Me he enterado de la muerte del escritor Xuan Bello en mi propio Paniceiros. No en el suyo, en Tineo, Asturias, sino en el mío, una aldea del concejo de Quirós donde mi mundo cotidiano parece una broma lejana. Aquí me ha pillado la noticia, sin cobertura, con los perros ladrando a las sombras, mientras el cielo de julio se arruga como una carta no enviada. Y no es casual. Si algo me enseñó Historia universal de Paniceiros es que los lugares más pequeños contienen todas las historias del mundo. Desde que leí aquel libro, con su erudición melancólica, con su ternura por lo ínfimo, con la grandeza que, en realidad, tienen las historias pequeñas, no volví a mirar igual este rincón de las Ubiñas al que me escapo cuando necesito apartarme del ruido.
No me gusta escribir esto. Son las ocho de la tarde y me han dado las buenas noches y el hasta mañana. En los pueblos se saluda por adelantado, como si intuyeran que el día puede apagarse en cualquier momento, como le ha sucedido a Bello. A esa misma hora he llegado hoy desde la fuente de San Pelayo, una fuente pequeña, un chorrito de agua perdido en los montes e insignificante, que no visitaba desde la infancia y poco después coroné el pico La Oxa, al que no me dejaban subir de niño. Mi abuela decía que era monte de osos y lobos y así, de una forma sencilla, limitaba el radio de acción de mi Motoretta GAC. Hoy lo he subido solo, sin cobertura, sin decírselo a nadie; como se suben los montes que también son metáforas.
Me he sentido mínimo, sí. Como una nota al pie en la montaña. Como una errata en el mapa. Pero no insignificante: en este mínimo paraíso, sin internet ni ruta marcada, uno es por fin tremendamente humano. Por eso quise desaparecer aquí unos días, salir del agobio de la ciudad, olvidar los correos, dejar de ser urgente. Tal vez por eso me afecta tanto la muerte de Xuan. Porque él no era solo un escritor; era un conjurador de lo íntimo, de lo cercano, de lo rural. Con él aprendimos que los pueblos no están en el margen de la historia, sino en su nervio central. Que lo rural no es pasado, sino otra forma del tiempo. Que escribir sobre el lavadero o el cementerio no es nostalgia, sino arqueología del alma.
“La muerte llega siempre en mitad de algo”, escribió Cernuda. Nos sorprende escribiendo una carta, pelando una manzana, bajando al bar o, como ahora, sentado en un hórreo en el que hace un par de décadas apenas cabíamos. Hoy he brindado en él con una cerveza en la mano yo solo. Algunos de los que me acompañaban han fallecido, como Xuan, demasiado jóvenes. Otros tienen sus casas comidas por la maleza. Otros tantos no sienten en este lugar la magia que a mí me transmite. Llevo veinte años pensando en la novela que hay en este pequeño pueblo, y que algún día habría que escribir tal y como hizo Xuan con su aldea de Tineo.
Hoy, al llegar al alto, he pensado en él. En cómo habría descrito estas nubes, esta luz ya vencida. En lo que habría escrito sobre las abuelas que no dejaban subir montañas por miedo a que nos perdiéramos. Lo que no sabían es que, a veces, perderse es lo único necesario.
Y tal vez eso hizo Xuan Bello con su obra; ayudarnos a perdernos mejor. A entender que en lo pequeño hay literatura. A entender que lo más universal nace de lo más local, y que ningún lugar es invisible si alguien lo nombra con ternura.
Desde mi Paniceiros particular, este abrazo.
Hasta siempre, Xuan.