Cultura

Iluminando al “peregrino de luz”: espacio y tiempo en la obra de Francisco Basallote (1988-2015), de Jesús Cárdenas

LIBROS

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 23 de julio de 2025

A pesar de sus más de treinta publicaciones poéticas en unos veintisiete años, los múltiples premios obtenidos, su producción acuarelística y su labor como investigador, crítico y defensor del patrimonio histórico y cultural, la memoria de Francisco Basallote (Vejer de la Frontera, 1941 - Sevilla, 2015) permanece en la penumbra a la espera de un reconocimiento mayoritario. Mientras llega, autores como Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, 1973) se han preocupado por iluminar su biografía y legado. En concreto, la reciente publicación del volumen Peregrino de la luz. Espacio y tiempo en la obra de Francisco Basallote (1988-2015) en la colección En Pruebas del sello Ediciones en Huida supone una importante reivindicación de este escritor gaditano. Un libro fruto del trabajo de fin de máster titulado Los vectores espacio-temporales en la obra de Francisco Basallote (1988-2015), realizado por el sevillano en 2017 en la Facultad de filología de la UNED, buscando “rendir homenaje a la trayectoria poética de Francisco Basallote, recogiendo en él algunas ideas y reflexiones de manera sintética”. Con esta labor de Cárdenas “una esperanza luminaria, a modo bengala, ha brillado en la oscuridad”, como expresa de forma hermosa Pedro Luis Ibáñez Lérida.

Cárdenas se vale del término “extraterritorialidad” acuñado por Steiner para referir al injusto espacio “de olvido artístico” ocupado actualmente por Basallote junto con otras figuras de la cultura. Dichos creadores quedan relegados a este incómodo lugar por asumir “en su escritura una exigente actitud formal y moral por encima de cualquier filiación a determinado canon de éxito”.

A diferencia de otros poetas coetáneos, es Basallote un poeta tardío, iniciando su trayecto lírico a los cuarenta y siete años. A pesar de su aparente sencillez, la poética del vejeriego se funda en un profundo dominio del lenguaje, fruto de su trabajada “preocupación rítmica” y musicalidad lírica. En palabras del propio Basallote, “el poema se elabora durante mucho tiempo, es decir, no se trata del momento justo en que el poeta se sienta y escribe”. Según Cárdenas, “Basallote aboga por una poesía seria y técnicamente trabajada, reflexiva, con libertad para capturar el instante, congelarlo, quedarse con una parte del todo, realizando de este modo una selecta recolección de la realidad y de la memoria”. A la “contención y densidad expresiva”, buscando “la belleza y la sensibilidad”, se une la selección cuidada de términos y —en palabras de Ángeles María Vélez Melero— “el empleo del campo semántico de categoría visual”.

Este ejercitamiento en la escritura fue llevando a Basallote a una madurez de estilo, dominada por la coherencia en el uso de una serie de temáticas u obsesiones siempre presentes y definidoras de su voz lírica. Para empezar, esa “preocupación por la creación poética” o “dimensión metapoética” —lo apreciamos especialmente en su poemario Fragmentos y Tasa de destrucción (1991)—. También la contemplación del mundo que le rodea por un lado y la memoria que dichas vivencias han ido dejando, por otro —los ejes temporal y espacial, en ocasiones entrelazados—. La vida se entiende como un viaje simbólico —Derrotero de la quimera (2004)—, iniciado en la infancia y concluido en el presente maduro —de Estirpe del azar (2009) a Retorno a Mellaria (1999). Entre los escenarios evocados, destacan el propio “Vejer, la Cartuja —Basallote de encargó del proceso de restauración del monasterio—, la iglesia sevillana del Salvador, la Alhambra, el Aljarafe”. Se aprecia una nostalgia por ese tiempo pasado, así como una imbricación con la Naturaleza —el paso de los días de la semana en Breve calendario en Piscis (1988), de los meses en Calendario manuscrito (2007) o de las estaciones en Diario y cábalas de agosto (1998)—, muy de la filosofía zeng. No en vano, es un cultivador del haiku, como demuestra en Mínima estancia (1992) —cuyo nombre, en palabras de Basallote, se debe “a lo pequeño del formato de los poemas haikus”— o En los senderos del bosque (2008). Queda pues la Naturaleza interiorizada en el alma del individuo que la observa en sus paseos o ginkgos y medita sobre su paso por el mundo. Las estaciones también se suceden, como las de la propia vida, produciendo una tristeza o aware en el poeta personificada en el otoño —Arcángeles de otoño (2015)—. Del mismo modo, en su Libreta del caminante “fija su atención” en pueblos y ciudades emblemáticos de Andalucía, buscando “profundizar en su arraigo más profundo hasta dar con su alma”, convirtiéndolos en “realidad trascendida”.

Se canta lo que se ha vivido y ya no volverá, siendo lo perdido fuente de meditación nihilista al comprender la imposibilidad de retener lo que resulta inasible —Como agua sobre piedra (2006)—. Ello puede observarse también en Fragmentos y Tasa de destrucción (1991) o en Manuscrito de la Cartuja (1997), donde además se pone en valor nuestro patrimonio cultural al referir a la tradición literaria medieval. Incluso la muerte ronda, sinónimo de la sombra, como en De tan antigua presencia (2006). Lo nocturno es igualmente sinónimo de soledad, de la parte que ha quedado del día, de la vida. También momento para lo espiritual y trascendental, vetado a la luz. Su trabajo como “antropólogo”, a través del cual “trata de excavar en la memoria del tiempo para mostrarnos unos hechos culturales de un pasado remoto” la encontramos a su vez En el corazón del signo (2010), donde el prologuista Juan Fernández Lacomba afirma que los poemas pueden fácilmente asociarse al ámbito del dibujo y de la pintura.

La faceta pictórica de Basallote puede apreciarse en libros como Frontera del aire (1988), representando en él “un avance en las pretensiones del autor” al “acompañar la obra poética con imágenes”. Así, “el poeta pinta sus versos” o “escribe versos y pinturas”. Sólo tiempo (2010) y Queda la luz (2011) aúnan haikus y acuarelas del autor. Su interés por la pintura también queda reflejado en una serie de poemarios destinados a catálogos de distintos artistas —Médula de la sombra (2004) o Soledades y silencios (2005)—, en los cuales traduce poéticamente distintas imágenes creadas por autores como Claudio Díaz o José Pedro Robles. La écfrasis se amplía al tercero de sus poemarios, City. Ciudad hendida (2007), donde doce textos acompañan a las fotografías de José Carlos Vázquez Guisado. También llama poderosamente la atención Lujo de la pintura (2004), donde dedica distintos poemas a diferentes creadores de la historia del arte de los ss. XIX y XX.

Al interés de Basallote por lo artístico habría que sumar —como hemos visto con la Cartuja— la presencia de lo arquitectónico en su obra, donde la visibilidad de estos elementos creados por el individuo se suma a la belleza de lo natural. Ello se asocia a su vida laboral del poeta, quien se ganó la vida como aparejador. Como indica Cárdenas, “el campo semántico más amplio es el correspondiente a la arquitectura”.

Cárdenas remarca la transparencia en Basallote al dejarnos comprobar la influencia de otros poetas en él. Algunos de sus admirados serán Julio Mariscal —su maestro en la iniciación poética— y Pedro Sevilla, Eloy Sánchez Rosillo, Alejandra Pizarnik, José Ángel Valente, Blanca Varela, Antonio Hernández, Antonio Machado, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre o José Hierro.

Resulta verdaderamente encomiable la mirada atenta de Cárdenas al analizar las características fundamentales de la poética de Basallote, empezando por los motivos o temática de su lírica —“el tiempo inexorable. La existencia” (y su tempus fugit), “el paraíso perdido o la música recobrada” (los espacios y paisajes de toda una vida), “la Naturaleza”, “la luz”, “la pintura”, “la creación poética”—, las estructuras formales y métricas —“el ritmo del verso. El verso libre” (destacando en palabras de Vélez Melero “poemas sin rima, polimétricos, versos cortos en general, con algunos endecasílabos u otros de arte mayor”), “el haiku”, “la soleá. Las seguidillas” (que a veces cuesta distinguir frente al haiku), “los poemas en prosa”— o los aspectos estilísticos —“el encabalgamiento”, “los recursos de repetición y las estructuras paralelísticas” (repeticiones léxicas como anáforas, reiteración de estructuras morfosintácticas, aliteraciones, uso del polisíndeton, reduplicaciones y estructuras bimembres), “la elipsis verbal” (donde el verbo es sustituido por la nominalización en la frase, siendo muy habitual en los haikus del autor) y, en menor medida, “el hipérbaton”—. Los resultados de la investigación de Cárdenas desembocan lógicamente en unas conclusiones que extraen, en esencia, “la musicalidad, el ritmo y la armonía” como constituyentes esenciales de la creación para Basallote. Serán éstas las que compongan su “canto de sirena”, con el cual los lectores se dejen embelesar, dejándose “llevar por la serenidad y armonía de su poesía”.

Como coda final, el presente libro contiene la bibliografía más completa reunida sobre Basallote, además de un “epílogo de afectos”, donde las semblanzas poéticas y en prosa se suceden a cargo de autores como Mario Álvarez Porro, Ana Isabel Alvea Sánchez, el propio Cárdenas, José Cenizo Jiménez, María José Collado, Jorge de Arco, Gonzalo Díaz Arbolí, Pedro Luis Ibáñez Lérida o Ángeles María Vélez Melero. Cierran el libro un muestrario de imágenes personales y acuarelas de Basallote. Sin duda, no se puede pedir más para conocer el interesantísimo legado de este poeta que, desde esa percepción personal tan única, aborda —en palabras de Vélez Melero— “temas constantes en la vida del hombre como la preocupación existencial, la vuelta a la infancia” o “el recuerdo de un ser querido”.

TEMAS RELACIONADOS: