Este miércoles 30 de julio se verificó, tal y como sucede el último miércoles de cada mes, el exitoso programa cultural gratuito Noche de Museos. Me decanté por asistir nuevamente al Museo Nacional de Antropología (MNA) ubicado en medio del bosque urbano más antiguo de América, Chapultepec, en Ciudad de México. Sí, en efecto, se trata del magnífico recinto galardonado este año 2025 con el prestigiado Premio Princesa de Asturias a la Concordia. El sugerente programa de esta velada incluía un repaso a la historia de cómo se fraguó y se conformó la Sala Maya y la trama del descubrimiento y significado de la afamada tumba del rey Pakal de Palenque (1952), un monarca cuya esplendorosa máscara original de jade – su data registra unos 1500 años– puede admirarse en la exacta reproducción de su cripta, la última morada instalada en los bajos a manera de catacumba en la citada sala, de acertadísima incorporación en el diseño de este magnificente espacio del referido museo proyectado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
Se nota que es verano y hay vacaciones escolares en términos generales. La fila de entrada ha sido sorprendente. Partía de las puertas acristaladas del edificio extendiéndose por la amplia explanada y formando una "L" invertida que alcanzaba al Paseo de la Reforma y hasta ahí fui a formarme. Avanzó rápidamente poco antes de las siete de la tarde y eran fácilmente localizables los distintos grupos que emprenderían las actividades planificadas en esta edición. El titular que nos conduciría al archivo histórico del sitio y después a la Sala Maya nos convocaba haciendo sonar un prominente caracol de mar, como lo hacían los antiguos mesoamericanos. Una originalidad notable. Ecos del México antiguo.
La interesante sesión ha enfatizado la importancia que posee un sitio de esa envergadura para la acumulación de patrimonio cultural, pero que igual sirve para su conservación, la restauración, su clasificación e, incluso, es una instancia para la recuperación de piezas de allí donde haya que lidiar por su retorno al seno patrio. Cuán importante resulta contar con lo idóneo, mientras avanza la ciencia.
Tener la formidable ocasión de ahondar en la evolución de una sala en un museo determinado conlleva acrecentar el interés y su valía. Y con mayor razón, tratándose de una de las más llamativas del lugar. Es una de sus más elocuentes y valiosas galerías y ameritaba dedicarle tiempo. Coincide tal oportunidad en este año con el bicentenario del establecimiento del Museo Nacional –allí en Antropología, se ha montado una exposición temporal alusiva en su vestíbulo– y de allí se desprende cómo fueron integrándose los inestimables ejemplares provenientes de las espesas selvas del sureste mexicano, su estudio, la catalogación, mientras se enunciaban nombres preclaros de la arqueología mexicana –Gamio, Ruz, Piña Chan, Felipe Solís, Dávalos Hurtado y tantos– quienes unos a otros impulsaron el conocimiento de los pueblos antiguos y traspasaron su ingente labor a las siguientes generaciones, mejorando la interpretación y la necesaria relectura de lo sabido y los nuevos descubrimientos que arrojan luz sobre la siempre fascinante y sorprendente herencia maya.
Bajo la dirección de la historiadora Ana Luisa Madrigal Limón, encargada del Archivo Histórico del MNA, fuimos guiados por los historiadores Signany Zaraith Terrón Reyes y Eduardo Galván Gutiérrez, técnico de control y manejo de colecciones del MNA –a quienes reconozco y agradezco sus atenciones– mostrándonos valiosos componentes del archivo histórico del Museo, referentes a esta cultura y a cómo se fue materializando tanto la consolidación de la idea de edificar un nuevo Museo Nacional de Antropología, así cómo el proceso de establecer y nutrir la Sala Maya, ya fuera en la antigua sede de la calle de Moneda, como en el prominente asiento de Chapultepec que nos albergó. Después, pasamos al auditorio subterráneo contiguo a la cripta de Pakal, a la cual conecta con un pasadizo, en la denotada sección maya, que, no obstante carecer de triforio como otras salas sí cuentan con ello, posee un cuadro de Leonora Carrington que compensa. Allí, el curador de esa sección museística, el egregio arqueólogo Daniel Juárez Cossío, con gala de humor explayó una loable capacidad fenomenal para adentrarnos en los entresijos de una civilización de la que falta tanto por descubrirle y de lo existente nos habló en un lenguaje cercano que, sin duda alguna, nos familiariza con lo desencriptado e invita a recorrer el mundo maya.
Pakal, como eje de su docta y sencilla disertación, por mediación del ponente, nos dejó comprender al gobernante señor de Palenque exaltado en la piedra preservando así su memoria, trascendiendo; visto como aquel cuya insigne estirpe lo dotó de la fuerza y de la legitimidad con las cuales ascendió el trono y defendió su tierra frente a las rivalidades bélicas acaecidas entre Tikal y Calakmul; y nos legó con su postrimera tumba, una visión muy puntual del significado del estadista maya poderoso, heroico y sustancial legando su impronta en su cámara mortuoria y en el devenir de su pueblo.
Ha sido una muy grata y edificante experiencia regresar a esas horas a tan esplendente emplazamiento de apodíctica relevancia, que en esa lluviosa ocasión – tan propia de nuestro verano en el centro de México, entremezclando frescor con bochorno– aporta una magnífica estampa con sus 24 estancias iluminadas ex profeso y destacando los enormes ventanales que las revisten, barruntando a través de tales las siluetas de la sotafronda del bosque de Chapultepec. De noche, las piezas exhibidas cobran otro cariz, despiden otras sensaciones, mudan su esencia o, acaso, la revelan a los profanos; adelantan, nos alertan resonancias de tiempos muy remotos y que la nocturnidad dota de misterio renovado y de nuevas interpretaciones y significados. Quisicosas de la arqueología y de sus sugerentes enigmas entreverados en la magia propia del local que nos recibe a deshoras.
El momento resultó idóneo para robustecer el sentimiento y la necesidad de visitar Palenque, localizado en Chiapas y regodearnos en su interesantísimo y ancestral legado. No se lo pierda. Y nuestro querido y sexagenario Museo Nacional de Antropología refrenda su vocación de centinela imperecedero de la heredad cultural de México con estas acciones difusoras, pábulo de su existencia. Enhorabuena.