Estaba todavía el país atónito con las grabaciones y filmaciones que comprometían al gobierno en un chantaje a los altos funcionarios que instruyen las causas contra allegados y familiares del presidente, cuando el miércoles veintiocho de mayo, a las siete menos cinco de la tarde, Morante de la Puebla, de corinto y oro, se disponía a pisar el rodal de Las Ventas para lidiar el par de garcigrandes que esa misma mañana le había dispensado la suerte. Se abrió el portón de cuadrillas y sonaron los clarines; ya no quedaron ojos sino para él, porque en todas las retinas latían las cinco largas a una mano que le había estampado en el recibo a Bodeguero, su segundo de Domingo Hernández, hacía veintinueve días en Sevilla. Desde Joselito el Gallo no se había visto tal majestad; en consecuencia, para esta de Madrid —ni más ni menos que la de La Prensa—, apenas despacharon las taquillas, desapareció el papel. Lo que sucedió a continuación, ya pertenece a la leyenda.
Y dicen que fueron los dos descabellos, y dicen que si los avisos… Que digan lo que quieran pero las seis verónicas como suspiros con que sacó a Seminarista embelesado a los medios, más las tres tandas con la muleta tan lánguida como un reloj de Dalí al que el tiempo se le hubiese esfumado, y aquel quite por sorpresa, armado solo del vaso de plata, para librar a su banderillero, dejaron a Madrid prendida en el fervor. La estocada, un pelín caída y trasera. Y, vaya, Seminarista, que no quiso morirse, se mantuvo ahí, defendiéndose, y hasta costó un mundo acularlo en tablas. Y vinieron los feos descabellos: uno, dos… Y Seminarista que no doblaba. Y al fin, el tercero; y se derrumbó con sus terribles agujas todavía despabilando al miedo. Pero como el presidente negase los trofeos y los tendidos le mentaron a la madre, a Morante se le reviró el gesto para no conceder más toreo. Y se nos ensimismó y ahí quedó ese cuarto que fue un visto y un escuchado; obra de la desgana.
Hubo de esperarse, una tras otra, once tardes a ver si Morante nos levantaba el arresto en la de Beneficencia. Toros de hermosa estampa, los juanpedros; pero a menudo tan blandos que desdicen su lámina. Y la plaza, cuajada; sin un hueco. La ansiedad era mucha y Morante de azul marino y azabache; combinación de regusto antiguo, como su montera, de cuando el Espartero y Bombita, pero en más azul. Tanto azul escamaba, cuando, tras el himno, sonó una ovación de perdón y Morante la recogió en el tercio con humildad. La armonía se restablecía y Sacristán, colorao, ojo de perdiz y bociblanco —muy de la ganadería—, hacía su aparición. Díscolo y abanto hasta el castigo en varas; entonces, sí. Morante le propinó las chicuelinas y, al quite, Fernando Adrián, unas gaoneras; la tarde se entonaba. Arrancó la muleta con ayudaos por alto, hasta que fue bajándole la mano —no mucho; no fueran a malbaratársele las fuerzas— con derechazos en redondo de cierto brío y mucho más tiento. Morante había hilvanado la faena y, cuando aún la saboreaban los tendidos, lo despachó de un estoconazo antológico. Sacristán cumplió y al instante se desbarató patas arriba. La oreja no se la quitaba nadie y el presidente tampoco estaba porque le recordasen a la familia. Menos claro pisó el coso Lírico, negro y remiso a la embestida en el capote. Mostró enseguida flojera en la mano izquierda y por ese mismo pitón asperezas y gañafones. Y ahí lo sometió Morante, donde más peligro había, con una tanda antes de lidiador que de artista, rematada con un molinete para pujar los oles en encendidas palmas. Momento de recoger velas porque se podía cortar el embrujo en cualquier descuido. Unos pases de demostración, cuadrarlo y estocada; un poco caída. Pero Las Ventas seguían queriendo hacerse perdonar y exigieron la segunda oreja y, con ella, se abrió la puerta grande. Morante era pura lágrima; ¡tantos años pretendiéndola y por fin la tenía en la talega!
El acabose llegó luego; hasta Manuel Becerra lo subieron a hombros poniéndose la muchedumbre el tráfico por montera. Y no contentos con ese torrente de entusiasmo, lo hicieron salir al balcón del Wellington para saludar, como cuando los toreros detenían España. Morante apenas dijo que los quería y ellos, más que gritar, mostraban cuánto lo veneraban.
Así ha pasado Morante por Madrid: imponiendo la pausa y disipando la gresca que avinagra el país con su toreo de vislumbre añejo, donde la brutalidad se evapora en el suave mecer de sus verónicas y, de súbito, con el revuelo aspaventoso de un molinete nos devuelve a la realidad para darnos cuenta que allí, en ese encuentro entre hombre y toro, aceza la muerte. Y así camina Morante, entre las descaecencias lúgubres de su temperamento, hacia la leyenda, y pronto, como a Curro Romero, los que lo vieron porque lo vieron y los que no lo vieron porque no lo vieron lo envolverán con la bruma del ensueño. Pues no de otra manera se forja la mitología del toreo, entre la habladuría y el recuerdo, con palabras siempre rústicas y certeras, las que gasta el pueblo; y sin cuyo decir este menester andaría huérfano como un circo viejo. Quizá porque el toreo, en esencia, no sea sino expresión temeraria y pasmosa de un sentir remoto.