La lectura del reportaje principal de la revista El Cultural del viernes 4 de julio --El abrazo roto de la Transición-- se cruzó con la serie de nueve suplementos publicados por el periódico mexicano El Independiente a finales de junio y principios de julio sobre lo que en México equivocadamente se ha querido llamar la transición mexicana a la democracia a partir de la derrota presidencial del PRI en las elecciones del 2 de julio del año 2000, hace un cuarto de siglo,
La transición española que se inició por la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 siempre estuvo presente en las demandas de democratización del régimen priista mexicano, inclusive --como lo he contado aquí alguna vez--cuando Santiago Carrillo y la PlataJunta fue a México y le dijo al presidente del PRI, el historiador e intelectual orteguista y Jesús Reyes Heroles-- que México debería adoptar el camino español hacia la democratización. Y luego cuando en 1983 el ensayista Enrique Krauze propuso en la revista Vuelta de Octavio Paz implantar en México el modelo español y la llamó una “Democracia sin adjetivos”,
Los suplementos del periódico El Independiente se basan en una argumentación que puede ser defendida: la derrota del PRI en 2000 no significó una transición porque no se destruyó el viejo régimen ni se pactó una nuevo, ni tampoco fue una alternancia porque el gobierno del PAN de Vicente Fox gobernó con los priistas y sus protocolos de poder; en este sentido, afirmamos que la derrota del PRI y la victoria del PAN significó en la lógica de la política a la mexicana solo un cambio de gobierno con un jefe del Ejecutivo surgido la oposición conservadora panista, pero con toda la estructura de poder y proyecto económico del viejo PRI.
La utilización del concepto de transición para caracterizar el proceso político mexicano del 2000 al 2018 fue impuesto por un grupo académico de la izquierda universitaria colaboracionista con el PRI y sus dos figuras relevantes: José Woldenberg y Lorenzo Córdova Vianello, y al primero le tocó la alternancia del 2000 y al segundo el regreso del modelo PRI con la victoria de Morena de López Obrador en 2018.
En términos estrictos en México en 2000 no hubo una transición a la democracia: la posibilidad de una candidatura única opositora o de un pacto opositor para identificar los cambios estructurales de régimen que se necesitaban nunca existió realmente y Fox ganó votos por su discurso de campaña ranchero y agresivo: “hay que sacar a patadas al PRI de Palacio Nacional" y la identificación del PRI como un nido “de tepocatas y víboras prietas”. El presidente Zedillo le quitó fondos al PRI en el 2000 porque su candidato no lo representaba y apostó por lo que siempre se dijo en México que iniciaría una revolución cívica: el respeto al voto. Pero nada más. Ni Fox ni Cárdenas como candidatos opositores pensaron en un pacto transicionista a la democracia, porque los dos salieron del fondo del viejo régimen priista,
Algunos analistas que conversaron con Fox en la campaña del 2000 se quedaron pasmados cuando hablaban de la oportunidad de una transición a la democracia en el contexto español y el candidato panista ponía cara de what o de sorpresa por su ignorancia de sistemas políticos; aun así, antes de tomar posesión designó al diplomático expriista Porfirio Muñoz Ledo --promotor de la ruptura del PRI con Cárdenas en 1987-- para encabezar un grupo de especialistas que le presentaron una propuesta de lo que llamó “reforma del Estado”; pero una vez terminado el proyecto, Fox literalmente lo tiró a la basura porque ya había pactado con estructura de poder sistémico del PRI un acuerdo para darle viabilidad a su presidencia.
Curiosamente, como imagen simbólica, el 2 de julio del 2001 Fox hizo un evento para recordar el primer año de su victoria, pero en lugar de algún discurso o una presentación del nuevo régimen, el día lo disfrutó con su boda con su vocera Marta Sahagún y la presencia como invitado circunstancial en México del presidente español Jesús María Aznar. Y nada más, nada de transición, nada de democracia.
El PAN en la presidencia duró dos sexenios, 2000-2006 y 2000-2012, y en las elecciones presidenciales del 2012 México demostró que nada había habido de transición: el PRI pospopulista y neoliberal de Enrique Peña Nieto y Carlos Salinas de Gortari recuperó la presidencia, ahí sí de la mano de un acuerdo de reformas estructurales del sistema productivo entre el PRI y el PAN, un modelo que López Obrador caracterizó como gobierno PRIAN. Las reformas solo consolidaron una segunda generación del neoliberalismo.
En el 2018 el PRI acudió con un candidato mediocre y con una cauda negativa de corrupción e ineficiencia del Gobierno de Peña Nieto, en tanto que López Obrador enarboló la bandera de la rebeldía, de la lucha contra la pobreza, y de la democracia del régimen. El resultado fue contundente: 53% de votos.
Pero instalado en el poder, López Obrador no definió su proyecto basado en algún acuerdo con fuerza política alguna, sino a partir de su concepción interpretativa personal del gobierno populista del presidente Lázaro Cárdenas 1934-1940. Como presidente, López Obrador deslindó cualquier intento de entendimiento con la oposición antipriista y antipanista que le había dado los votos de la victoria y gobernó en solitario para un proyecto particular neopopulista de reconstrucción del Estado como el eje económico, político, social y geopolítico.
Para el 2018 ni quién se acordara del concepto de transición a la democracia, en tanto que la crítica se orientó a caracterizar la propuesta lopezobradorista como restauradora del viejo régimen priista de Estado dominante, partido hegemónico y presidencialismo absolutista, tres de las características que definieron el perfil del sistema/régimen/Estado/Constitución del PRI.
De ahí nuestra caracterización de que en el 2000 no hubo transición ni alternancia, sino solo cambio de élite gobernante. Y apenas comienzan a darse debates sobre una de las razones que permitieron la existencia del PRI, el relevo del 2000, el regreso del PRI en 2012 y la victoria de Morena en 2018: México tiene votantes sentimentales, pero carece de ciudadanía, algo que el académico Fernando Escalante Gonzalbo había llevado a su tesis de doctorado sobre el siglo XIX mexicano: “ciudadanos imaginarios”.
La reconstrucción de la estructura del régimen priista que ha realizado ahora con prisas y sin debates en el legislativo de Morena vuelve a poner en el tapete de las discusiones el tema de la necesidad de una transición pactada a la democracia, solo que sin partidos reales de oposición, sin una cultura sobre las transiciones y con una sociedad política desarticulada y decepcionada.
A 25 años de la victoria del PAN en la elección presidencial, México asiste pasmado a una restauración del viejo régimen.