Por una columna de Ramón Pérez Maura en EL DEBATE me enteré de que el periodista Antonio Caño había publicado la monografía histórica El Monstruo Español, en que narra con ciertos prejuicios, ya muy antiguos y rancios, la historia de la independencia de Guinea y los años en el poder de invicto caudillo Francisco Macías Nguema, antiguo consejero de Obras Públicas en la etapa colonial, que habiendo alcanzado el poder en septiembre de 1968 como un demócrata respetuoso en una campaña limpia, sin insultar jamás a sus tres contrincantes, Bonifacio Ondó, el hombre de Carrero Blanco, Atanasio Ndongo, el hombre de Fernando María Castiella, y Edmundo Bosio, acabó siendo un dictador terrible tras escapar de un intento de golpe de Estado orquestado por sus enemigos desde el despacho de Fernando María Castiella. A pesar de sus prejuicios antitrevijanistas – y el maestro Antonio García-Trevijano ya no se puede defender, saliendo este libro años después de su muerte -, el libro tiene un gran interés en cuanto que narra hechos históricos ciertos que los españoles deberíamos conocer, los describe desde una perspectiva personal – todo historiador fracasa en el intento bienintencionado de neutralizar su corazón – y de acuerdo a su pensamiento y biografía expone sus conclusiones, que son básicamente las mismas que las de Enrique Mújica hace más de cuarenta años. Me parece un libro bueno si se prescinde de la tácita intención de hacer de aquel monstruo español una construcción del “maquiavélico” abogado Antonio García-Trevijano, que en su día dejó muy clara cuál fue su participación en la independencia de Guinea Ecuatorial ( vid. Toda la verdad. Mi intervención en Guinea ). Es curioso que tanto los periodistas de izquierdas como los de derechas coincidan en tener un sentimiento incómodo ante el espíritu libre y no lacayo del político granadino. Para empezar no es totalmente cierto que mi amigo Antonio proviniese de una familia republicana, cuando el propio Alfonso XIII se alojó en la casa familiar de las Alpujarras con Romanones para asistir al entierro de su abuelo. García-Trevijano se trataba con Don Juan, padre de Don Juan Carlos I, desde la confianza natural que le otorgaba el conocimiento mutuo. Nunca fue un parvenu ni tampoco un lacayo. Y eso lo ha diferenciado con casi todos los demás políticos y periodistas heridos de plebeyez moral que han levantado este limpísimo régimen que nos cobija.
Este libro de Antonio Caño deja clara una verdad; el triunfo de la independencia guineana a través de su primer presidente fue todo él una hazaña generosa del abogado granadino, fundador en 1974 de la Junta Democrática, la primera agrupación de partidos y sindicatos que logró reunir a representantes de todas las tendencias políticas, desde comunistas a monárquicos, en oposición a la dictadura, como reconoce el propio autor. Antonio García-Trevijano fue asimismo una especie de Alexander Hamilton de la naciente pequeña república ecuatoguineana. Por indicación de Trevijano se creó el Instituto de Fomento de Guinea Ecuatorial, fue artífice del diseño y creación del Banco Central de Guinea Ecuatorial, así como de la moneda nacional, y frente a la Constitución que Castiella mandó elaborar a un entonces joven abogado, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Trevijano elaboró una constitución democrática, pero con elementos étnicos, fundamentada en las grandes virtudes de la antropología ecuatoguineana, desde una perspectiva emic, como la hospitalidad y la fraternidad. Lo que daba a su borrador constitucional una visión no eurocéntrica y respetuosa con la cultura africana de la nueva república. Gran parte de la estructura del Estado ecuatoguineano fue diseñado por García-Trevijano, legislando sobre las cooperativas que habían nacido sobre los escombros del modelo colonial y visitando la sede de Nestlé, en Suiza, el mayor comprador de cacao del mundo, y, finalmente, no es responsable del perfil de todos aquellos que han pilotado nuestra ex colonia. En mi libro Recuerdos de Trevijano narro la noche en que durante la fiesta anual que Ansón organizaba en las dependencias de La Razón, y a las que acudíamos los colaboradores de entonces, Luis María había preparado una grata sorpresa a García-Trevijano al llevarle a una salita en donde lo esperaban alegres y expectantes varios líderes de la oposición ecuatoguineana. Allí le mostraron un cariño inmenso, abrazándole personas ya muy mayores con lágrimas en los ojos por la emoción y atacando el indecente Dosier antitrevijano que había en su día pergeñado el PSOE, a fin de quitarle de la dirección política de la Platajunta, que pugnaba por la ruptura, y así poder desactivarse a la misma, y optar por la reforma pilotada por los políticos anhelosos de pisar las mullidas alfombras del poder, y de ese modo llegar a esta ubicua corrupción que nos ahoga. Los líderes de la oposición manifestaron aquella noche que “Guinea Ecuatorial jamás sería el perro que mordería la mano de su verdadero libertador”. La verdad es que me emocionó oír llamar a mi amigo “nuestro libertador” por parte de seis viejos guineanos muy entrañables. También me conmovió el hecho de saber por ellos que “miles de guineanas” habían puesto de nombre a sus hijos el nombre de aquel libertador, verdadero hacedor de la nueva nación africana, pues que Antonio García-Trevijano había sido el epónimo de su verdadera independencia. Respecto al falso enriquecimiento de Trevijano por su amistad y apoyo al primer Macías aquellos mismos guineanos, amigos de Severo Moto, sostuvieron que la independencia de Guinea a Antonio sólo le había traído gastos, al alojar con su propio dinero en los hoteles de la capital de España a todos los líderes independentistas integrados en la Conferencia Constitucional, y después al apoyar a Macías con cincuenta millones de pesetas en su triunfante campaña electoral, lo que significó la devastación de la fortuna cosechada en su época de notario.
Por otra parte, tiene también su lógica que el presidente Macías, que no había sido el candidato del régimen de Franco, se enturbiase en seguida cuando tras la independencia la metrópoli no sólo no cumplió con ninguno de sus compromisos económicos – 712 millones de pesetas hasta el 31 de diciembre de 1969 para el pago de los principales servicios de Guinea, y luego un crédito importante en dólares, que impidió Carrero Blanco que se efectuase -, sino que también los propietarios españoles en Guinea, como método para acabar con el gobierno guineano libre, asfixiándolo económicamente, habían sacado la mayor parte de su dinero del país; tres mil millones de pesetas de la época. Para colmo España estuvo detrás del intento de golpe de Atanasio Ndongo y Saturnino Ibongo, que buscaba la defenestración y muerte del presidente. Todos los médicos en Guinea eran españoles, y todos se fueron, dejando los hospitales en manos inexpertas. También se fueron los ingenieros. Para colmo los claretianos, responsables de la educación en la colonia, también se volvieron a España. Sólo el español Trevijano se mantuvo como padrino de la nueva nación africana, y ello explica que el alma de Macías se llenase de suspicacia y rencor cuando la traición había festoneado el arranque mismo de su presidencia, ganada limpiamente en las urnas. Quizás los dictadores no sólo nazcan, sino que también circunstancias extremas los hagan. Y aunque Trevijano recibiese en el otoño de 1969 la Gran Cruz de Caballero de la Orden de la Independencia, Orden de Caballería que nació con él, ninguno de sus consejos tuvo que ver con los crímenes que Macías perpetrase. Me consta. Y es una pena que este libro salga ya sin don Antonio.