Opinión

Mi familia, los córvidos y otros animales

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Sábado 02 de agosto de 2025

La tercera semana de julio la pasamos en Luanco, capital del concejo asturiano de Gozón. Una villa marinera de cuento, con su iglesia y sus casitas repartidas a la orilla. Parecía talmente la imagen de un Belén navideño. Alquilamos un piso no muy lejos de la playa de Santa Marina, desde cuyas habitaciones podíamos escuchar los sonidos de las incontables gaviotas que sobrevolaban las casas. Alguna de ellas debió de anidar en nuestro tejado o en uno cercano y tuvo polluelos, pues una mañana nos encontramos con una cría caída en el patio de luces de la casa. Nuestras ventanas daban al suelo de este patio y no era difícil acceder a él, cosa que hicimos en cuanto vimos que el pobre polluelo no emitía sonido alguno ni lograba echar a volar, a pesar de sus intentos. Ante nuestro desconocimiento sobre el cuidado de aves de este tipo y envergadura —quien esto escribe tuvo un canario tiempo ha, pero no se puede comparar—, optamos por empezar a darle pan mojado en agua, que la criatura comenzó a tomar con mucho gusto. No obstante, éramos conscientes de que había que hacer algo más, que aquella medida iba a ser a todas luces insuficiente. Conseguimos capturarla con una toalla y llevarla hasta la terraza, donde había un tejado de uralita que quedaba un poco más abajo. Allí la soltamos, pensando que al disponer de mucho más espacio lograría darse sus carreras, agitar bien las alas y lograr volar, como los aviones de un aeropuerto. También empezamos a cocerle huevos y a darle lonchas de jamón de york en pequeñas porciones. Lo que iban a ser unas vacaciones de descanso se convirtieron, con el culebrón de la gaviotilla, en una constante atención hacia este hijo postizo que nos había salido y al que incluso pusimos nombre: Crispín. Nos preocupaba que otras gaviotas le atacaran —tenía heridas en la cabeza y no sabíamos a qué se debían— o que cogiese un catarro o “gripe aviar” —algunas noches llovía—. Tras llamar a la guardia civil y al Seprona, nos dijeron que poco podían hacer al tratarse de un inmueble privado y no ser una especie protegida.

Fue entonces cuando decidimos escribir a una persona muy especial, a la que conocíamos y seguíamos como personaje público: mi tocayo Javier Otero. Este vilagarciano nos conquistó ya desde el primer vídeo que vimos de él en Instagram, donde echaba una simpática reprimenda a Pinki, un perrito que callejeaba buscando aventuras y al que tenía que mandar de camino a su casa. Además de Pinki, Otero tiene otros perros como Anubis, de mayor tamaño y que siempre le acompaña en sus paseos por el campo. Poco a poco, fuimos conociendo a su familia, tan especial, conformada por otros animales, cada uno con su nombre tan único —como está mandado—. Su cuenta en la mencionada red social se denomina precisamente “anubis.dimitri”, aludiendo no solo a este perro lobo sino también a un córvido al que de vez en cuando echa a volar en lugares amplios, con la seguridad de que siempre volverá a su hombro de pirata bondadoso. Otero se encarga de recoger a otros pájaros abandonados a su suerte y los cuida y alimenta hasta que puedan valerse por sí mismos. Entonces los libera, con todo su pesar, ya que es ley de vida, como él mismo dice. Además de este cuervo, hay otro al que cariñosamente llama “pollito”, pero también surgen otras estrellas invitadas como gorriones e incluso gaviotas.

Ese amor y desvelo por los animales hacen de Otero uno de los influencers más humanos y necesarios. Su labor es encomiable y digna de ejemplo. Como reza la máxima de su perfil: “Que la vida te trate como tratas a los animales”. Y es que muchas personas deberían de aprender de la forma de ser de ellos, no Otero, que es sin duda la excepción que confirma esa frase de “el hombre es un lobo para el hombre” —¡qué no será para los propios lobos como animales!—.

Como no podía ser de otra manera, Otero contestó a nuestros mensajes, pidiéndole consejo sobre los cuidados a dar a Crispín. Gracias a él pudimos nutrirle y tratarle más adecuadamente, logrando una adecuada supervivencia. No obstante, el frágil tejado sobre el que el animalito se encontraba se hallaba muy resquebrajado y los vecinos que nos veían interactuar con el pájaro, nos recomendaron no bajar para no poner en peligro nuestra integridad. De haber podido lo habríamos llevado a la playa, como finalmente nos recomendó Otero. Mi pareja ya bajó una vez y casi no puede volver a subir.

A nuestra vuelta, informamos de la presencia del ave a quien se iba a hacer cargo de la casa, que gracias a tener a un amigo en el ayuntamiento pudo asegurar la recogida y un final feliz para la gaviota.