Opinión

A golpe de calor

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 09 de julio de 2025

Me pongo a escribir bajo la sombra de un bambú. Hace un calor impropio del mes de diciembre, aunque estemos en julio; pero es que las canículas llegan a granel. Este verano, según dicen, proceden de un desierto nuevo. Vayan ustedes a saber. A mí me gustaría que lo que se cuece en África debiera quedarse allí, pero desde que Begoña Gómez, esposa de don Pedro Sánchez, fue nombrada directora del África Center, ahora hay desiertos donde antes no los había. Cosas que pasan.

Como no soy papa, no puedo veranear en Castel Gandolfo, que es la residencia veraniega de los pontífices desde hace 400 años. Palacio italiano situado a unos 28 kilómetros al sureste de Roma y enclavado entre montañas y un lago, es lugar idóneo para que sus santidades puedan gozar de un período de descanso. Decir que allí Pablo VI construyó escuelas, Benedicto XVI escribió un libro para niños y Juan Pablo II sorprendió al mundo en traje de baño y zambulléndose en la piscina. Cada cual tiene el palacio que se merece. Yo debajo de un bambú no me siento tentado a engordar mi cartera inmobiliaria. Los tiempos no son los mejores para especular con el ladrillo; es más, uno encuentra su propio palacio allá donde se siente libre.

Sabido es que el verano saca a pasear grandes aventuras y proyectos. Ideales que ponen a prueba la desnudez y la inversión habida en gimnasios y demás centros de tortura. Otros prefieren el reto de la China profunda e incluso coronar el Everest en chanclas. Todo muy respetable y allá cada cual con sus calimas y sus jeringonzas. Lo de caer rendidos para la consabida ración de tueste a pleno sol ahumado es otra de las opciones. Curioso comportamiento el nuestro; en casa, que si somier de lamas, que si colchón Lo Mónaco, viscoelástico Premium o de plumas de oca canadiense; sin embargo, nos dan arena playera y a tumba abierta.

Volviendo a la realidad que me trae esta antropológica reflexión, uno llega a esa solitaria e idílica playa, se encorva para fijar la sombrilla y, cuando te levantas, hay por lo menos 25.000 sombrillas a tu alrededor, según los organizadores, y no más de 10 o 15, según el delegado de Gobierno de turno. Y claro, a uno le sobreviene la duda corrosiva: ¿tanto habré tardado en instalar la sombrilla? Pero enseguida te percatas de que no, que todo aquello obedece a una concentración de espontaneidad idéntica a la tuya y que a partir de un nanosegundo emergen por contagio súbito.

Extraña y breve conjetura visual, solo en dos pestañeos cientos de figurantes comienzan a transitar bien orillados por delante de uno en pleno casting de trekking. De izquierda a derecha y así sucesivamente durante horas, días e incluso meses. Ahora el mar se antoja próximo si cruzas la barrera de coral humana que transita sin denuedo. Mientras tanto, en este ejercicio solariego, uno flirtea con esa galbana asociada al cuerpo y la mente rodeado de anatomías en libre albedrío, la mayoría con estampaciones sobre la piel y expuestas al aire libre en beneficio de todo aficionado al arte contemporáneo.

Y sin comerlo ni beberlo, la subasta de cuerpos al pairo de lo vacacional ya está sobre la mismísima línea acuática, jugando a interminables partidas de pelota con palas o haciendo hoyos con profundidad de enterrador, mientras algún que otro bendito niño expositor de ocurrencias lanza al aire una palada de arena para medir la dirección del viento. Eso sí, el mar se antoja estar próximo, pues hay quienes vienen chorreando, sueltan una colchoneta tamaño familia numerosa, cogen unas gafas de visión profunda para intentar ver a un pez de roca huyendo desesperado hacia las islas Chafarinas.

Y mientras el reloj de la costumbre avisa que es hora de gracia misericordiosa en lo que a comer se refiere, la franja de arena que nos separa del oasis más próximo nos pone a prueba con un tradicional cruce de brasas hasta la ducha benefactora, mientras la megafonía anuncia en público que se ha encontrado un sujeto de 50 años, que dice llamarse Fosfeno Rascapuertas, concejal de urbanismo, que lleva un bañador azul con rayas, que se fue al chiringuito a tomarse unos espetos, pero de esto hace quince días y que ahora no encuentra a su familia. —¡Valiente caradura, qué golfo! —manifiesta una señora. Y por si esto no fuera suficiente, un colega pegado a unos auriculares anticipa la noticia de que Pedro Sánchez anuncia la regeneración de todo el PSOE. — ¡Joder, pues no se va a librar ni el Tato! —exclama un paisano, levantando un doble de cerveza en señal de brindis. Pero, tranquilos, Moncloa lo tiene controlado. A partir de septiembre todos los altos cargos del Gobierno y trabajadores del Ejecutivo realizarán un curso de “concienciación” sobre abusos sexuales para no sobrepasarse con sus subordinadas. Uno se queda más tranquilo.

Sinceramente, estamos atrapados en un cuerpo que no es el nuestro.