A veces se ha contrapuesto la ética de los valores a la ética de las virtudes. Esta última tiene una larga tradición. Arranca de Aristóteles y fue consolidada por Santo Tomás de Aquino y la Escolástica. Incluso fue declarada en cierto modo como oficial en la Iglesia Católica por León XIII. En cambio, la filosofía de los valores fue iniciada por Lotze a mediados del siglo XIX y sólo empezó a adquirir notoriedad con Scheler, Hartmann y Lavelle en el XX.
En su contenido o materia ambas éticas vienen a defender lo mismo. O al menos esto es cierto en lo que a mí me concierne. La Tabla de Valores Éticos que propongo declara valioso prácticamente lo mismo que el tomismo ha calificado siempre como bueno. En todo caso, la tesis que vamos a exponer es que los conceptos de valor y virtud difieren únicamente en el aspecto formal.
En efecto, valor es lo que debe ser, sea o no sea. En cambio la virtud ya es. Se trata de la efectiva conducta de las personas. Así pues, la diferencia entre valor y virtud es la que se da entre ser y deber-ser.
Digamos lo mismo de manera más intuitiva. Se estima que el ser humano apareció en la Tierra hace 200.000 años. ¿Había virtudes antes de lo que llamaremos para abreviar capital suceso? Lo que se pregunta es si había virtudes, cuando no existían todavía los humanos. No ciertamente. No había virtudes por la sencilla razón de que no había seres capaces de vivirlas o hacerlas realidad con su conducta. La virtud es un hábito operativo bueno, según Aristóteles. Hay virtud, si al menos existe una persona que de hecho la practique de modo continuado y estable.
¿Había valores antes de que surgiesen los humanos en nuestro planeta? A mi juicio la respuesta es sí. Sin embargo, para justificarla adecuadamente, es imprescindible hacer antes tres consideraciones de tipo lógico.
En primer lugar, todos estaremos de acuerdo en que antes del capital suceso existía la posibilidad de que hubiera seres humanos en este mundo. Pues si no existiera tal posibilidad, no estaríamos nosotros ahora aquí. En consecuencia, topamos con esa sutil realidad que llamamos lo posible. Después del capital suceso, el ser humano es real-actual. Antes del capital suceso el ser humano era real-posible.
En segundo lugar, el concepto de posible es inseparable de otro terrible concepto: lo necesario. Y digo terrible, porque se trata nada menos que de Dios en cuanto Ipsum Esse o Ser que necesariamente existe. Si existía la posibilidad -aún no actualizada- de seres humanos en nuestro mundo, entonces ya existía Dios. Con todo, lo que ahora nos interesa es resaltar que necesario y posible se relacionan mediante la llamada dualidad.
Topamos con estas dos verdades lógicamente irrefutables.
A.- necesario existe es igual a no posible que no exista.
B.- posible que exista es igual a no necesariamente no existe.
El lector no avezado a este tipo de reflexiones es invitado a meditar sobre la dualidad lógica. Es algo más serio que dos y dos son cuatro. Esta verdad matemática, que por supuesto yo comparto, sólo empezó a ser verdadera en el Big Bang, cuando al menos hubo cuatro cosas en el universo. Antes de que hubiera al menos cuatro cosas en alguna parte la frase no era ni verdadera ni falsa. Carecía simplemente de sentido. No decía nada porque no denotaba algo existente. Ni siquiera era una frase. Era un simple flatus vocis.
Por el contrario, la dualidad entre necesario y posible es anterior al Big Bang. Es una validez lógica o independiente de que existan cosas o no. Verdadera en todo mundo posible, como decía Leibniz. Por tanto, verdadera también aunque ningún mundo exista.
En tercer lugar, nos encontramos con la enorme sorpresa de que la misma dualidad reaparece en dos conceptos que nos son bien familiares, obligatorio y permitido. En efecto,
C.- obligatorio hacerlo es igual a no permitido no hacerlo.
D.- permitido hacerlo es igual a no obligatorio no hacerlo.
Tras estas tres consideraciones, estamos en condiciones de calibrar la envergadura o el alcance de la definición del valor como lo que debe ser, sea o no sea. Deber-ser es en el fondo la conexión existente entre la primera dualidad necesario-posible y la segunda dualidad obligatorio-permitido.
Examinemos más de cerca esta conexión entre ambas dualidades. El deber-ser ético, lo obligatorio, lo que no se puede siquiera omitir sin culpa, tiene como fundamento a lo necesario. Por eso la violación de los valores éticos tiene que ser castigada, de un modo u otro. No puede quedar impune. Nadie como Dostoievski expresó mejor esta idea. Si Dios no existe, todo está permitido. Si en este mundo un asesinato queda impune, tiene que haber otro mundo en que esa culpa sea expiada. Tiene que existir un Dios justiciero que asegure que todo deber-ser ético llega de hecho a ser.
El deber-ser estético, en cambio, no es tan riguroso o perentorio. La omisión de un valor estético no es culpable. Se reduce a una oportunidad desaprovechada. No merece castigo alguno. El deber-ser estético es sólo recomendable. Es algo cuya realización eleva y enriquece al ser humano, pero cuya ausencia o carencia no le degrada o envilece. Es sólo una privación, que podemos echar en falta o lamentar que no exista, pero de la que nadie es culpable.
Así pues, el deber-ser estético se fundamenta en lo ontológicamente posible de modo paralelo a como el deber-ser ético se fundamenta en lo ontológicamente necesario. En último término los valores, tanto éticos como estéticos, son vistos como perfecciones de Dios, algo que Dios es en grado eminente y que nosotros podemos alcanzar de modo parcial y participativo. Con gran penetración dijo Unamuno que ser bueno es hacerse divino.
Todo esto repercute en la cuestión de cómo conocemos los valores. Desde siempre se ha dicho, y con toda razón, que la conciencia moral es la voz de Dios. Intuir un valor ético es captar su deber-ser imperativo, compulsivo, perentorio. Sin duda la intuición sensible capta la materialidad de lo valioso ético en las conductas humanas. Pero por encima de lo sensible la intuición axiológica, la aprehensión directa del valor ético capta su deber-ser, lo obligatorio como tal, lo estrictamente formal.
Habría que extender la noción de intuición axiológica a los valores estéticos. Si se trata del arte, solemos emplear la palabra inspiración. Pero la vida estética no se limita al arte. Todo el mundo tiene vida estética, por modesta que sea. Se trata de lo que le gusta hacer en los fines de semana. El que resuelve un simple crucigrama también está inspirado.
Por otra parte, la venerable ética de las virtudes tropieza con la dificultad de llegar al deber-ser de lo obligatorio partiendo de las conductas humanas convertidas en hábitos por repetición de actos. Estamos ante el aspecto formal citado al principio de este artículo. Se hace crucialmente relevante al oponer los conceptos de valor y virtud.
En efecto, saltar desde el ser de las virtudes hasta el deber-ser de lo obligatorio es una falacia imperdonable en lógica. El deber-ser queda inexplicado en el tomismo. Por el contrario, para la ética de los valores es un problema resuelto de entrada. El deber-ser es justamente el objeto de la intuición axiológica.
En efecto, en cuanto a la ética, se trata de lo obligatorio y la conciencia moral apreciar la presión estricta de un deber-ser que amenaza con castigar toda violación e incluso la simple omisión. En cuanto a la estética, no estamos acostumbrados a ver la inspiración estética antes descrita como un genuino deber-ser. Quizá podamos aceptarlo para el sublime arte, pero no para resolver un crucigrama. Pero el debe-rser estético existe en la medida en que preferimos que algo, no obligatorio pero enriquecedor de la persona, exista a que no exista.
Otra deficiencia del tomismo es que siempre ha considerado lo ético y lo estético como dos campos separados o inconexos. Resultaría extraño hablar de virtudes estéticas. En cambio, si se habla de valores, la ética y la estética quedan tan integradas entre sí como puedan estarlo los conceptos de necesario y posible en la dualidad óntica, o los conceptos de obligatorio y permitido en la dualidad deóntica.