Opinión

Escenas que adornan el verano (IV)

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 03 de agosto de 2025

El trapecio del sol en una de las esquinas de la plaza del Dos de Mayo. La tarde de finales de julio que atrajo hacia sí la caravana social que era una mezcla de chatarrería y altos vuelos haciéndose pasar por alternativos si uno echaba un vistazo a las terrazas y a los asientos de piedra, más despejados de lo habitual, rodeando las estatuas de Daoiz y Velarde, pero con sus secundarios de lujo. Dos chicos grabando las recomendaciones culinarias para las redes sociales de alguno de los locales de las calles aledañas. Varios ciclistas, en nada parecidos a la imagen que uno puede hacerse cuando lee o escucha la palabra ciclistas, portando a hombros las respectivas bicis, todos vestidos con ropas negras y muchos tatuajes sobre cualquier trapecio de sus pieles descubiertas, pero no tocadas por el sol en bastante tiempo. ‘Joder, están los mismos de siempre’, dijo el cabecilla. Seguramente se sentaron a esperar al señor o señora con el carrito lleno de latas de cerveza, pues estaban pálidos, pero las venas estalladas en sus mejillas indicaban otros deportes.

Caminando por el barrio y las aceras famélicas de sombra, recordé la lectura agonizante y obsesiva de Thomas Bernhard, por su último título traducido gracias a Virginia Maza. Andar es su novela más corta y la que más maniática se muestra ante el lector, que se acopla a la espiral de conversación que patea arriba y abajo no sabemos qué espacio exactamente, pero no deja que nos separemos ni un momento de los tres protagonistas: el narrador que recibe la historia, el que acompaña al narrador contándole la historia y el amigo que enloqueció y ya no puede acompañar al que ahora acompaña al narrador que recibe la historia. Lo que tiene pinta de colapsar pronto se vuelve un portentoso paseo en el que uno no puede despegarse lo más mínimo de las ideas y salidas y vueltas al tema principal: la capacidad definitoria que tiene la acción de andar respecto a quienes somos, respecto a la locura de la que somos capaces y la altura de la inteligencia, con la hermosura que dan sus vistas y el vértigo de la caída inevitable. ‘Si observamos con atención a uno que anda, también sabemos cómo piensa. [...] Si observamos durante mucho tiempo y con suma atención a uno que anda, poco a poco llegamos a conocer su pensamiento, la estructura de su pensar, […] En el fondo, la ciencia del andar y la ciencia del pensar son una única ciencia’.

Siguiendo ese camino, por otras calles cercanas al barrio, los recientes encuentros con El Nieto del Gran Actor. Los llamo encuentros pero no son más que cruces. Nos conocimos por un amigo escritor en común hace más de un año y medio, casi dos, pero no se acordará de ello o no querrá. Va deprisa, va siempre arreglado acorde a su imagen de ser el Nieto del Gran Actor. Este último cruce o encuentro lo iba menos. Vestía un extraño conjunto entre chándal de lujo y atuendo veraniego de tonos salmón y rosa desvaídos. Sus pómulos tenían ese color. Sus ojos y su peinado cargaban con el apellido y la herencia que en absoluto sabrá llevar ni corresponder a la importancia que dejó su abuelo. Pero le favorece ser la rama crujiente y minada de su árbol genealógico. Siempre vienen bien a cualquier narrativa los herederos locos con ínfulas literarias. ¿Saldrá para escribir mejor su novela? Si leyese Andar, ¿se vería más identificado con el narrador, con el que lo acompaña o el amigo que colapsa?