Se cerró así un nuevo abono sanferminero con otro triunfo más de poco valor, gracias sobre todo al cada vez más escaso criterio de un público, de sol y de sombra, metido en fiesta y alejado de las claves de la tauromaquia y que, como de las presidencias, concede orejas a faenas que no pasarían de ser ovacionadas en otras plazas de similar categoría.
Es así como hay que encuadrar hoy el corte de dos orejas -que hubieran sido tres a petición popular- por parte de Colombo, que, al menos mantuvo la voluntad de, a su manera, dar espectáculo con la mansada de "Zahariche", a la que manejó con la misma habilidad con que motivó a las peñas, incluso toreando bajo sus tendidos, con constantes guiños y gestos.
Sus dos trabajos, con un astifino y altísimo tercero que no soltó más que cabezazos y un sexto vareado de similar condición y menos duración, no tiene un detallado análisis técnico, pues se limitó a mover sobre las piernas las desrazadas medias arrancadas y a darle "fiesta" al sol con el populismo de los rodillazos, las reolinas y los desplantes para luego, que aquí es importante, tumbarlos a la primera, aunque fuera con el feo bajonazo a su primero.
Claro que Colombo también animó el cotarro compartiendo los cuatro tercios con su compañero Manuel Escribano, que fue el que estuvo más desacertado, pues el venezolano, aun ligero y casi siempre a cabeza pasada, siempre dejó los palos arriba, lo que no logró el sevillano, sobre todo ante el cuarto, con el que, sin que la cuadrilla llegara a fijarle y colocarle el toro, pasó varias veces en falso o clavando mal los palos.
Ese segundo tercio del cárdeno que hizo cuarto, de 620 kilos, se hizo especialmente trabajoso y largo, contribuyendo en gran medida a que Escribano empleara exactamente una hora en dar muerte a los dos toros de su lote, desde que los saludó a en la puerta de chiqueros hasta que los estoqueó, en dos faenas de muleta anodinas y planas, de mero oficio para hacer pasar a los dos descastados, aunque ese cuarto, de mejor condición, le pidiera bastante más de ajuste en el trazo.
Con esta mansa y floja "miurada", que promedió algo más de seiscientos kilos de huesudo volumen, tampoco logró sacar nada en claro Damián Castaño, ni siquiera tirando también del desesperado recurso de los efectismos o yéndose a portagayola como hizo con el segundo. De hecho, sus "miuras" tuvieron la nota común de su escasez de fuerzas en los cuartos traseros, lo que les llevó a defenderse de más, sin regalar una sola embestida limpia.
Seis toros de Miura, huesudos, largos, con alzada y pitones pero muy sueltos de carnes, que dieron un juego descastadísimo, sin celo y/o sin fuerzas en los cuartos traseros, traducido en medias arrancadas sin humillar cuando no en cabezazos de protesta. El cuarto resultó el más manejable.
Manuel Escribano, de lila y oro: estocada trasera desprendida (ovación tras aviso); pinchazo y media estocada baja atravesada (silencio tras aviso).
Damián Castaño, de blanco y plata: media estocada delantera desprendida (ovación); pinchazo hondo caído y dos descabellos (ovación).
Jesús Enrique Colombo, de tabaco y oro: bajonazo (oreja); estocada (oreja con petición de la segunda). Salió a hombros por la Puerta del Encierro.
Décimo y último festejo de abono de San Fermín, con lleno en los tendidos (19-500 espectadores) en tarde calurosa.