Pensemos en quienes un día lo fueron todo. Firmaban obras, iban a grandes Paradores, a los mejores restaurantes de cocido castellano y cochinillo. Iban en aviones privados, con escolta y asesores, y hoy están en casa, en chándal, esperando a que hierva el agua de los macarrones o a que venga la UCO a hacerles un registro. No es metáfora: es literal.
Ahí está Tino, el de Parchís, que llenaba estadios y vendía millones de discos con un dado gigante detrás. Las revistas de la época le relacionaban sentimentalmente con Paulina Rubio. Las chicas se desmayaban a su paso. Luego los focos se apagaron y tuvo que alternar diferentes trabajos de oficina y ventas, trabajos de “persona normal”. O Anabel Conde, segunda en Eurovisión en 1995 con “Vuelve conmigo”. Fue ovacionada, portada de revistas, candidata a todo. Y después, el silencio. Durante años cantó en el colegio donde ejercía como docente, sin cámaras. Lo anodino no como caída, sino como reubicación.
En política, sobran ejemplos. Gente que dirigió ministerios, que encabezó ruedas de prensa en prime time, que elegía prostitutas por catálogo y que hoy está en su casa, en camiseta, mirando la televisión con el volumen bajo, bajando la basura en pijama, recogiendo las cacas de su perro, yendo en chándal a por el pan. Algunos dicen que es decadencia, yo creo que hay algo de poesía en esas caídas y que cuanto más estrepitosas son, se convierten en más barrocas en su verso extenuado, en su belleza triste y pálida que refleja lo que fue y ya no volverá a ser. El exministro que lo dio todo por quienes ahora reniegan de él. El gran político que ahora esconde secretos de estado en el “bolsillo” de una actriz porno. El hombre al que Google le envía fotografías antiguas todos los días y se emociona al verse rodeado de quienes ahora son sus enemigos. No hay nadie que amortigüe la caída, y de ahí, en adelante todo puede ser peor. La cárcel, el escarnio prolongado, el ambiente luctuoso o de chanza, sin medias tintas, por allí donde pasa. El borracho que le insultará cuando le vea por la calle dentro de muchos años y que volverá a removerle todo el escándalo, las portadas y los amigos perdidos solo por vivir un poco la vida. Sería una auténtica lástima si la fiesta no se hubiera pagado con nuestro dinero, con lo que nos quitan del IRPF, con la trimestral. Maravíllense del espectáculo, que también es un poco suyo.
Una vez leí que un escritor recomendaba ver a diario First dates porque ahí es donde se demostraba que la realidad superaba a la ficción. Leer el periódico hoy es una juguetería para las musas de un escritor ávido de novelar la corrupción desde un punto de vista chusco y cañí.
La historia está llena de ascensos y desapariciones. Lo que cambia es la lectura. En la Apoliteia de Diógenes, el sabio se retira del mundo. En los versos de Rilke, el poeta observa al mundo desde la ventana alejándose así, del ruido y las miserias humanas. En las cartas de Pessoa, se intuye una alegría secreta por no ser reconocido al cruzar la calle.
Incluso la tecnología, que parece diseñar todo para la visibilidad, acaba devorando a sus propios profetas. Tuenti, Fotolog, Vine. ¿Qué fue de ellos? ¿Y de nosotros mientras los usábamos? Quizá fuimos más reales cuando nadie nos miraba.
Lo anodino, al final, no es la nada. Es la vida sin narrador omnisciente. Un paseo sin destino. La dignidad de lo que ya no compite o del que la perdió cuando empezó a robarnos a todos.
Quizá no vinimos a ser eternos, sino a descansar. Quizá Ítaca era eso.
Una camiseta cómoda. Pedir en la carnicería comida para el perro. Un audio antiguo que se filtra. Un registro de la UCO en el que los agentes fueron muy simpáticos. Un país en manos de una actriz porno. Disfrútenlo, que para eso lo están pagando.