La exposición de criaturas inermes o el abandono de recién nacidos a los pies de las bestias era una práctica extendida en las muy elogiadas civilizaciones antiguas. Sobre éstas y otras acciones brutales nos ilustra magníficamente Rodríguez de la Peña en su Imperios de crueldad. Hoy, cuando hemos alcanzado un grado elevadísimo de civilización tecnológica y un racionalismo calculador gobierna nuestra existencia, retornamos a actos análogos.
En Inglaterra y Gales se legaliza el aborto hasta el momento mismo del parto y supongo que, más bien pronto que tarde, se tolerará el asesinato de menores hasta la edad de… dejemos el dato en vilo. Dependerá de las oscilaciones demográficas o de la renta, de las necesidades económicas o militares, o de cualquier criterio utilitario. Lo haremos con una sutileza desconocida en la Antigüedad puesto que hemos conquistado el paraíso de la libertad: haremos que deseen ser anulados y cumpliremos tecnológica e higiénicamente sus deseos. Luego habrá que pensar en el reaprovechamiento útil de los residuos. Todo en el ambiente de sentimentalismo desatado que acompaña al individualismo más atroz.
Para los que crecimos en el ámbito de un cristianismo en retirada que se conservaba arraigado, pese a todo, en la vida de campesinos o de obreros recién convertidos al orden industrial, la potente impresión de descomposición y brutalidad intolerable no puede ser mayor. A menudo nos vemos caer de la acosada Humanitas de entonces a una nueva y racional Ferocitas.
Estamos ya en la bajamar de nuestros días y ante nosotros están los nuevos contingentes de población que ocupan los cuadros de la sociedad del futuro. Su horizonte es del todo inmanente, secular, tecnológico y el gobierno de sus actos sólo responde a criterios de racionalidad económica estricta. Su visión naturalista del hombre armoniza cada vez más con los principios de las ciencias físico-matemáticas según el concepto más rigurosamente positivista. Ese racionalismo cientificista convive con el emotivismo informe que simpatiza a distancia con las emociones de cualquier otro ser vivo y es absolutamente respetuoso de su libre elección individual. Esta connivencia, que a alguno pudiera parecer contradictoria, indica una perfecta continuidad entre cientificismo y sentimentalismo.
Los necios de toda laya acusan al cristianismo, contando con su aggiornamento, de conservadurismo nostálgico o – entre nosotros – simplemente de franquismo más o menos oculto. Lenta pero inexorablemente el cristianismo ha perdido su ascendiente sobre la sociedad moderna, industrial, racional y tecno-económicamente constituida. Es un proceso de siglos, no sólo muy anterior a la conclusión de la guerra civil, sino también continuado tras la hoy denostada transición política. Es un proceso de un orden distinto al que rige los vaivenes de la política o de la guerra y su curso apenas se ve alterado por los ladridos de la opinión pública. No hay que temer el griterío de los liberados: apenas afectan a la lenta, pero constante desintegración de la comunidad universal cristiana. Su vocerío apenas acelera el ritmo del “progreso”, se mueven a favor de una corriente que desemboca en el estuario interminable de la nada.
La miseria del mundo antiguo no es, pese a todo, comparable a la enorme degradación del presente. La envidia o el deseo mimético enfrenta, en nuestra sociedad universal de individuos, a todos y cada uno con todos y cada uno. Enfrenta a mujeres y hombres, a los padres con los hijos, a jóvenes y viejos, a próximos y lejanos. Enfrenta en el límite a uno consigo mismo. El signo definitivo de la radical escisión que nos deshace es la hostilidad de la madre hacia el fruto de su vientre. Cada uno es enemigo de cada uno en este mundo insano en que se nos cultiva como magnitudes del gran mercado mundial.
La exigencia de un amor mutuo capaz de abrazar al propio enemigo ha de empezar hoy por reconocer la absoluta dependencia y la desmedida realidad del que se agita en nuestro seno: fruto del vínculo sagrado a través del que crece – en cada criatura – la obra común de innumerables generaciones.