha resuelto hacer lo mismo un par de plantas más arriba. Podría decirle: «Hola, vecino, ¿no le parece que los ascensores, cuando nos bajan, deberían llamarse descensores?». Lo más seguro es que mi acompañante contara los segundos hasta llegar al bajo y salir luego del portal con cierta prisa, ante la sospecha de que le abordara un inestable. O bien, podría probar su curiosidad con «Estoy disfrutando mucho con el Sueño de Polífilo, ¿lo ha leído usted?»; pero me temo que sucedería lo mismo: no abriría la boca y apretaría el paso. Cuánto más habría deseado que le soltara la habitual fórmula de cortesía de «¡Qué calor hace!, ¿no?» o «¡Vaya días!»; o simplemente hubiera sellado mi boca tras saludarle.
Tampoco es cierto, por otro lado, que siempre hablemos del tiempo, ni con todo el mundo. Mínimo ha de tratarse de una vecindad conocida, no digo de varios años (cuasiamigos de los que sabemos los nombres y hasta parte de su familia), sino de aquellos que dan pie a una simpatía básica. Con los otros, suele ser más habitual tratar de salud, de alguna noticia política relevante o de deportes; siempre, claro está, que sepamos que coincidimos en ideologías o equipos de fútbol. Si no, mejor hablar de lo climático, o de su cambio. Ahora bien, ¿por qué empleamos este recurso del tiempo atmosférico?, y aún más, ¿es que hasta que no se inventaron los ascensores no se echó mano de él?
Por supuesto que se empleó y que se sigue haciendo al margen de estos circunstanciales habitáculos, ¿o es que usted, cuando pasea por su zona y coincide con alguien medio conocido, mas con la suficiente confianza ganada, no le comenta nada sobre el bendito tiempo en ese trato fugaz? Me dirá que no… Bien, es que, como he dicho más arriba, no siempre se saca a colación. Se habla de él por alguna circunstancia relevante: porque, por fin, se alargan los días; porque ha dejado de hacer un frío intenso; porque hace un calor que no hay quien lo aguante, o porque se acerca una DANA. No importa que el vecino comparta nuestra ideología, religión, raza, sexo, edad o equipo de fútbol. Claramente, responde a una circunstancia que afecta a todos por igual. Pero, ¿por qué trazamos estos comentarios con nuestros vecinos, de finca, de ascensor, de calle, y no con cualquiera de otras zonas?
Porque ahora, lo que llamamos vecindad, antes era clan, cortijo, aldea. No sería más que una huella antropológica, una herencia de mínima y simple comunicación, que en tiempos pasados sí era importante. Seguramente, desde el Neolítico hasta hoy, pasando por la Edad Media y todos los cortes históricos que se quiera, un asunto habitual comunicativo entre vecinos de lindes sea un comentario semejante a «mal tiempo hoy para la siembra» o «buen tiempo hoy para la siega» ‒o, desde el Paleolítico, «con esta lluvia no se puede salir a cazar»‒, siempre que no llegue una noticia tan importante que deje estos comentos para otra ocasión. Por ejemplo, hace un millón y medio de años: «¿Sabes lo que ha conseguido hacer Zutano o Mengana frotando dos palitos?». Por lo tanto, no se sienta usted vulgar por hablar del tiempo con los vecinos en los ascensores. Es un sello muy antiguo de civilización, tan cordial como el darse la mano, asegurando con ello que no se carga daga ni espadín, un pasajero signo de paz en un tránsito de proximidad y aislamiento. Es confianza, y siempre es mejor a que le confundan con otra persona y le digan algo extraño, incluso desagradable, como a mí me ha pasado. Cuánto hubiera preferido que me hablaran simplemente de «¡la que ha caído!». Así que hágalo, hágalo sin complejos. Es lo natural. Y, en el fondo, se agradece.