La vacuna contra la fiebre amarilla es una de las más eficaces disponibles. Tras una sola dosis, induce una inmunidad protectora duradera contra esta enfermedad viral hemorrágica grave transmitida por mosquitos.
Sin embargo, investigadores y clínicos aún no saben con certeza por qué esta vacuna viva es tan excepcionalmente eficaz.
Ahora y partiendo de que las células presentadoras de antígenos (CPA) son cruciales para la inducción de inmunidad contra la infección viral, un equipo multidisciplinar de científicos de la Universidad de Munich (Alemania) ha analizado la respuesta temprana de las subpoblaciones de CPA en la sangre de 200 voluntarios vacunados sanos.
Como explican en su estudio que aparece en Proceedings, de la National Academy of Sciences, han descubierto que un estado de activación específico de las CPA, inducido por interferones, se asocia con la producción temprana de anticuerpos protectores.
Este equipo, dirigido por la profesora Anne Krug, ha analizado cómo las células inmunitarias especificas (las dendríticas y los monocitos) responden a la vacuna, antes y después de suministrarla.
La profesora Krug es optimista al afirmar que sus hallazgos respaldan el desarrollo de nuevas vacunas que ofrezcan una protección rápida, “por ejemplo, en el contexto de epidemias emergentes”.
En opinión de esta investigadora, se trata “de un modelo único para estudiar la respuesta inmunitaria a una infección aguda por virus ARN en humanos”.
Así, para dilucidar los eventos inmunitarios innatos tempranos que preceden a la rápida generación de inmunidad protectora, realizaron un análisis del transcriptoma de subpoblaciones de células dendríticas (CD) y monocitos de sangre humana antes y 3, 7, 14 y 28 días después de la vacunación.
“Detectamos una sobreexpresión temporal de genes estimulados por IFN (ISG) en todos los subconjuntos de CD y monocitos en los días 3 y 7 después de la vacunación, así como respuestas específicas del tipo celular y cinética de respuesta”, añaden los investigadores.
La secuenciación de ARN de una sola célula reveló la rápida aparición de grupos de CD y monocitos activados dominados por ISG, quimiocinas inflamatorias y genes involucrados en el procesamiento y la presentación de antígenos. Esto se confirmó mediante análisis de citometría de flujo en una gran cohorte de vacunados.
“Identificamos la regulación positiva de SIGLEC1/CD169 como un indicador sensible del estado de activación transitoria inducida por IFN provocado en DC y monocitos por la vacunación con YF17D, que se correlaciona con respuestas tempranas de anticuerpos IgM protectores”, continúan.
“Nuestro estudio proporciona nuevos conocimientos sobre cómo responde el sistema inmunitario a un preparado viral altamente efectivo. Estos hallazgos podrían respaldar el desarrollo de nuevas vacunas que ofrezcan una protección rápida, por ejemplo, en el contexto de epidemias emergentes. Además, SIGLEC-1 puede servir como biomarcador útil en futuros estudios de vacunas”, dice por último la profesora Krug.
Como detallan fuentes de la Comunidad de Madrid, la fiebre amarilla es una
enfermedad producida por un virus endémico de las zonas tropicales de África, América Central y Sudamérica.
Las diferentes especies de mosquitos viven en distintos hábitats. Algunos se crían cerca de las viviendas de zonas urbanas (domésticos), otros en bosques y selvas (salvajes), y algunos en ambos hábitats (semidomésticos), lo que determina los tres tipos de ciclos de transmisión.
Los expertos coinciden en que el periodo de incubación de la fiebre amarilla oscila entre tres y seis días. El color amarillo que se añade a la fiebre, se refiere a la ictericia que afecta a algunas personas infectadas. Los casos pueden ser difíciles de distinguir de otras fiebres hemorrágicas, también virales, como el arenavirus, dengue o hantavirus.
Muchos casos no presentan síntomas. Cuando aparecen, los más frecuentes son: fiebre, dolores musculares (sobre todo de espalda), dolores de cabeza, pérdida de apetito y náuseas o vómitos. En la mayoría de los casos estos síntomas desaparecen después de tres o cuatro días. Pero en un pequeño porcentaje de pacientes, a las 24 horas de la remisión inicial de los síntomas, aparece una segunda fase más tóxica que puede ser mortal.