Opinión

Yo acuso

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 24 de julio de 2025

El reciente manifiesto en apoyo al gobierno es síntoma inequívoco de hemiplejia moral. Sus firmantes siguen juzgando todo fenómeno político según la distinción izquierda o derecha hasta alcanzar la metafísica maniquea del bien o el mal. Produce hastío y cierta melancolía ver a los autoproclamados representantes de “la cultura” poner su sello bajo un texto execrable y vergonzoso. ¿Habrán olvidado el arte de leer o de escribir? Me consuela una migaja que no aparezcan algunos nombres que fueron otrora muy de la ceja. Permite albergar la esperanza de que, al cabo, algo se aprenda.

Suscriptores de propaganda miserable: “esta España mía, esta España nuestra” sometida a intereses venales o de partido. Que alguien posea una buena voz o haya escrito alguna canción que haya arrojado abundantes royalties no es signo de valor artístico. El cantante actualmente más reconocido a ese respecto es Bad Bunny, capaz de llenar entre nosotros diez o doce estadios. Un logro que está muy lejos de las posibilidades de todos los abajofirmantes juntos.

El de sintonizar con las muchedumbres es un arte cuya definición seguramente escapa a sus propios practicantes. A ese respecto el portorriqueño es un maestro indiscutible cuyo éxito es la prueba evidente de esa maestría. ¿Esto significa que es un músico excelente? No lo creo, sin que esto quiera desmerecer su capacidad de dar con el gusto de su joven público. Estoy convencido de que el director más prestigioso, interpretando a Bach pongamos por caso, llenaría con dificultades un teatro o una sala de conciertos. ¿Eso significa que es un músico mediocre? No lo creo, sin que esto quiera encarecer su capacidad de distinción o de erigirse en signo de élite.

Parece que se trata de muy distintas dimensiones de la realidad cuya conjugación, que no es fácil determinar, podría llevarnos a conclusiones poco correctas desde el punto de vista político. Basta recordar lo que las muchedumbres aclamaron en el pasado o la capacidad de convocatoria de líderes hoy mal vistos desde el mentado punto de vista.

Así pues, que varios fulanos, que representan marcas más o menos divulgadas, ilustren con sus nombres un texto repugnante sólo habla de la condición de los firmantes. Es una pena porque, como hombre del común, disfruto de aquellas canciones. Seguiré haciéndolo dada mi capacidad de olvidar con facilidad la necedad de un cantante o la estupidez de un artista popular.

Dejemos para otro día las dificultades que encierra esa misma expresión: “artista popular”. Los problemas enormes que envuelve la ceguera moral de un artista o las pretensiones desorbitadas de los profetas de la cultura, vulgo culturetas, se les ocultan a muchos cuando quedan deslumbrados por los potentes focos de la escena. Basta, sin embargo, con dejar disertar sobre cualquier tema, ajeno a su oficio, al cineasta de renombre para que nos tome un creciente sentimiento de esa forma curiosa de compasión que llamamos “vergüenza ajena”.

Por lo demás, estos firmantes ya no son lo que eran a la hora de convocar multitudes y sus intereses son patentes. La marca – que es su nombre en la industria de la cultura – ha descuidado su responsabilidad social al punto de que pudiera resultar improductivo vincularse con esas marcas en el mercado político. Los más jóvenes los ignoran o los desprecian y sólo viejos sectarios, cuyo voto está tan cautivo como sus entendederas (auténticos mentecatos), pueden dejarse fascinar por sus cantos de sirena entrada en años. Una firma de Bad Bunny tiene un valor publicitario incomparable con las de estos suscriptores.

Parece que el proceso de secularización de la cultura toca su extremo. Los intelectuales, falsos sacerdotes de la cultura, han perdido todo resto de trascendencia. Desde el J´Accuse han transcurrido más de ciento veinticinco años y los intelectuales (clercs) sólo pueden impostar su vieja condición oracular. Desnudos ya de toda falsa vestimenta sagrada, firman sus vaticinios con el culo al aire. No hace falta que nadie denuncie su desnudez manifiesta, aunque no podamos evitar que nos avergüence su impudicia.

Concluiré declarando que, aunque me alegra esta pérdida de fe en los poco venerables nombres de la intelectualidad, no significa un regreso a los principios de una verdadera fe. Se trata de un nuevo grado en el avance de un vacío sin matices, otro triunfo de un progreso en cuya atmósfera sólo alientan figuras siniestras. Siniestras a izquierda y a derecha.