Algo en él se ha ido decantando entre silencios de estudio y patio de butacas, y podría ilustrar no solo una manera de vivir la filología hispánica, sino también la naturaleza social de la cultura: el leonés Rafael González Cañal, catedrático de literatura española de la Universidad de Castilla-La Mancha, es el hombre tranquilo y discreto de las grandes gestas filológicas y de la gestión cultural en español. La larga y sacrificada hibernación intelectual de este profesor ha dado como fruto de excelencia su edición de varias obras de Rojas Zorrilla, Lope de Vega, Mira de Amescua, Cervantes, Enríquez Gómez o el conde de Rebolledo, además de decenas de ensayos y artículos muy atinados sobre Tirso o Calderón. Como director de las Jornadas de teatro clásico de Almagro, que este año ha celebrado su cuadragésimo octava edición, ya va rumiando un resumen de los encuentros, recuerdo vital de una solapada perseverancia, tanto en sus fatigas como en sus alegrías, y se nos descubre como un literato vocacional y un hombre extraordinariamente sensible que observa atento, escucha y espera cualquier estímulo mágico para aprovecharlo y sumarlo a su gran cartografía cultural almagreña. Rafael –Rafa– comienza ya a hacer recuento de lo vivido y alcanzado, recordando que hace bien poco, más de treinta años, era un joven que, tras la representación de La gran sultana de Miguel de Cervantes, escuchaba absorto a Adolfo Marsillach en el salón nobilísimo y carpetovetónico de la mítica Hospedería de Almagro.
¿Cómo aterrizó usted en esto del teatro aurisecular? ¿Qué hace un leonés en La Mancha?
Llegué a Ciudad Real en 1988 como profesor ayudante y en 1991, la Universidad de Castilla-La Mancha se incorporó al Patronato del Festival de Almagro con el objeto de organizar unas jornadas que cada año venían celebrándose a cargo de diferentes grupos de investigadores coordinados por Luciano García Lorenzo, César Oliva o Francisco Ruiz Ramón: las de aquel año corrieron a cargo de unos investigadores estadounidenses cuyos trabajos luego vieron la luz en el volumen Vidas paralelas. El teatro español y el teatro isabelino (Tamesis Books, 1993) en el que Anita K. Stoll reunió las ponencias. En 1992 le encargaron la dirección de las XVI Jornadas a Felipe Pedraza, que llevaron por título “El redescubrimiento de los clásicos”, y yo me incorporé como secretario hasta 2004, en que ya fui nombrado codirector. En 2019 Felipe Pedraza dejó la dirección y yo me encargué del timón con Almudena García González como secretaria.
¿Cómo recuerda aquellos momentos?
Fueron unas jornadas muy interesantes por la repercusión que tuvieron: más de un centenar de matriculados –hay ediciones en las que hemos contado con ciento cuarenta inscritos–. Se celebraban en el salón de actos de la Hospedería de Almagro, que es un anexo o antiguo hospital del convento de la Asunción de Calatrava, construido en el siglo XVI y declarado monumento histórico-artístico el 3 de junio de 1931. Allí recuerdo escuchar a Adolfo Marsillach cuando dirigía la Compañía Nacional de Teatro Clásico tras la representación de La gran sultana de Cervantes con Héctor Colomé, Silvia Marsó y José Lifante. Yo venía de estudiar en la Universidad Autónoma y de hacer mi tesis doctoral sobre poesía barroca dirigida por Domingo Ynduráin, y el de Almagro fue para mí el descubrimiento de un mundo absolutamente nuevo. Yo ya había estado en congresos como el de la Edad de Oro, pero el ambiente de las jornadas me pareció mucho más interdisciplinar, con esa parte práctica de asistir a los pases de las obras de teatro y poder intercambiar opiniones con los directores, actores y escenógrafos responsables de los espectáculos.
Pero usted llegó a conocer Almagro como la palma de su mano, según tengo entendido…
Poco después de llegar a trabajar a la Universidad de Castilla-La Mancha, en 1990, decidí instalarme en Almagro, y para mí resultó muy cómodo preparar las jornadas, impartir docencia en Ciudad Real y disfrutar del Festival en el mes de julio. Luego, en 1999, por distintas circunstancias decidí instalarme en Ciudad Real y desde entonces voy y vengo en el coche cuando me toca preparar las jornadas y asistir al Festival. Desde 1994 las Jornadas tienen lugar en el Palacio de Valdeparaíso, propiedad de la Diputación, y allí nos instalamos cada mes de julio los tres días en los que organizamos las Jornadas.
¿Podría contarnos alguna anécdota que recuerde de manera especial?
Recuerdo especialmente al catedrático inglés John E. Varey, fallecido en 1999, que yendo por las calles de Almagro hacia el restaurante con el resto de filólogos y viendo las dificultades que Felipe y yo teníamos para pastorearlos, dijo aquello de “llevar a un grupo de filólogos es como llevar una manada de gatos”. También guardo gratísimo recuerdo de Francisco Ruiz Ramón, Alfredo Hermenegildo, Agustín de la Granja –uno de los imprescindibles– o Luciano García Lorenzo, que cuando lo nombraron director del Festival tenía oficina en el Parador de Almagro y despachaba a menudo con él. Después del teatro íbamos todos a un bar que se llamaba el Patio de Monipodio, y allí terminábamos incluso jugando al futbolín, hasta que cerró en 2004. Otra época fue la del Ágora, donde se entregaban unos premios literarios que nos reunían la noche d ellos jueves, pero cerró en 2018. Echo de menos estos dos lugares porque allí se congregaba lo más granado del Festival. También recuerdo algún recital que dieron en el Corral de Comedias los actores canarios Pilar Rey y Antonio Abdo, que nos dejó en 2023.
¿Cuál cree que es el secreto del éxito de estas Jornadas?
La convivencia y mezcolanza en Almagro de todos los invitados que vienen y que no se marchan a renglón seguido, después de dar su charla, como ocurre en la mayoría de los coloquios, sino que se quedan todos los días. Se crea muy buen ambiente, porque también invitamos a otros apasionados del teatro áureo que tienen algo que decir, y se crea una atmósfera muy especial, un buen ambiente, con habituales como Manuel Canseco, Antonio Serrano, Francisco Domínguez Matito o Germán Vega García-Luengos, que luego desarrolló por su cuenta el Festival Olmedo Clásico en 2006 a imagen y semejanza de Almagro. Además, en las últimas ediciones colaboramos con el equipo del Festival de Olmedo para realizar boletines conjuntos de las obras que se estrenan en ambos festivales, actividad que coordina la profesora Irene González Escudero, que participa en la organización de las Jornadas de los dos festivales.
Son unas jornadas muy productivas. ¿Cuántas actas y publicaciones ya han visto la luz?
En la Colección Corral de Comedias que editamos en el Instituto Almagro de teatro clásico de la Universidad de Castilla-La Mancha llevamos ya publicadas treinta y tres actas de las jornadas y cincuenta y un volúmenes en total, porque también hemos acogido en la colección otras publicaciones relacionadas con el teatro del Siglo de Oro.
¿Se sienten herederos en estas jornadas de la labor que dramaturgos y poetas hicieron durante siglos en la ciudad?
En cierto modo sí, porque el teatro era el entretenimiento más popular de los siglos XVII, XVIII y XIX, y Almagro recupera ese espíritu de entretenimiento, que incluye el hablar con los comediantes y disfrutar del ambiente que se crea. Así que como encuentro popular y festivo sí creo que hay una continuidad. Antes no era así, porque en las primeras ediciones del Festival el pueblo vivía de espaldas a él.
Hemos visto este año que las jornadas se están modernizando, dando voz a propuestas muy experimentales y actuales, quizá demasiado arriesgadas en algunos casos...
Sí, la directora del Festival, Irene Pardo, me propuso participar en la formación en teatro del Siglo de Oro en el programa de las Residencias Artísticas, y en la última edición, cuatro compañías presentaron cuatro propuestas escénicas: Alberto Velasco con La jácara de los cuerpos imposibles, sobre textos de Tirso de Molina, Lope de Vega, Luis Vélez de Guevara y Calderón de la Barca, Paula Rodríguez y ANAMAR con Ana (flamenco y Siglo de Oro) –sobre textos de Ana Caro de Mallén–, Emilio Manzano con Herencia, Ruido y Oro –sobre La gran sultana, Los baños de Argel y El gallardo español de Miguel de Cervantes– y Elisabet Altube con Quien no cae, no se levanta –a partir de la obra de Tirso de Molina mediante la técnica de devising. A las Jornadas invitamos a Alberto Velasco y a Paula Rodríguez para que explicaran sus propuestas, no exentas de debate académico, evidentemente.
¿Ha habido muchos cambios desde aquellas jornadas iniciales a las actuales?
Creo que lo más acertado ha sido acortar la duración de las conferencias porque el público ya no tiene tanta resistencia y también incluir más coloquios. La parte filológica va a mantenerse, porque vienen muchos alumnos a conocer a sus referentes y saludar a sus maestros. También he querido incluir conferencias no estrictamente filológicas, con otras miradas. En 2027 las Jornadas cumplirán medio siglo y será el momento de hacer nuevos cambios.
¿Por qué nadie debería perderse una experiencia como la del Festival de Almagro y sus Jornadas de teatro clásico?
Porque es fundamental para los estudiantes de filología hispánica y para todos aquellos a los que les interese el teatro, a fin de conocer el mundo teatral actual y cómo funcionan las compañías de teatro clásico de hoy en día, entre las que la CNTC juega un papel fundamental. Por otro lado, están abiertas a todos aquellos que quieran tener conocimiento y relación con las gentes del teatro, y también a alumnos de las escuelas de arte dramático que quieran acercarse a los estudios académicos y a nuestro ámbito. Creo que esa simbiosis es fundamental, porque ya no hay ese miedo a que ambos mundos se mezclen. Y, además, contamos con matriculados que son profesores de colegios e institutos que vienen y repiten cada verano para ver teatro y para poder hablar de esta experiencia a sus alumnos. Y luego muchos forman parte de un círculo virtuoso que recorre otros festivales como Olmedo, Alcalá de Henares, Olite, Almería, etc. Así que ya no es posible estudiar o trabajar en Calderón o en el teatro del Siglo de Oro sin venir a Almagro.