Carlos Alcaraz se sacó este viernes una piedra importante del camino. En la tercera ronda de Wimbledon le tocó enfrentarse a uno de esos jugadores que no tienen nada que perder. Y que juegan como si no tuvieran nada que perder. Su rival fue Jan-Lennard Struff, un tenista que viaja en el puesto 125 del circuito masculino, más exitoso en dobles que en individuales, y que es capaz de perder con estrépito o de completar una gesta. Su irregularidad, curiosamente, es el arma que le vuelve tan peligroso cuando compite ante los favoritos. Esa naturaleza se vió en esta fecha en la pista central del All England Club y a punto estuvo de costarle un disgusto al genio murciano, que salvó la papeleta en cuatro sets (6-1, 3-6, 6-3 y 6-4).
La de esta tarde fue una prueba de dureza mental para el diamante español. "Sabía que iba a ser muy difícil, que iba a tener que estar concentrado en todos los puntos", analizó 'Carlitos' al término del choque. No le faltaba razón y salió a la cancha aplicando esa máxima al dedillo. De hecho, solventó el set inicial en 27 minutos de exhibición total. Rindió en este segmento en plenitud, con defensas pegajosas, derechas atronadoras, una rapidez de piernas extraordinaria y la variedad de repertorio que le convierten en el tenista más completo de la actualidad. Le funcionó todo: ganó el 86% de sus primeros saques, sólo concedió dos bolas de rotura (no cedió ningún break) y rompió el servicio ajeno dos veces. El público disfrutaba de la maestría del doble campeón del Grand Slam británico.
Pero al otro lado de la red yacía un competidor alemán sui géneris. Que vive y muere por las rachas. Struff pasaría del 35% de primeros saques conectados al 57% de la segunda manga. En la continuación desarrolló una de sus desconcertantes metamorfosis: pasó de lograr un golpe ganador a sumar 11; embocó cuatro 'aces' y ganó el 75% de sus primeros servicios; y aguantó todas las acometidas del español. Y lo más importante: ajustó esos centímetros que antes le negaban puntos a sus cañonazos. Se sintonizó con la precisión necesaria y le arrebató a Alcaraz la primacía, el dominio de los puntos. Como se alimenta de la pericia en el saque, su fogonazo en el servicio le aupó incluso para devolver un break tempranero. Y para romper de nuevo y apuntarse un 3-6 que igualó las fuerzas.
Alcanzó el germano a acortar los intercambios, acelerar el ritmo y a dañar con sus subidas automáticas a la red. Y si cometía una pifia, a continuación lo olvidaba pues, a fin de cuentas, no tenía nada que perder. Atacar, atacar y atacar era su estrategia. Y daba igual que le saliera cara o cruz. Pudo contaminar al jugador de El Palmar, que se fue al intermedio con más errores no forzados que winners. Mas en el tercer set cambió la suerte de Jan-Lennard, que cedió su saque (con tres dobles faltas) y se encontró con un 3-0 a toda velocidad. El murciano acumuló juegos en blanco hasta el 4-1 con el que encarriló el parcial. Otra vez subió su rendimiento en esta montaña rusa: 89% de primeros saques ganados y 86% de los segundos sumados; ninguna bola de rotura concedida y una relación de nueve golpes ganadores y sólo tres errores no forzados.
Seguían los intercambios escuetos. Y Struff, en una suerte de acordeón, recuperó la inspiración tras el descanso. Entonces le tocó al español aferrarse a ese equilibrio psicológico. Sabía que este rival siempre le ha dado problemas con su estilo (en Madrid cedió un set en sus dos enfrentamientos, en Wimbledon 2022 le llevó a cuatro sets y en París 2021 le eliminó en primera ronda). Tanta inconsistencia es un desafío. Hay que calibrar bien la reacción a los bajones y subidones ajenos. Y aunque tuvo dificultades, el astro de 22 años lo consiguió. Sus tres primeros turnos de saque los sumó en el territorio de la ventaja y en el cuarto esquivó un break. La precisión estaba acompañando a la potencia del germano, que se descubrió con bola para romper y colocarse con 4-3 y saque. Ahí le traicionaron los centímetros y el murciano escapó a tiempo.
Justo después llegó el juego que definió el resultado final del partido. Duró más de ocho minutos, algo exótico en el global del encuentro. Struff alternó dobles faltas con 'aces', ganadores con errores no forzados. Esa ruleta rusa (que eliminó a Felix Auger-Aliassime) le deparó hasta seis ventajas para adelantarse en el momento clave. Y Alcaraz, desafiado más que nunca, peleando por no descentrarse y perder pie, amortizó la única bola de break de la que dispuso en la cuarta manga. Suficiente para sobrevivir al caos y llegar a los octavos de final, donde se medirá a Andrei Rublev. Eso sí, definió lo vivido con honestidad de este modo: "Su juego es muy bueno en hierba, buen saque, va mucho a la red (...) Ha sido un partido estresante. He sufrido en cada juego. Cada vez que ha podido me ha forzado. No sé cómo he podido ganar el último set por 6-4, aún no me creo que él haya fallado esa volea".