El 8 de mayo de este año el agustino Robert Francis Prevost Martínez fue elegido papa de la Iglesia católica. Menos de un mes después, un fragmento del diálogo De libero arbitrio, de San Agustín, fue propuesto para comentar en el examen de Historia de la filosofía de las Pruebas de Acceso a la Universidad de la Comunidad de Madrid. Es indiscutible la actualidad del teólogo y filósofo de finales del siglo IV y comienzos del siglo V. Quizá, por su condición de clásico, nunca haya dejado de ser actual. Sin embargo, algunos profesores de filosofía protestaron por la presencia del pensador cristiano en las pruebas de acceso ya que, según su opinión, la obra de un creyente no debería ser objeto de evaluación en un examen para el acceso a las universidades de un Estado aconfesional. Algunos reclaman incluso la eliminación de todos los teólogos cristianos del currículo de Bachillerato por haber supeditado la razón a la fe, de modo que términos como ‘racional’ o ‘filosófico’ quedarían excluidos del catálogo de adjetivos que acompañan al pensamiento de estos autores. Quienes sostienen estas opiniones o mienten o jamás han leído una obra de estos filósofos que denuestan tanto. Sirva lo que sigue como una muestra que pone de manifiesto el error de los que opinan así.
Basta con que se lea el libro IV de De civitate Dei contra paganos para apreciar el ejercicio de racionalidad que lleva a cabo San Agustín al considerar el politeísmo pagano romano. A partir del estudio de la perdida Antiquitates rerum divinarum, del polígrafo romano Marco Terencio Varrón, San Agustín critica fundamentalmente dos aspectos del politeísmo romano: la localidad y multitud de deidades.
Respecto al primer aspecto, es pertinente advertir que los paganos atribuían la extensión y duración del Imperio romano al favor de sus dioses. Ahora bien, San Agustín, buen conocedor de la historia, recuerda que antes del romano hubo otros imperios, incluso más poderosos y duraderos, como es el caso del asirio, el medo, el persa o el egipcio. Y en este punto objeta: si estos imperios no contaron con la ayuda de los dioses romanos, ¿cómo se explica su grandeza? Es más, cuando estos imperios cayeron, ¿acaso fue porque los dioses responsables de su triunfo más tarde les abandonaron o, peor aún, porque no tuvieron el suficiente poder como para vencer a los hombres de otros imperios en liza? Con estas objeciones San Agustín hace patentes las contradicciones internas de un politeísmo local en el que el infinito poder de sus dioses está acotado a un espacio y tiempo concretos.
En relación al segundo aspecto, siguiendo a Varrón, San Agustín menciona a los cientos de deidades que los romanos llegaron a instaurar, atribuyéndoles una función exclusiva a cada una. Sirva como ejemplo el listado de divinidades relacionadas con el cultivo del trigo: «[Los romanos] convirtieron a Prosérpina en protectora del trigo cuando está germinando, al dios Nodoto de los brotes y nudos de los tallos, a la diosa Volutina de las envolturas de los capullos; de los capullos cuando se abren para que salga la espiga a la diosa Patelana, de las mieses cuando se igualan a las nuevas aristas, (...) a la diosa Hostilina; de los trigos en flor a la diosa Flora, de los que están en leche al dios Lacturno, de los que maduran a la diosa Matuta; de cuando se escardan, es decir, cuando se arrancan de la tierra, a la diosa Rúncina». Tal es la multitud de dioses que llegaron a inventar los romanos que para algunas funciones había más divinidades a las que encomendarse que hombres necesarios para cumplirlas. «Cada cual asigna para su casa un solo portero, y como es un hombre es suficiente para todo; estos [los paganos] pusieron tres dioses: a Fórculo para las hojas, a Cárdea para el quicio y a Limentino para el umbral». La desmedida proliferación de deidades del paganismo romano provocó que cada dios fuera eficaz en su competencia, pero impotente en el resto. «Así Fórculo no podía guardar al mismo tiempo el quicio y el umbral».
Como es lógico, no podía faltar una divinidad para la dicha. Pero si la felicidad, razona San Agustín, comprende todo lo que debidamente se puede desear, ¿qué necesidad había de que se encomendaran al dios Cato para que les hiciera agudos, al dios Honor para recibir honores o a la diosa Pecunia para ser adinerados cuando todos estos bienes y el resto podía otorgarlos la diosa Felicidad? La instauración de una divinidad para la felicidad provoca la quiebra de la razón de ser del politeísmo: «¿Quién querría recibir de algún dios algo que no fuera la felicidad o que, a su modo de ver, estuviera relacionado con la felicidad? Por lo tanto, si la felicidad tiene la potestad de elegir a quién acompañar (y la tiene, si es una diosa), ¿qué clase de necedad es, pues, pedirlo a otro dios si se puede conseguir de ella misma?». A juicio de San Agustín, el error irreparable del paganismo fue convertir en una divinidad lo que es un don del Dios uno.
El descubrimiento agustiniano de la falta de consistencia lógica del politeísmo pagano romano con su multitud de falsos dioses, inanes en todo lo que no sean sus respectivas competencias e innecesarios frente a la diosa Felicidad, puso de manifiesto la superioridad del monoteísmo cristiano que aunque no adolece de las contradicciones internas del paganismo, no por ello está libre de otros problemas a los que hará frente el obispo de Hipona.