Opinión

El racismo como coartada

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 20 de julio de 2025

El racismo es uno de los grandes males de la humanidad. En el caso europeo, inspiró el imperialismo y el colonialismo modernos. El famoso discurso de Lord Salisbury en el Albert Hall de Londres, con su infame idea de las «naciones moribundas», simboliza el asalto a Asia, el reparto de África y la creación de un orden mundial basado en el supremacismo, la famosa «carga del hombre blanco». Joseph Conrad no exageró cuando describió en «El corazón de las tinieblas» el horror del Congo del Rey Leopoldo. El racismo es el punto de partida de algunos de los episodios más atroces de la historia contemporánea.

Fueron el racismo y el antisemitismo dos de los fundamentos de la ideología nacionalsocialista. El culto de la tierra y de la sangre dio en un neopaganismo atroz que conduciría a los guetos, las fosas y los campos de exterminio. La «Ley para la protección de la sangre alemana y el honor alemán», y la«Ley de ciudadanía del Reich» simbolizan un ordenamiento jurídico intrínsecamente injusto por su mismo fundamento racista.

Es precisamente la gravedad del racismo lo que debe impedir que se utilice como acusación a la ligera. A fuerza de utilizarlo sin motivo suficiente, se corre el riesgo de que deje de significar nada. Si todo es racismo, nada es racismo. Algo similar, por cierto, sucede con la xenofobia y el antisemitismo. En Francia, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes han hecho del empleo de la islamofobia un recurso fácil para silenciar voces críticas. So pretexto de la tolerancia, se pretende imponer la mayor de las intolerancias.

Se ha esgrimido la acusación de racismo contra los vecinos de Torre Pacheco y contra quienes han ido a apoyarlos. Me parece una acusación algo superficial y, desde luego, injusta. A Torre Pacheco llevan llegando extranjeros en situación legal o ilegal desde hace años. Los vecinos han acogido en su pueblo a miles de personas que llegaban en condiciones muy difíciles y cuya integración, al cabo de dos generaciones, parece haber fracasado. Por supuesto, es legítimo preguntarse por los motivos de este fracaso; por ejemplo, un exceso de inmigración, una insuficiencia de servicios públicos, una falta de voluntad de integración, un fracaso de los medios por los que una persona se asimila a la sociedad que la acoge e incluso una apuesta fallida por un modelo multicultural que en Europa sólo ha producido desastres como puede verse en Francia, los Países Bajos y Alemania por poner sólo algunos ejemplos. Culpar a los vecinos de racismo en estas circunstancias me parece una injusticia que sólo contribuye a oscurecer el problema.

Estamos constatando el naufragio de veinte años de políticas progresistas de multiculturalismo, fronteras abiertas y falso humanitarismo. Sin duda, en una sociedad pueden coexistir distintas formas culturales siempre que no se llegue a la fractura, pero esa fractura se produjo hace años en otros países europeos y se está produciendo ahora en España: gente que lleva viviendo años aquí pero no habla apenas el idioma, choque de valores y tradiciones, barrios enteros en los que los nacionales se sienten extranjeros y, en general, una alienación de los españoles, que han dejado de reconocer su propio país. Hay un problema de integración, de asimilación y de cohesión social y despacharlo con acusaciones de «racismo» no va a resolverlo en modo alguno.

Sí, en España hay racistas -podría recordar las ideas de Sabino Arana respecto de los castellanos- pero sería injusto decir que la sociedad española es racista. Lo que estamos presenciando no es un estallido de racismo, sino una situación derivada de políticas migratorias equivocadas que está forzando las costuras de la convivencia en planos muy distintos que van desde los usos y costumbres hasta el trato a las mujeres. En algunos casos, hay que hablar directamente de delincuencia común minusvalorada e incluso normalizada como si fuese inevitable que a uno le roben el teléfono móvil o el reloj.

En España estamos asistiendo a estallidos de vecinos que están hartos de esa degradación, pero la motivación no es el racismo sino el hartazgo de la inseguridad, el deterioro y la ausencia de orden público. De hecho, cuando ese orden se impone, a menudo lo hace contra ellos y no en su defensa. Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué eran tan insuficientes los efectivos policiales en Torre Pacheco cuando comenzaron los incidentes (e incluso antes, cuando le pegaron la paliza a aquel señor).

El racismo es una cosa muy grave y no debería trivializarse ni utilizarse como coartada para silenciar debates legítimos sobre la cohesión social, la inseguridad ciudadana y unas políticas de inmigración que parecen definitivamente fracasadas.