Cultura

Telefónica, de Ilsa Barea-Kulcsar, una novela imprescindible sobre nuestra Guerra Civil

RESEÑA

José Manuel López Marañón | Jueves 03 de julio de 2025

TELEFÓNICA. Ilsa Barea-Kulcsar. Hoja de Lata (2019).

Una gran novela ve la luz. Por las fechas en que EL IMPARCIAL publica esta reseña de Telefónica se cumplen 89 años desde que a Madrid le cupiera el doloroso honor de ser la primera gran ciudad del mundo atacada de forma masiva en una guerra aérea.

Las bombas incendiarias de 100 kg arrojadas por los bombarderos alemanes (Junkers) e italianos (Caproni) que hoy, tras los estragos causados por las que se lanzaron durante la Segunda Guerra Mundial parecen inocuas, no lo fueron en realidad. Ocasionaron la muerte a más de 1.500 personas y produjeron unos 3.000 heridos, además de destruir casi 1.000 edificios. Sin apenas defensa antiaérea, con el precario apoyo de cazas soviéticos, la República no podía impedir que la aviación enemiga alcanzase el centro de Madrid y que dominara, también por aire, el voluntarioso inicio de su plan de conquista.

Ilsa Barea-Kulcsar(Viena, 1902-1973) ultimó el manuscrito de Telefónica hace 86 años en Puckeridge, Inglaterra, eligiendo para ello el simbólico 31 de marzo de 1939, final de la Guerra Civil. Su novela, hasta que Hoja de Lata ha decidido publicarla, sólo había aparecido en 1949, y por entregas, en el periódico socialista austríaco Arbeiter-Zeitung… Esto ilustra muy bien la desidia cultural e histórica en estos tiempos tan desinformados que nos toca vivir.

Hay que congratularse por esta edición de Telefónica, obra de Georg Pichler, filólogo y profesor titular de la Universidad de Alcalá, autor asimismo del epílogo donde se biografía a Ilse Wilhelmine Elfriede Pollak Kulcsar de Barea; también por la gran traducción de Pilar Mantilla. Y agradecer de corazón a la Cancillería Federal de Austria su ayuda para esta versión al español. Entre todos han logrado que leamos la que en mi opinión es la gran novela sobre nuestra guerra –con La llama de Arturo Barea y San Camilo, 1936 de Camilo José Cela en el pódium.

Por supuesto que para los lectores (nunca tantos como debieran ser) de esa imprescindible trilogía de la literatura española que es La forja de un rebelde (La forja y La ruta preceden a La llama), escrita por el marido de Ilsa –su jefe de carne y hueso en la Telefónica–; para esos afortunados, digo, disponer hoy de un ejemplar de Telefónica y complementar lo escrito por Arturo Barea conociendo de primera mano lo que su mujer vio –y padeció– durante las aciagas jornadas narradas en ese edificio de la Gran Vía madrileña (Avenida de Rusia entonces), se convierte en uno de esos milagros que nos regala una época como la actual, donde los sucesos literarios pasaron a la historia.

El portal de la Telefónica en la actualidad.

La ciudad y la guerra. Al Madrid de mediados del otoño de 1936 (la novela se desarrolla entre el 16 y el 19 de noviembre), que es al que llega la protagonista de Telefónica, la alemana Anita Adam, lo sitia un ejército de 20.000 hombres bien equipados y con una artillería que lanza, sin descanso, obuses y granadas sobre el centro de la capital. Desde el edificio de la Telefónica hasta el frente apenas hay un kilómetro de separación:

«Afuera resuena la guerra. Ametralladoras, fusiles, artillería. Por encima del frente flota un banco de niebla negruzco, se divisa más allá de los tejados».

El gobierno, temiendo la inminente ocupación, ha huido a Valencia, algo que disgusta a quienes se quedan: «El pueblo, abandonado por sus dirigentes, se bate en Madrid por sus ideales». La Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y el parque del Oeste son escenarios de cruentas batallas. Los nacionales han entrado ya en la Ciudad Universitaria, donde Buenaventura Durruti y su columna anarquista llegada de Aragón reemplazan las continuas bajas producidas entre los batallones marxistas.

El avance por la Casa de Campo hace temer lo peor y provoca nuevas desbandadas. Transformar en ejército unas indisciplinadas milicias como las españolas requería tiempo. Además, su congénita desconfianza hacia cualquier militar de carrera, más comprensible si cabe a la vista de la conjura de los generales, resulta letal para el espíritu castrense.

Muchos periodistas deciden marcharse. La muerte de Durruti causa el caos en las líneas republicanas, a esas alturas solo mantenidas por la efectividad de las Brigadas Internacionales, las cuales, formadas por unos 3.000 hombres, están organizadas militarmente y disponen de oficiales bien formados. Los brigadistas acabaron convirtiéndose, y no solo en Madrid, en la única respuesta útil del movimiento obrero internacional a la política de No Intervención de los gobiernos democráticos.

Cuando Telefónica termina los corresponsales que han aguantado dan fe de cómo el edificio permanece en pie a pesar de los bombardeos. Así, sabiendo que Franco (tres años más tarde de lo previsto) es dueño de Madrid, Ilsa Barea-Kulcsar, con este alarde de resistencia, rubrica su novela.

El edificio más alto de España hasta 1953. De casi 90 metros y construido durante la dictadura de Primo de Rivera por el arquitecto Ignacio de Cárdenas en la Gran Vía madrileña (hoy, número 28), el rascacielos de la Telefónica descrito por Ilsa Barea-Kulcsar era un hormiguero humano en el que destacaban –repartidos por trece pisos y dos sótanos– una decena de corresponsales de varios países, los administradores militares y civiles del edificio, los responsables de censura y vigilancia, y muchos directivos políticos.

El hall de la Telefónica se mantiene como lo conoció Isla Barea-Kulcsar.

Mayor protagonismo cobra el cuarto y quinto piso. En el cuarto estaban los periodistas de la prensa extranjera, y en el quinto la censura de prensa, el departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores y la censura de teléfonos. El primer y segundo piso alojaban a los familiares de los empleados de la Telefónica. Pero en los sótanos se hacinaban más de 600 refugiados provenientes de suburbios y pueblos, familias a las que se prestaba escasa atención y para las que la comida empezaba a escasear. En el piso trece tenía su puesto de observación el Estado Mayor, que disponía de un telémetro.

En esta novela coral que es Telefónica encontramos, repartidos por otros pisos, a obreros, policías, milicianos, primeros auxilios, oficiales de observación del Estado Mayor o la oficina militar del comandante. ¿Por qué tuvo tanta importancia el edificio para la República y fue blanco predilecto para los franquistas? Porque era el principal nudo de telecomunicaciones de las líneas tanto nacionales como internacionales, y, porque desde allí, los corresponsales extranjeros ponían sus telegramas y hacían sus llamadas. Inutilizando la Telefónica el ejército nacional sabía que amordazaba a la República.

La censura según Anita Adam. En la Telefónica se requerían personas que manejaran idiomas con tan alto nivel como para detectar las trampas de los corresponsales a la hora de servir su información. El derrotismo, con los nacionales a las puertas de Madrid, estaba a la orden del día. En estas circunstancias el comandante Agustín Sánchez, jefe de Censura, se encuentra desbordado por las órdenes que le llegan del Ministerio de Estado, de la Junta de Defensa y del Comisariado de Guerra.

Una mujer que dominara cinco idiomas (entre ellos inglés, lengua oficial para la prensa extranjera), de trato afable, que no fuera coqueta ni llevara zapatos de tacón, y que mantuviera la compostura durante los bombardeos era un sueño para el comandante Sánchez… Y el 16 de noviembre de 1936 se materializó con la llegada de Anita Adam desde Valencia para hacerse cargo del turno de noche de censura extranjera.

Sin embargo, y ante las generalizadas sospechas de espionaje y sabotaje divulgadas por los paranoicos empleados de la Telefónica, la alemana, de entrada, no es bien recibida ni siquiera por Agustín Sánchez (que tiene también a su cargo la administración militar del edificio). Ante el interrogatorio al que le somete el comandante, Anita, muy sorprendida, se defiende:

«Naturalmente que estoy aquí como todos nosotros, como socialista o antifranquista,como quiera llamarlo. En cualquier caso, como camarada que quiere ayudar».

Comunistas y sobre todo anarquistas no tardan en mostrarle desconfianza («ese marimacho extranjero que no se sabe si es amiga o enemiga») debido a los recelos que en ellos crea el enfoque mucho más periodístico y propagandístico que Anita Adam ha empezado a dar a la censura de prensa:

«Las noticias de los bombardeos son muy importantes para hacer propaganda a nuestro favor, en esto hay que prestar todo nuestro apoyo a la prensa».

Más tarde escribe Anita Adam: «La defensa de Madrid es la experiencia más importante, la historia más importante, de nuestra generación. Y eso no hay porqué ocultarlo. Tampoco se puede reducir a frases tópicas».

Mapa de España con «los cables» de la Telefónica en la planta baja del edificio.

Las normas de la censura, tanto para la prensa española como para la extranjera, venían dictadas por la Junta de Defensa, y los censores estaban sometidos a la ley marcial. Jugándose el tipo, Anita Adam logra su flexibilización gracias al grado de tolerancia que consigue arrancar del Comisariado de Guerra y también del corresponsal de Pravda, el camarada Mijaíl Koltsov. Agustín Sánchez, seducido por la capacidad de trabajo de la mujer, pronto empieza a cubrirla, y no solo por motivos personales: también por convicción. Tan lejos de su país y de su primer marido, Anita se siente sola e incomprendida en su fría habitación del Hotel Gran Vía, donde duerme vestida por si hay que evacuarlo.

Anita Adam no para de censurar comunicados de prensa, informes de franceses e ingleses sobre la situación, radiotelegramas para Hispanoamérica y hasta llamadas telefónicas. Pero en el fondo siente cómo, en sus informes al exterior, del aire real que se respira en Madrid no llega absolutamente nada. Nada de la tensión y la esperanza, del trabajo o del miedo:

«Esta censura es de idiotas. Tachar lo que le podría servir de referencia al enemigo; eliminar noticias tendenciosas sobre el pánico. No dejar que se filtre una sola mención a derrotas o a discrepancias internas. Eso es lo esencial de sus instrucciones.»

Los enfrentamientos entre Anita y Agustín son frecuentes. Él la amonesta por sus comunicados de prensa, que tan mala impresión ofrecen de la situación en Madrid,y por consentir tanto a los periodistas («a mí lo que me interesa informar es de lo nuevo que surge en medio de la sangre y la suciedad», le responde, airada, la alemana). Tras acusarla de arbitraria e imprudente (ella le llama «burócrata y miedoso») Agustín Sánchez le ruega que regrese a Valencia. Pero Anita Adam se mantendrá firme en la Telefónica.

«Ser tacaño con uno mismo no tiene sentido porque solo el que da su vida recibe vida» (de una canción compuesta por Anita Adam).

Foto de la Gran Vía en la planta baja.

El acoso anarquista hacia Anita se personifica en el fiero Valentín, dispuesto a darle «el paseo». Durante el capítulo más estremecedor del libro (el IX de la Tercera Parte) asistimos a la arbitraria detención de la censora para ser interrogada por el Servicio de Inteligencia Militar. Por una decidida intervención del comandante Sánchez se libra de salir del edificio gracias a la protección que le brinda un sargento. Tras ese episodio Anita Adam logra la confianza y se le considera, por fin, una buena revolucionaria que mantiene la disciplina. Hasta la CNT reconoce su error con la censora.

Cuesta creer que estemos ante una ópera prima porque este texto de multitud de perspectivas y enfoques opuestos refleja la endiablada habilidad de una periodista dotada para dibujar secuencias, armar diálogos y barajar con depurada técnica diversos estratos narrativos. Ilsa Barea-Kulcsar demostró madera de novelista. Una verdadera lástima que no insistiera con el género.

Telefónica acaba en un ambiente generalizado de evacuación dentro de la Sala Internacional de Prensa. Pocos creen que Madrid resista… Entre ellos el nuevo corresponsal americano, Macklin… Y, en efecto, la guerra aún se prolongará bastante… Pero esa ya es otra historia.

«La Telefónica era la atalaya y el símbolo de Madrid en aquellos primeros meses de sitio, cuando la gente, sobreponiéndose a sus pequeños miedos y a los pequeños actos de valor de sus vidas individuales, se convirtió en un solo pueblo en lucha. Este destino común de vida y muerte al que nadie podía sustraerse creó una cálida unión en el interior de los elevados muros de hormigón de la Telefónica, porque los que trabajaban y vivían allí se sentían como la avanzadilla de la muerte. Y sin embargo nadie murió durante esos meses en la Telefónica de Madrid, y el edificio sobrevivió con cientos de impactos de granadas en el cuerpo». Ilsa Barea-Kulcsar.

La austríaca Ilsa Barea-Kulcsar.