Opinión

La Antitorre de Babel

TRIBUNA

José María Méndez | Viernes 18 de julio de 2025

La Biblia presenta la destrucción de la Torre de Babel como un castigo divino. Pero dejando aparte el aspecto moralizante del relato, aquí nos interesa ante todo su extraordinario valor histórico. Testifica que una multitud de lenguajes fónicos substituyó lentamente al único lenguaje gestual del principio.

El relato bíblico transmite el recuerdo -muy lejano, pero no perdido del todo- del feliz tiempo en que había un lenguaje común a todos los humanos. Y ese lenguaje era por fuerza gestual, con gestos en cuanto palabras materiales en vez de fonemas.

En realidad, aún recurrimos al lenguaje gestual, cuando estamos en una ciudad y desconocemos la lengua allí usada. Con una carta en la mano y gestos adecuados preguntamos a alguien dónde hay un buzón. Y también con sólo gestos se nos indica el sitio exacto.

Recordemos ante todo la distinción entre palabras formales y materiales. Después de Babel, las palabras materiales designan algo mediante sonidos convenidos de nuestro aparato fonador. Las formales no designan nada, sino que son los operadores del cálculo lógico formalizado a finales del siglo XIX por Gottlob Frege y Giuseppe Peano. Gracias a esa formalización asistimos en nuestros días a la gran revolución cultural y social, que ordenadores y móviles están llevando a cabo en nuestros métodos de trabajo, y hasta en nuestra entera manera de vivir. Un detalle lo dice todo. ¿Recordemos cómo corregíamos las erratas con las obsoletas máquinas de escribir?

Los operadores lógicos son los mismos en los aproximadamente 5.000 idiomas distintos que ahora existen. Y los mismos que hubo en el lenguaje gestual primitivo. Aquellos pocos primates que recibieron el soplo divino que los hizo pasar de animales a personas, en lo material sólo eran capaces de emitir los 3 o 4 sonidos diferentes, que ahora observamos en orangutanes o gorilas. Su garganta no daba para más. Fundamentalmente tuvieron que servirse de gestos con las manos. Pero en lo formal poseyeron desde el principio exactamente los mismos operadores lógicos que tenemos ahora nosotros. Ni uno más, ni uno menos.

Cuenta Jonathan Swift que Gulliver llegó a un país en que aún no habían descubierto el lenguaje. Cada quince días celebraban una feria para intercambiar cosas. Como no disponían de la palabra vaca, tenían que llevar en un carro el animal y señalarlo con el dedo al posible comprador. Como no existía la palabra comer, tenían que hacerlo delante de los demás. Y así con todo. Ironiza Switf que el esfuerzo exigido por una conversación de diez minutos era tan extenuante, que obligaba a descansar luego en cama durante un mes.

Obviamente se equivoca Swift al decir que carecían de lenguaje. De lo que carecían era de palabras materiales fónicas. Lo que él describe es justo el lenguaje primitivo gestual, que precedió a la Torre de Babel y del que estamos aquí hablando. ¿Acaso también debían llevar los operadores lógicos en el carro? ¿O más bien los llevaban todos los feriantes ya puestos?

Dicho de otro modo. En lo material cabe la lenta y larga evolución desde un único lenguaje gestual hasta una multitud de lenguajes fónicos. Y también cambian las palabras materiales con el tiempo en los idiomas actuales. Unas dejan de ser usadas y otras empiezan a serlo. Por el contrario, en lo formal no cabe evolución alguna. Los operadores lógicos no han cambiado un ápice desde que el ser humano apareció en este mundo hasta nuestros días. Ni evolucionarán en el futuro. Son un absoluto.

Otra cosa es que hayamos tenido que esperar al siglo XIX para enterarnos de cuántos y cuáles eran exactamente esos operadores. Ya los antiguos griegos descubrieron la verdad formal de los silogismos y se preguntaron si se trataría de una peculiaridad exclusiva del idioma griego. Pronto comprobaron que en el persa y el fenicio -los idiomas que tenían más cerca- ocurría lo mismo. O en opinión de Chomsky, si un extraterrestre viniese a la Tierra, diría que todos los humanos hablan un único y solo idioma. En efecto, así es en el aspecto formal.

Se estima en 2 millones de años el tiempo que pudo pasar desde que Adán y Eva recibieron el regalo divino de los operadores lógicos hasta la Torre de Babel, cuando la evolución produjo nuestro actual sistema fonador, en que intervienen las cuerdas vocales, el paladar, los dientes, la lengua y la respiración. Se estima que esto sucedió hace cien mil años. Donde mejor se aprecia esta evolución es en los canales hipoglosales. Tuvieron que ensancharse hasta que pasase el aire suficiente para pronunciar los más o menos 30 fonemas de cualquier idioma, da igual si vivo o muerto.

Lo que la Biblia describe como Torre de Babel corresponde al desenlace o final de ese larguísimo proceso evolutivo, en que las palabras materiales pasaron de ser gestos iguales para todos los humanos, para convertirse en los actuales fonemas -vocales y consonantes-. Por desgracia, lo meramente material en el lenguaje fónico impide la comprensión entre dos personas, aunque manejen los mismos operadores lógicos.

Así pues, en la Torre de Babel lo material del lenguaje triunfó sobre lo formal, por así decir Se produjo la división de la humanidad. En cambio, lo que está ocurriendo en nuestra época es justo lo opuesto. La gran revolución cultural y social, antes mencionada, es integradora, globalizadora. Nuestros móviles y ordenadores nos hacen a todos más conscientes del cálculo lógico, único que usamos los humanos. Consiste en todo lo contrario de la dispersión de Babel. Ahora es lo formal y único en el lenguaje lo que se está imponiendo sobre lo material y múltiple. De ahí la expresión Antitorre de Babel.

En efecto, la Torre de Babel dividió a los humanos. Fue una fuerza centrífuga y disgregadora. La actual Antitorre de Babel es justo lo contrario: centrípeta y unificadora. Sin duda la intensidad de lo ocurrido en Babel será siempre muy superior a la globalización que pueda lograrse con la actual Antitorre. Derruir una catedral siempre será mucho más fácil que levantarla. Pero lo que queremos enfatizar es el sentido del movimiento, no su intensidad. Y sobre todo sus grandes efectos benéficos.

El primer beneficio integrador es obviamente el hecho de que el cálculo lógico formalizado por Frege en 1879, y por Peano en 1889, ha hecho posible nuestros

ordenadores y móviles. Todos estamos conectados con todos.

En 1940 Shannon empezó a construir el primer ordenador en los Laboratorios Bell de New Jersey. Ocupaba un entero edificio lleno de cables y bombillas. Si ahora llevamos nuestro móvil en el bolsillo, eso ha sido el milagro de la miniaturización de los dispositivos electrónicos. Pero lo esencial es siempre el mismo y único cálculo lógico, que está detrás de todo. Más pronto o más tarde las Tablas de Verdad de los operadores lógicos serán enseñadas a los niños al mismo tiempo que las cuatro reglas de la Aritmética elemental. Como el extraterrestre de Chomsky, también nosotros seremos más conscientes de que efectivamente todos nos arrodillamos ante el absoluto de las mismas reglas lógica.

El segundo beneficio debiera ser la desaparición del ateísmo. La dualidad lógica entre posible y necesario -posible es igual a no necesario no; necesario es igual a no posible no- será aceptada en el futuro por todos, lo mismo que ahora aceptamos que dos y dos son cuatro. La posibilidad de existir de nuestro cosmos es previa a su existencia actual. Si ahora todos aceptamos el Big Bang y su posibilidad lógica previa, también hemos de admitir la existencia de algo necesario como su correspondencia dual, o sea, de Dios Creador. Ya Aristóteles intuyó el Primer Motor Inmóvil.

El tercer beneficio es que el cálculo lógico permite elaborar una Axiología, o Filosofía de los Valores, mucho más robusta o segura de lo hasta ahora logrado dando palos de ciego. Pues a eso se reduce en realidad todo el pensamiento anterior sobre el bien y el mal, si de hecho ha carecido de la herramienta que supone el cálculo lógico ahora en nuestras manos.

Por supuesto, no toda la Axiología puede ser formalizada. Ni siquiera es posible formalizar del todo la parte literaria de los libros de matemáticas. Bien claro lo proclama el fracaso de Russell y Whitehead. Si hubieran tenido éxito, ahora todos los libros de matemáticas serian tan repelentes como Principia Mathematica.

Sin embargo, la nueva Axiología, que trata de apoyarse lo más posible en el nuevo cálculo lógico, permite formalizar algunos puntos fundamentales. Por ejemplo, la definición de valor como lo que debe ser, sea o no sea y la Regla de Oro trata a los demás como quieres que los demás te traten a ti. Y en las demás cuestiones intenta acercarse lo más posible al estricto rigor lógico.

Se dirá enseguida que el ateísmo está creciendo más que nunca en nuestros días. Y que la moralidad en nuestra época está por los suelos en todos los aspectos de la vida.

De acuerdo. Pero esa cruda realidad no me impresiona demasiado. Me impresiona mucho más el hecho de que la Antitorre de Babel apunte en la dirección contraria.