Apenas se había cumplido mes y medio de la boda entre Catalina de Bora y Martín Lutero, suceso estupefactante para la Iglesia, pues ambos eran, sobre proclamados herejes, monjes exclaustrados, partía de La Coruña la flota —ni más ni menos que siete naos— bajo el mando de quien también se le titulaba freyre por profeso caballero de Malta, García Jofre de Loaysa. Esta expedición llevaba dos grandes cometidos: asentar plaza en las Molucas —entonces posesión portuguesa— y, entretanto, averiguar qué había sido —y en su caso, rescatar— a los tripulantes de la Trinidad; aquel otro barco que partiera, tres años antes y a la par que la Victoria de Elcano, de Tidore, bajo el mando de Gómez de Espinosa, pero con rumbo inverso; es decir, desde poniente a levante para arribar, sobre el extensísimo Pacífico, a las costas mejicanas. Por lo demás, la salida de esta escuadra de La Coruña supuso tal acontecimiento en la ciudad y en la corte imperial que hasta se pensó en abrir allí nueva y exclusiva Casa de Contratación para el pingüe comercio de las especias.
Y aunque supongo que habrán tenido ya noticias por la prensa, pues hace unos quince días se celebró su quingentésimo aniversario, no me he resistido a dejarles estas líneas por lo hazañoso de la aventura y, sobre todo, por los personajes enrolados en la misma, que, cuanto menos, son señeros jalones de nuestra historia. Por lo pronto; mencionaré a Juan Sebastián Elcano, vero conocedor de los mares del viaje, quien, contra toda prudencia, no era el almirante sino solo el capitán de la Sancti Spiritus. Y no es que Loaysa fuese un estafermo puesto al gobierno por su pariente fray Francisco García de Loaysa, confesor de Carlos I y presidente del Consejo de Indias; al contrario, contaba con una muy conveniente experiencia diplomática para pactar con los aborígenes y los comandantes lusitanos, adquirida durante sus embajadas ante la Sublime Puerta, en Estambul. Pero aun así, la travesía era ignota, dado que constituía la segunda navegación por aquel derrotero. Y para muestra lo sucedido: apenas embocaron el estrecho de Magallanes, la Sancti Spiritus se desbarató contra los farallones. Visto el tamaño de los tumbazones antárticos, la Anunciada desertó rumbo al cabo de Buena Esperanza y jamás se supo de ella; mientras la San Gabriel, más cauta, giró de bordo y para España. Así que de siete, quedaron cuatro navíos ante el Pacífico, cuando una nueva tormenta los dispersó: de la San Lesmes perdióse todo rastro; en cambio, la Santa María del Parral, aunque desgajada, afirmó su propósito y arribó a las islas Célebes, donde sus tripulantes fueron esclavizados, y en cuanto al patache Santiago, en cabotaje andino, ascendió hasta la Nueva España; total, que tras aquel turbión, la Santa María de la Victoria, la capitana, se halló absolutamente desmerecida; y más al mes siguiente, cuando el 30 de julio moría en su cámara Loaysa, y a las cinco jornadas, su sucesor en el mando, Juan Sebastián Elcano.
Tal que bajo un capitán de improviso, el contador Martín Íñiguez de Carquizano, llegó a las Molucas el 29 de octubre de 1526 —tras un año, tres meses y cuatro días de navegación—, con ciento cinco hombres, entre los que se hallaba el grumete Andrés de Urdaneta. Les aguardaba por delante una década de pugna con los portugueses, porque, en efecto, lograron alzar fuerte y bojear el archipiélago de la especiería, y todavía más allá cuando apareció, desde Zihuatanejo, al norte de Acapulco, la Florida, al mando de Saavedra Cerón, quien tentará en dos ocasiones el tornaviaje, por Nueva Guinea al sur y por el norte hasta Cipango, para dejar de estos conatos una enjundiosa relación que servirá años después a Urdaneta.
Este mozo con su último capitán en las Molucas, Hernando de la Torre, pisó al cabo Castilla en junio 1536, huidos de Lisboa, donde Urdaneta fue despojado de toda su valiosa documentación, pero en absoluto de la memoria. Con su minucioso recordar rehízo lo vivido y sabido durante aquellos diez años ante el Consejo de Indias; luego, recibió compensación acorde y hasta licencia para retornar a América. Ya en la Nueva España, ofició como capitán y corregidor hasta 1553, cuando con cuarenta y cinco años se enclaustró como agustino en el cenobio de México. De allí saldría, dos lustros después, por real orden para servir, como reconocido peritador de las geografías australes, de cosmógrafo en la expedición de López de Legazpi, cuyo objetivo era afirmar el aposento de las Filipinas. Y allí arribaron el 13 de febrero de 1565. Aunque llegado el 1 de junio, Urdaneta acometió el segundo mandato de la empresa, donde habían fracasado tanto la Trinidad como la Florida de Saavedra. Y zarpó de Cebú con la San Pedro rumbo norte hasta superar la latitud de Cipango. Allí aguardaba, según sus antiguas noticias aquilatadas durante decenios, que la corriente de Kuro-Shivo lo pusiese a la vista de La California. Así ocurrió en septiembre, y frente a Acapulco, el 8 de octubre; una derrota de apenas cinco meses; asombroso.
Acababa de trazar el tornaviaje del célebre Galeón de Manila, que cambiará la economía de China y de Europa, mientras convertía, durante los dos siglos siguientes, a México en la ciudad donde el derroche y la suntuosidad no conocían parangón en el mundo. Y, a su través, este manojo de proezas que debiéramos evocar cada tanto, aunque fuese por mero orgullo.