Opinión

El cadáver del hombre

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 06 de julio de 2025

Hace tiempo que vivimos en un período de profundo eclipse de las Humanidades. La controlada demolición que supuso el atentado de Bolonia evacuó definitivamente la enseñanza humanística de la Universidad y dejó en su lugar el conveniente nido de ideología que se parapeta tras una máscara vacía. Sigue existiendo una facultad de letras y de filosofía, se imparten clases de historia o de literatura… como camina un cuerpo muerto asistido por mecanismos externos. El cuerpo habla, pero su hedor es irrespirable.

En la actual apoteosis del sistema técnico, los estudiantes buscan formarse en las áreas científico-tecnológicas que garantizarán su éxito económico en la nueva sociedad. En especial se desea formarse en las tecnologías convergentes (NBIC) que prometen una revolución definida por la extinción misma de la realidad antropológica. Un elemento importante en la preparación de semejante paso consistió en la degradación de los saberes humanísticos y su eventual sustitución por las frágiles ciencias sociales que auspician técnicas de gestión y administración, sucedáneas de la política. Técnicas precarias vinculadas con ciencias débiles que, sin embargo, han construido instancias de administración y organización masiva con la asistencia de las tecnologías de la información y las nuevas herramientas inteligentes. Al menos en apariencia han supuesto la victoria de las artes de lo numérico sobre la gastada sutileza de las palabras.

Nadie duda de que una sociedad moderna resultará política y económicamente débil si descuida su desarrollo tecnológico. Por el contrario, la sociedad parece tolerar una degradación extrema de su cultura humanística, quizás hasta el límite de la reconversión de ese saber en parte de la industria del ocio y el entretenimiento. La música, las artes, la filosofía se ofrecen entonces como contenidos de un ocio culto, como un elegante signo de distinción que puede convivir con las preferencias populares de un público masivo. Se dice así que la filosofía es un lujo o lo es la música elegante de las salas de conciertos, aunque sea superior el coste económico del ocio popular o menos culto. En esas condiciones prospera con fuerza el mito de la cultura.

Resulta, sin embargo, que en ausencia de una masa crítica de personas realmente educadas es inevitable la ruina de una sociedad. Educadas en su propia historia y capaces de articular una doctrina antropológica o política que pueda oponerse al estado presente del mundo, capaces de concebir los hilos que tejen su propia realidad y de coser con sus actos los jirones que el curso del mundo produce en la vida común. Muy lejos del valor ornamental de los signos de cultura, de la vana ostentación de elegancia con que a menudo se confunde – no olvidemos la convergencia de “gramática” y “glamur” – la persona educada alcanza con su educación real una visión del mundo que se manifiesta en un modo de vida. La ejemplaridad clásica de la vida y la palabra de los sabios es un factor político que suple sucedáneamente la gestión de las poblaciones o las técnicas informativas que hacen y deshacen la opinión.

El colapso ecológico del que se nos advierte constantemente es sólo el efecto más visible del hundimiento antropológico que la ultramoderna industria del hombre sólo puede afrontar en una especie de huida hacia adelante. Huida ciega, en realidad, porque el sistema técnico borró hace tiempo el horizonte, deshaciéndose en el mismo gesto de las raíces pretéritas del presente. El futuro sólo se concibe en términos de un “progreso” que tiene un valor estrictamente tecno-económico porque está cualitativamente vacío de sentido. El pasado sólo se ofrece como un tiempo necesario para la liberación, lenta pero constante, de las oscuras fuerzas del prejuicio y la superstición que constreñían la potencia luminosa de la razón, es decir, de las ciencias y tecnologías que nos están llevando a la fatal singularidad: a un nuevo paso en el proceso evolutivo.

Los éxitos de la razón emancipatoria de la modernidad, con la consiguiente derrota de las viejas Humanidades y su nervio metafísico, nos lleva a un Paraíso inhabitable poblado de sujetos homologados y distantes, pero capaces de cantar al unísono el patético son de su desgarrada sensibilidad. Y así avanza el progreso, de victoria en victoria… hasta la derrota final.