Cultura

Georg Pichler: "La lucha contra el fascismo en España fue un evento de orden mundial"

Georg Pichler

ENTREVISTA

José Manuel López Marañón | Viernes 18 de julio de 2025

Tras la reseña de Telefónica publicada por EL IMPARCIAL el pasado 3 de julio entrevisto a Georg Pichler (Graz, Austria, 1961), quien ha editado y ha escrito el epílogo este libro de Ilsa Barea-Kulcsar. Profesor de lengua y literatura alemana en la Universidad de Alcalá, la faceta investigadora de Pichler está centrada en la participación de alemanes y austriacos en la Guerra Civil española, en las políticas de memoria en ambas culturas y en los contactos literarios y culturales entre el mundo hispano y germano. Actualmente prepara la biografía de Ilsa Barea-Kulcsar.



Al leer Telefónica me resulta imposible no relacionar tanto a su protagonista principal Anita Adam la periodista alemana que llega al edificio tras los primeros meses de Guerra Civil como a Agustín Sánchez el comandante responsable de Censura con personajes también principales ahora reales de La Llama (parte final de La forja de un rebelde): Ilsa Barea-Kulcsar, voluntaria austríaca con carrera universitaria, socialdemócrata, políglota; y su jefe Arturo Barea, responsable republicano del servicio de censura de la prensa extranjera.

Tras una conversación mantenida con Georg Pichler, previa a esta entrevista, al hablarle de cómo Anita y Agustín me parecen los alter ego de Ilsa y Arturo, el autor del epílogo de Telefónica se muestra poco seguro de ello.

¿Puede decir, ahora a los lectores de EL IMPARCIAL, qué le lleva a esa discrepancia ante mi proceso de identificación?

Un alter ego suele tener un vínculo autobiográfico relevante, con la intención de contar su propia historia, como es el caso de La forja de un rebelde de Arturo Barea. La intención de Ilsa era otra. La experiencia personal era la base y fuente de inspiración para contar una historia ejemplar. La misma Ilsa escribió en una carta en 1958 que el texto era autobiográfico «solo en una cuarta parte». Cogió a personas reales y los transformó en personajes literarios en los que amalgamaba elementos de varios modelos que en muchos aspectos difieren de la realidad histórica. La función oficial de Arturo, jefe de la censura de prensa extranjera, era muy diferente a la del Agustín ficticio, comandante militar de la Telefónica. El primer encuentro entre Arturo e Ilsa no se parece en nada al encuentro de los dos personajes en la novela, lo relatan Arturo en su novela e Ilsa en el fragmento inédito de su autobiografía. La mujer de Arturo no era tan recatada como la describe Ilsa. Y los reporteros que aparecen en la novela son un destilado de varios modelos reales. Con un término actual ya un poco desgastado podría calificarse de «autoficción», o con un concepto cinematográfico algo más antiguo, pero igual de vago: «basado en hechos reales».

Anita Adam no lo tuvo fácil en el edificio de la Telefónica. Una mujer inteligente, políglota y de espíritu independiente, que hoy hubiera sido recibida con alfombra roja en cualquier bando de cualquier guerra, encontró en el machismo de los compañeros españoles, iniciada su brutal contienda, un impedimento casi insalvable para llevar a cabo el trabajo periodístico y propagandístico que requería la censura de prensa.

Asombra que ideologías de la II República tan empeñadas en los avances sociales de las mujeres, en que adquiriesen derechos esenciales (como la alfabetización y escolarización; igualdad; sufragio femenino; ley de divorcio; acceso al seguro obligatorio de maternidad, etcétera); sorprende, decimos, cómo, con ese bagaje feminista ya aprobado legalmente, comunistas, y sobre todo anarquistas, mostraran tal grado de desconfianza hacia como de ella decían «ese marimacho extranjero que no se sabe si es amiga o enemiga».

Ilsa Barea, 1938 © Collection Uli Rushby-Smith.

¿Qué explicación encuentra Georg Pichler para dar ese trato a «una camarada que quiere ayudar», como a sí misma se definía Anita Adam?

Desgraciadamente, esta actitud corresponde a la realidad histórica. Una mentalidad muy arraigada como el machismo no se cambia en cinco años de una República muy combatida, y no solo por las fuerzas de derechas. Había, por un lado, un machismo «normalizado» en todo el espectro político y social, solo hay que ver fotos de los personajes políticos de la época: en su gran, enorme mayoría eran hombres. No hay que olvidar que las primeras elecciones en las que podían participar mujeres habían tenido lugar tres años antes de los acontecimientos que relata la novela. Y una mujer con criterio independiente era algo raro y hasta cierto punto sospechoso, también en el país natal de Ilsa, Austria, donde las mujeres podían votar ya desde 1918.

Más allá del machismo, fue por su personalidad y sus actitudes que levantó sospechas. Junto con Arturo, y gracias a su larga experiencia como periodista, Ilsa propuso cambios relevantes en el funcionamiento de la censura extranjera que no gustaron mucho a sus superiores ni a otras personas de su entorno. Y lo plasmó tal cual en su novela, aunque condensado en unos pocos personajes. Por otro lado, en el lado republicano reinaba un clima de sospecha política e ideológica que en parte estaba justificado. Había varios grupos ideológicos con muchos recelos entre ellos, de ahí ese clima malsano de sospechas e intrigas. Otra causa fue la presencia de una quinta columna muy fuerte, con agentes de los sublevados, espías nazis y de otro tipo, todo ello en un ambiente de bombardeos constantes por parte de la artillería y la aviación sublevadas con fuerte apoyo nazi-alemán y fascista-italiana. Lo que cuenta Ilsa en la novela se parece bastante a la realidad histórica. Aunque en la vida real fueron comunistas alemanes los que empezaron a perseguir a Ilsa por su posición ideológica independiente y por su pasado en Austria, siendo mentira las acusaciones tanto de trotskista como de fascista que vertieron contra ella. Es curioso ver cómo en los documentos que he encontrado sobre su persecución, una nimiedad o una sospecha sin fundamento ni prueba se convierte en una acusación abominable. Los fake news no son un invento de nuestra época.

Telefónica tiene como telón de fondo los comienzos de la guerra en Madrid, con un gobierno republicano convencido de la inminente entrada de los nacionales que huyó a Valencia, dejando a la población abandonada de dirigentes y bombardeada desde el cielo. Mientras la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y el parque del Oeste eran escenarios de cruentas batallas, el edificio de la Telefónica se usaba, también, como refugio: en él se hacinaban más de 600 refugiados provenientes de suburbios y pueblos, familias para las que la comida pronto empezó a escasear.

El bando nacional, durante esos primeros meses de guerra, sufrió los tristemente célebres «paseos» (entre finales de julio y mediados de setiembre, solo en Madrid, tuvieron lugar más de 200 por noche) y los llamados «tribunales populares», que juzgaban arbitrariamente sin que gobierno o legalidad estatal alguna interviniesen. Miles de hombres fueron pasados por las armas sin ninguna disposición judicial. La afluencia de refugiados en algunas embajadas era incesante: políticos y simpatizantes de la derecha, gente de buenas familias, se beneficiaron de esa obligación de humanidad que las embajadas adecuaban dentro de sus espacios diplomáticos extraterritoriales.

Lo que significó el edificio de la Telefónica para cientos de personas hacinadas en sus sótanos y este sui generis derecho de asilo, que logró que muchos diplomáticos en Madrid hicieran amplio uso de sus posibilidades de protección a tantos perseguidos, ¿resultan para usted comportamientos, –más allá de lo humano–, complementarios?

Una pregunta muy difícil. Creo que en lo humano son actitudes parecidas: dar cobijo a personas amenazadas. Pero eran grupos socialmente muy diferentes, casi opuestos, como bien dice usted. En la Telefónica se refugiaban los «pobres» de los suburbios o de los barrios proletarios de Madrid, bombardeados por los sublevados, mientras que en las embajadas estaban los representantes de las clases altas y de la derecha. Los barrios en los que se encontraban las embajadas se salvaron en gran medida de los bombardeos, en cambio, la Telefónica fue el objetivo principal de los ataques, el que más impactos recibió. Y en cuanto a la violencia empleada por los dos lados, no hay que olvidar los estudios que en los últimos 20 años han analizado estos fenómenos y que han llegado a una conclusión bastante clara: en el lado republicano fueron asesinados cerca de 50.000 personas, en el lado sublevado unas 130.000 personas, asesinadas en la retaguardia sin garantías judiciales o mediante un paripé judicial. Además, la violencia en el lado republicano fue en gran medida espontánea, ejercida por incontrolados armados que se tomaron la justicia por su mano, y esa violencia cesó en gran medida a partir del año 1937, cuando el gobierno republicano logró por fin imponerse. Y luego están los terribles e injustificables asesinatos de Paracuellos, claro. Pero en el lado sublevado hubo una persecución sistemática de los enemigos «rojos» por parte del poder militar y civil, sin piedad y durante mucho más tiempo. Esto explica la gran diferencia numérica. Creo que es un tema muy importante que desgraciadamente no ha penetrado mucho en lo que podría llamarse consciencia española. Por eso, no sé muy bien cómo contestar su pregunta.

Telefónica, vibrante novela de Ilsa Barea-Kulcsar basada en sus experiencias españolas de guerra, refleja de manera veraz el día a día dentro de un edificio (el más alto de Madrid en 1936) al que los aviadores de Hitler querían reducir a escombros para así aislar las comunicaciones de la República. El clima de desconfianza que reinaba, los enfrentamientos entre quienes habitaban la Telefónica, y no solo a la hora de trabajar allí, vienen contados superponiendo historias individuales en forma de collage, como hizo John Dos Passos en Manhattan Transfer, novela publicada en 1925 (aunque en la de Ilsa no se salga del edificio: empieza y acaba en la Telefónica).

Estamos ante una novela coral que describe a la perfección aquel hormiguero humano repartido en trece pisos y dos sótanos, y del que Ilsa Barea-Kulcsar se sirve, con depurada técnica, para organizar los estratos narrativos de Telefónica. Con esta ópera prima la vienesa demostró haber nacido escritora.

Como profesor universitario de lengua y literatura queremos saber la valoración artística que para usted atesora la novela de su compatriota y, también, qué podría haberse esperado de Ilsa Barea-Kulcsar si hubiera perseverado en el camino de la ficción, para el que tan dotada nació.

A mi entender es una novela muy bien escrita con una composición muy lograda y eficaz, técnicamente influenciada también, por las novelas de la Nueva objetividad alemana, la novela proletaria de aquellos años y el cine. Aunque no es una obra maestra, que tampoco era la intención de su autora. Es una novela política que quiere recordar lo que fue el asedio de Madrid, el primer bombardeo masivo de una ciudad, al que siguieron Guernica, Coventry, Dresde y una larga lista hasta llegar a los tristes ejemplos actuales. A la vez, la autora quiere escribir un texto combativo que, a través del ejemplo, llama al compromiso, a la lucha contra un enemigo que en aquel momento parecía omnipresente e imbatible: el fascismo en sus múltiples formas. Al no publicarse en aquel momento, la novela perdió esta faceta combativa, pero queda como testimonio; como tal me parece único dado que hay pocos textos extensos sobre el asedio de Madrid (Arturo Barea, Max Aub, Manuel Chaves Nogales, por ejemplo) y ninguno desde el punto de vista de una mujer.

Ilsa Barea-Kulcsar tenía bastante talento para la escritura, como demostró en sus traducciones del español al inglés. De sus traducciones decían que muchos autores de lengua inglesa podrían sentirse felices de tener un dominio del idioma parecido al de Ilsa que, no hay que olvidarlo, tradujo de una lengua extranjera a otra. En una carta confesó a una amiga que a veces escribía artículos en inglés, en «modo Arturo». Era una forma de ganar dinero y ahorrar trabajo a los dos. Por eso, no todos los textos de Arturo Barea son realmente de él. Ilsa demostró su talento también en sus propios artículos en inglés y alemán, y definitivamente lo demostró en su gran estudio sociocultural sobre su ciudad natal, Viena. Es un libro muy profundo que arranca con la fundación de la ciudad y acaba con la Primera Guerra Mundial. Parece que quería contar «su siglo XX» en una autobiografía de la que, lamentablemente, solo escribió cinco páginas. Curiosamente, Viena se tradujo al español en 1969, aunque la traducción es muy descuidada y el libro no tuvo éxito.

Enterados de cómo Georg Pichler prepara una biografía de Ilsa Barea-Kulcsar no queremos terminar este trabajo sin antes preguntarle:

¿La suya es la primera biografía de Ilsa Barea-Kulcsar?

Sí. En su biografía Arturo Barea. Triunfo en la medianoche del siglo (2001 y 2023), Michael Eaude dedica un capítulo largo a Ilsa que tiene mucho mérito. Eaude fue el primero en investigar la vida de Ilsa más allá de los tópicos que se decían entonces sobre ella. Aparte de este capítulo, no hay ningún texto más largo. Pero hay mucha información esparcida en muchos archivos, sobre todo en Oxford, donde se encuentra el legado de Arturo e Ilsa Barea. Y, no en último lugar, en casa de la sobrina de Ilsa, Uli Rushby-Smith, que ha donado la mayor parte del legado a Oxford.

Arturo e Ilsa Barea en Inglaterra, años 50 © Collection Uli Rushby-Smith.

¿En qué estado se encuentra su proceso de escritura y para cuándo se prevé la publicación?

Voy por los años 30. El problema es que, además de su vida, hay que resumir los primeros 70 años del siglo XX, con incursiones en el siglo XIX por sus antepasados que, por cierto, son muy interesantes, entre ellos había judíos productores de vino en la provincia más oriental de Austria, una historia poco conocida. Su vida activa abarca la Primera República austriaca, una época muy interesante política y artísticamente, la clandestinidad durante el austrofascismo, el exilio en Checoslovaquia y los importantes servicios que el primer marido de Ilsa, Leopold Kulcsar, prestó en la legación republicana de Praga. Leopold Kulcsar que, por cierto, no fue en absoluto un asesino y torturador comunista, como algunos lo habían retratado. No era ningún santo, pero era muy inteligente y un hábil organizador. Luego vinieron los once meses de la estancia de Ilsa en España, dos exilios en Francia y Gran Bretaña y, finalmente, el regreso a Austria en 1965. Es decir, es casi una historia cultural, social y política del siglo XX, una tarea bastante compleja.

Las experiencias de Ilsa Barea-Kulcsar reflejadas en Telefónica, según ella misma, «la historia más importante de nuestra generación»… ¿Ocupan un amplio lugar en este libro?

Por supuesto. La experiencia en España fue el gran punto de inflexión en la vida de Ilsa. Hoy ya no está tan presente, pero la lucha contra el fascismo en España fue un evento de orden mundial, mucho más real y de compromiso humanitario de lo que hacen suponer las versiones edulcoradas que se hicieron populares después, empezando por la famosa novela de Hemingway. El venir a España fue tan importante para Barea-Kulcsar que empezó su autobiografía con este viaje y con el encuentro entre Arturo y ella en la Telefónica. Fue importante para ella porque en España vio y vivió la unidad de un pueblo en lucha, que entonces no se había dado en ninguna parte de Europa. Fue importante porque pudo trabajar en un punto neurálgico de aquella contienda, por el que pasaba un sinfín de noticias, que ella hasta cierto punto controlaba, y donde conoció a muchas personas de gran impacto mediático, como diríamos hoy en día. Con muchos de ellos mantuvo una amistad durante años. Y encima conoció al amor de su vida en estas circunstancias. Es una situación muy novelesca, muy cinematográfica, y es extraño que ninguna productora quisiera convertir Telefónica en una película o miniserie, con todo lo que ese está produciendo.