Las madres del franquismo, laboriosas, responsables, ahorradoras y austeras, enriquecieron la patria creando la más numerosa clase media de nuestra Historia, la base social de una democracia liberal, aunque al final no haya sido ni democracia ni liberal – ellas en esto no tuvieron culpa; se limitaron a poner las condiciones materiales -. Buenas ecónomas todas – lo propio de aquellas mujeres era la oikos, dejando la pólis para sus hombres, siguiendo el modelo jenofóntico – consiguieron a fines de los sesenta que todos los españoles fueran propietarios de su propia casa, incluso en Madrid, naturalmente, y que ya a principios de los setenta muchas familias tuvieran su segunda residencia en el campo, en la España rural, cuna de nuestra patria, y empezaron a marchar a Benidorm o a Altea, en su utilitario de tecnología nacional. Quizás no fue Don Francisco Franco el hacedor único del prodigioso milagro económico de España ( la 9ª potencia económica ), sino las niñas de la posguerra, que habiendo padecido la escasez total aprendieron la mejor economía – “las leyes de la casa” significa la palabra – para mantener el bienestar de las familias que construyeron. Mujeres con tesón, elegantes y delicadas, que sabían vestirse de princesas con telas que ellas mismas cortaban a partir de patrones llenos de gusto, y también tricotaban los jerséis del marido y los hijos, y que casi todas eran maestras de cocina, consiguieron que sus hijos, educados en la disciplina y el amor y el respeto al saber, que ellas quizás no tuvieran, pero que sabían que era la herencia más noble que podían dejar a sus hijos, hicieran una carrera universitaria, y fueran grandes profesionales, incluso por encima del estándar europeo. Y mientras el porcentaje de este tipo de madres, que se privaban de los más humildes caprichos para que los hijos tuvieran los mejores libros, sea el mayoritario la sociedad española sobrevivirá, a pesar de los peligrosos mentecatos que han pasado y pasarán por La Moncloa.
Cada madre que cosía entonces la ropa de sus hijos estaba en realidad cosiendo la bandera de España de la futura abundancia y de la libertad. Madres piadosas y caritativas de misa diaria que habían memorizado entera la santa misa en latín, y te la podían recitar por completo sin conocer el significado de las palabras; eso sí, presintiéndolas y tocando a tientas el misterio. Luego algunos hijos aprendieron latín con los currículos de Franco, y podían traducir a las madres aquellas cosas que ellas tenían en un recuerdo sagrado. Mujeres muy serias, con todo el fervor de sus corazones femeninos, con las mejores tradiciones y pasiones de la etnia española puestas al servicio de la España nueva, nos sacaron del abismo de la miseria a una España confortable y culta, educada y libre, que el consenso mafioso del 78 está a punto de destruir si a un corrupto socialista le sucede otro corrupto liberal, sin que se reforme el régimen para que lo mismo no suceda a lo mismo.
Del mismo modo que las mujeres de París, corazón siempre de Francia, Francia misma y única, se llevaron de Versalles al Rey Panadero y a la Reina Panadera para que se asegurase el abastecimiento de pan en París, así también las niñas españolas de la posguerra, base tangible y hermosa – la mejor generación de mujeres desde nuestra Guerra de la Independencia – del llamado nacionalcatolicismo, llevaron a España desde la miseria, el hambre, el fanatismo y la ruina a la época de la abundancia, la industrialización, el sentido común y la libertad.
Canten los otros empresas de Franco, caudillo invencible,
Yo cantaré a las matronas de España, nodrizas del siglo.
Son las artífices únicas ninfas del éxito hispano,
Desde Eritea a las tierras mimosas del ártabro celta
Las españolas expanden hogares copiosos y cultos.
Mater Matuta de eterna mañana, patrona de madres.
Yo te recuerdo, Teresa, en trajines continuos de casa,
Poco gozando de vida en el mundo traidor sublunar.
Cuando tus hijos llegaron a metas que tú misma abriste,
Y descansar merecías, entonces la muerte inclemente
Vino a ofrecerte el descanso y dejarnos carentes de Ángel,
De la alegría sencilla del Ángel de blancas remeras
Que al agitarlas un viento frescura besaba las almas.
Este país necesita esas madres de Gorki y de Brecht,
Que los afanes más nobles levanten en templo doméstico.
Gracias a Dios descendientes de aquellas mantienen virtudes,
Y aunque Moncloa es la cueva de Alí el de Simbad el Marino,
Sobresalientes mujeres el rumbo correcto han fijado.
Las esperanzas de España se nutren de grandes matronas.
Cuando el Titán desde el trono contemple los idus pasados
Transportarán a matronas carpenta según el ritual.
Julio González “La Madre” levanta en la patria del vino,
Como Galdós la llamó en Episodios muy bien conocidos.
No hubo Medeas entonces que abrasen rivales por celos,
Ni Paradores con putas dispuestas para los ministros,
Ni prende fuego al palacio ni mata a sus hijos por odio,
Como acredita el aborto en hodiernas las tierras de España.
Ni la maldita Astidama acusando en falso a Peleo,
Como Errejón padeció según última y larga sentencia.
Eran decentes mujeres, amigas de Dios el Señor,
Que visitaban el templo con misas sentidas por siempre.
Bellas vestales de España, la tierra de Vírgenes puras.
Canto los cantos pagando el viaje de Arión a la vida.
De las mujeres florero pasamos a fieras jabatas,
Panteras comevarones, que son mucho más demovoras,
Que presupuestos arrasan y dejan sin pan a los hijos.
Dulce Teresa, la madre mejor, paradigma de madres
Que en el franquismo y con Franco erigieron la próspera España.
Este homenaje es a todas vosotras, las madres de últimos
Hijos de España, por gracia del pacto entre jefes de clanes.
Pacen de amor en vosotras los ebrios calientes veranos
Para que el trigo recojan paneras de augurios benéficos.
Piden que España de plácidas paces por siempre disfrute.
Sé que en las tumbas inertes sabéis los problemas venidos,
Y no os arredra ninguno en el vuestro magín tan polítropo,
Así inspirando a los hijos de España los métodos buenos.
A esto se añade que cosa ninguna os podría vencer,
Y ese amor vuestro tan célico frena perversa amenaza.