Opinión

Casares

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 30 de julio de 2025

Imaginen que no estamos en el siglo XXI. Cualquier parecido con la realidad actual es pura utopía; ahora bien, en esta España vigente, los mendaces que rigen nuestro destino hacen todo lo posible para que este país retroceda en el tiempo. Nada de extraño tiene, toda vez que los malos vicios de los políticos —no todos, porque siempre los hay que se rigen por valores y nunca por costes— hacen lo posible para que nos traguemos los sapos de la mentira.

Imaginen que estamos en Casares, provincia de Málaga, localidad conocida como ”Pueblo Colgante”, entre otros de los muchos atractivos que atesora. Imaginen que el Centro de Salud de dicha localidad lleva “cuatro semanas sin médico” y que se buscan facultativos interesados en trabajar en el municipio, como si tratar las enfermedades o cardiopatías fuera cosa de temporeros del campo, dicho con todo respeto. Que no en vano en Casares nació Blas Infante, considerado en algunos ámbitos el Padre de la Patria Andaluza. “Yo tengo clavada en mi conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales”.

Vayan ustedes despertando de este mal sueño para darse por enterados de que estamos en el año 2025. Año de gracia y poca ídem. Por supuesto que todo el problema de salud pública concierne a la clase política, la cual se amamanta de nuestra paciencia, de nuestro erario y de nuestras necesidades. Por eso no hay médicos en Casares como corresponde, y de ahí que la vergüenza propia y ajena se haga valer exigiendo salud y bienestar. No queda otra cuando la no cordura se mezcla con rancias ideologías y mediocres responsables. Casares sale a la calle, pues claro que sí. Con la salud no se juega. Es el pan bendito de nuestros impuestos, y los ciudadanos levantan la voz ante el aterrador abandono de unas clases dirigentes, las que, una vez más, demuestran dejación de funciones y lo que es peor, que les importamos un carajo. Es de una puerilidad que acojona, que preocupa. Simplemente, estamos anclados en la Edad Media. Pagamos al fisco, luego existo.

Para ciertas cosas cabe el comodín de la suerte, pero cuando se infringen los derechos más vitales, no queda otra que llamar a las cosas por su nombre. Casares, con su hartazgo, se ha rebelado ante lo injusto, no solo representándose a sí mismo, sino también poniendo voz a miles de pueblos que padecen idéntico virus. Las cosas no suceden por una simple cuestión de azar, es que el ciudadano llano siempre es el elegido para alimentar el ego y la soberbia de sus regidores.

Sí, todos somos Casares, porque las enfermedades carecen de sentido de la orientación, y eso nunca debe guardar relación con doctrinas sectarias ni maneras de hacer política, gobierne quien gobierne. Crítico tanto a unos como a otros, pero ante los creídos diosecillos bahúnos que hoy se ahogan en su propia suciedad, prefiero defender aquellas causas que no tienen precio: la salud pública y universal, por ejemplo, como derecho inalienable de ser atendidos día y noche mediante facultativos a nuestro servicio. No lo digo yo, la Constitución lo establece en su artículo 43: «Se reconoce el derecho de toda persona a la protección de su salud. De igual manera, los poderes públicos (Estado, Comunidades Autónomas, etc.) deben organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios».

Permitan que, a través de este artículo, haga una mención especial a mi admirado e ilustre amigo, don Juan Domínguez, casareño comprometido con su pueblo y gran defensor de los derechos de sus paisanos.

Pues eso.