De ahí, el empeño de Sánchez en prolongar la legislatura, a pesar de ser incapaz de legislar y de no poder aprobar siquiera unos presupuestos. A este paso, culminaría la legislatura con las mismas cuentas que cuando empezó en 2023. Y ese es el motivo principal de llegar hasta 2027 atrincherado en La Moncloa. Pretende ganar tiempo para zafarse de los muchos casos de corrupción que le acechan, incluido su propio horizonte judicial. Pues de otro modo, el batacazo en las urnas sería histórico.
No lo va a tener fácil, lo cual le hace más peligroso. El fiscal general del Estado se va a sentar en el banquillo de los acusados antes de que termine el año. Cerdán y Ábalos, sus hasta hace poco manos derechas, llevan el mismo camino y la ley Bolaños que podría cambiar el tercio se atasca por falta de apoyos. Y ese es el motivo de su determinación de complacer a Puigdemont en todas sus exigencias (independencia fiscal, amnistía real y referéndum de autodeterminación) con la ayuda de Zapatero, quien precisamente se desplazará a La Mareta para urdir con el presidente el plan que pueda sacarle del atolladero. Un plan letal para la democracia y la Constitución.
Sánchez está dispuesto a amarrase más que nunca a su manual de resistencia. Y ese plan pasa por aniquilar la separación de poderes y, por tanto, la propia democracia. Y como decíamos, ahora más que nunca, es un auténtico peligro para el Estado de Derecho pues intentará redoblar sus prácticas autocráticas para atenazar a los magistrados que instruyen las muchas causas que le acechan. Y para esa operación, nadie mejor que Zapatero, un experto en impulsar el radicalismo político para poner en marcha la operación de acoso y derribo de la democracia española. Pues ya conoce las tretas empleadas por la dictadura comunista venezolana para permanecer en el poder después de perder las elecciones.