Opinión

Viaje a Hildegart: apuntes sobre una ópera de cámara

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 07 de agosto de 2025

Ha transcurrido ya un tiempo desde la emoción experimentada en Zamora, tras el estreno de mi primer libreto operístico. Visto ya con distancia y, por tanto con objetividad, escribo estas líneas reflexionando sobre lo que creo que ha supuesto. Una pequeña crónica en torno a una obra muy especial, la ópera de cámara Hildegart, que vio finalmente la luz en el Teatro Ramos de Carrión de Zamora el pasado 26 de julio, dentro del marco del Festival Internacional Little Ópera. Un certamen que cumple ya diez primaveras —o veranos, mejor dicho—, gracias a la tenaz labor de su directora, Conchi Moyano. Dada su calurosa acogida, nuestra Hildegart supuso un hito en el festival. No lo digo yo, lo dicen las crónicas que han ido saliendo publicadas en diversos medios periodísticos. Después hablaremos de ellas.

Como me dijo en su momento mi buen amigo Antonio Daganzo, la búsqueda de sinergias en otras personas afines es algo hermoso y necesario. Llevar a cabo los cometidos que requiere la creación artística exige de aislamiento pero precisa también de interlocutores, que hay que encontrar. Sin esas “amistades ciertas y diáfanas”, uno se puede ver abocado a una soledad que conduzca al solipsismo. Y eso hay que evitarlo como sea. En mi caso, encontré en el maestro Juan Durán un aliado ideal para esta clase de trabajo. Antes de conocerle personalmente, ya admiraba su talento como compositor e intérprete. Le considero el ejemplo de músico ideal para nuestro tiempo, comprometido con el presente y el futuro —su obra posibilita nuevos caminos para la creación musical— a la vez que respetuoso con la tradición. Contar posteriormente con su amistad fortaleció esa admiración, pues a su talento y grandeza se sumaba la cercanía y humildad. Lo que no podía imaginar es que esa relación acabaría cristalizando en colaboración artística.

La primera y grata sorpresa me llegó de la mano de Juan un 20 de enero de 2023, cuando a través de un correo me informaba de la culminación de una partitura compuesta a partir de un texto de mi poemario Ataraxia. Se trataba de una habanera para canto y piano que llevaba por título el del poema: Músicos del metropolitano. Así mismo, me informaba de su futuro estreno dentro del ciclo Notas del ambigú del Teatro de la Zarzuela, interpretada por la mezzosoprano Sandra Ferrández. La acompañó al piano Irene Alfageme, en un concierto que reunió otras piezas del mismo género bajo el lírico título En modo de habanera y que tuvo lugar en el lugar mencionado, el 1 de abril de 2024. Fue una auténtica delicia escuchar la obra de la mano de tan excelentes intérpretes, dentro de un programa que reunía obras de Emiliano Arrieta, Georges Bizet, Federico Chueca, Ernesto Lecuona, Xavier Montsalvatge, Marcos Fernández Barrero y Javier Centeno Martín, entre otros. A estos dos últimos tuve oportunidad de conocerlos en el mismo estreno, conversando con ellos y forjando una amistad que nos acompaña hasta hoy. Del mismo modo, fue un placer entablar conversación y relación estrecha con Alfageme y Ferrández. ¡Quién me iba a decir que Sandra sería protagonista indiscutible de un nuevo y emocionante proyecto musical!

Fue el verano pasado cuando Juan volvió a contactar conmigo, esta vez por vía telefónica, para proponerme un ambicioso proyecto: la creación de una ópera de cámara inspirada en el personaje de Hildegart Rodríguez Carballeira, la joven prodigio española que removió los cimientos de la política, la filosofía, la medicina y la justicia españoles e internacionales durante los años veinte y treinta del pasado siglo, siendo asesinada finalmente por su propia madre —la verdadera gestadora de su talento— cuando contaba con 18 años. Según comentó Juan en el coloquio previo al estreno, la idea de escribir una historia sobre dicha figura fue de su mujer, la intérprete, compositora y musicóloga Margarita Viso, también presente en los actos de Zamora. Durán había iniciado la escritura de esta ópera años antes, si bien debido a desavenencias con el libretista de aquel tiempo acabó desistiendo de culminarla. En su lugar, concibió un impresionante ballet, cuya música fue estrenada —por la Real Filharmonía de Galicia bajo la batuta de Paul Daniel— y registrada, estando en internet a disposición de cualquier persona interesada en oírlo.

La idea de escribir el libreto de esta historia para que Juan le pusiera música me pareció un auténtico regalo caído del cielo. Suponía un reto estimulante que acepté con los ojos cerrados. Era consciente de la dificultad de reducir una historia como aquella a sesenta minutos, sin renunciar a hacerla comprensible al público y a dotarla de un halo poético. A ello había que sumar la reducción de la historia a unos pocos músicos y cantantes. En total, un quinteto de viento y otro de cuerda, piano y percusión, así como cuatro personajes: Hildegart, Aurora, el fiscal y el psiquiatra. Estos dos últimos representaban los puntos de vista de la historia, —uno más conservador y otro más empático, roles acordes con su tesitura de voz— convirtiéndose en narradores —el coro griego tradicional— y, a su vez, espectadores de los hechos, llegando a interactuar con los protagonistas. En ello influyó mucho la ópera La violación de Lucrecia de Benjamin Britten, que pronto tomó Juan como referencia fundamental para la construcción de nuestra historia. A través de un cuaderno, fui anotando como si se tratase de un diario todas las ideas que se me iban ocurriendo, tanto en la descripción de la personalidad de los personajes como en la estética de la puesta en escena, incluyendo referentes pictóricos, cinematográficos, musicales y literarios —libros como el de Carmen Domingo, tan fundamental—. Finalmente, también fui escribiendo las distintas partes del libreto, transcribiéndolas después a ordenador.

A partir de ahí se sucedieron seis meses de trabajo colaborativo intenso y a distancia, pues Juan estaba en Galicia y yo en Madrid. Las tecnologías, bien utilizadas, son una bendición. Con todo ello, no pude encontrarme más cómodo. La sintonía con Juan era absoluta, haciendo uno y otro fácil este proceso creativo que, en otras circunstancias podría haber resultado más complicado de llevar a cabo. Juan iba solicitándome fragmentos del texto, dándome indicaciones sobre cómo se los imaginaba. Con él aprendí cuestiones bien relevantes, como la necesidad de no alargar frases o prescindir de interrogantes en ellas, pues dificultaban la traducción musical. Por otro lado, dados mis conocimientos musicales no me resultó difícil la lectura de las partituras que me iba enviando. A través de un determinado programa que traducía a sonido sintético las distintas voces de los instrumentos, podía uno hacerse idea de un resultado sonoro bastante aproximado. Las voces humanas siguen siendo las más difíciles de emular.

En el ecuador de la escritura, determinamos encontrarnos en Zamora, punto medio entre Galicia y Madrid. En su parador comimos y decidimos la estructura de la obra. En total, diez números con una duración conjunta de poco más de una hora. Una vez terminado el trabajo de ambos, solo quedaba esperar a su materialización. La directora musical Lucía Marín, gran admiradora de la obra de Durán y que ya había dirigido su Cervantina, apostó desde el primer momento por este proyecto y luchó por él promocionándolo aquí y allá para su puesta en marcha. Finalmente, llamó la atención de la mencionada Moyano y lo incluyó en el Festival. Poco a poco fuimos conociendo más detalles, como los nombres de los cuatro intérpretes que encarnarían a los personajes. La soprano Sonia de Munck sería Hildegart; el barítono Javier Franco el fiscal; el tenor César Arrieta el psiquiatra; y nuestra ya citada Sandra Ferrández, Aurora. Alberto Trijueque se encargaría de la dirección de escena e Igone Teso de la plástica escénica. Después llegó el magnífico e impactante cartel diseñado para la ópera, donde se podía advertir en primer plano a ese personaje de Hildegart en cuya superficie se advertía ese jardín florido al que refería su nombre en alemán y, bajo él, toda la podredumbre que ocultaban dichas plantas representativas de la simbólica sabiduría de la joven. Los ensayos se irían sucediendo tanto en Madrid como finalmente en Zamora. En el último, general, ya en el propio teatro con la orquesta, los intérpretes, la escenografía y parte del vestuario, estuve presente junto con Juan. Hasta entonces no había visto prácticamente nada de la puesta en escena o de la estética definitiva, por lo que me moría de ganas de contemplar el resultado definitivo. Cuando lo tuve ante mis ojos, me quedé sin palabras. No se podía haber hecho un mejor aprovechamiento de recursos ni una interpretación más original y respetuosa con la música y el texto. Si lo que Juan y yo habíamos hecho, tal y como nos dijo Trijueque, suponía unos sólidos cimientos, lo que él y Teso llevaron a cabo era nada más y nada menos que una espléndida fachada. Desde el foso de la orquesta, Marín supo poner en pie una partitura compleja coordinando a la perfección a cantantes y orquesta, logrando que cada instrumento sonase en su justa medida, sin que unos no silenciasen a otros. Y, en cuanto a los cantantes, qué decir: a sus melodiosas voces había que sumar su capacidad para la interpretación dramática. En concreto, Sandra inmortalizó a una Aurora plena de matices, de luces y sombras. Eso era precisamente lo que buscábamos: construir un personaje complejo, evitando todo maniqueísmo y logrando que el público pudiese empatizar con él.

Tres horas antes del estreno, se celebró en el Museo Etnográfico de Castilla y León —próximo al teatro— un coloquio coordinado por Maite F. Madrid y en el que participamos Juan, Lucía, Alberto y quien esto escribe, poniendo en contexto al público que decidió asistir al evento. La sala se llenó, contando entre los asistentes con los ya míticos críticos musicales Juan Ángel Vela del Campo y Arturo Reverter, así como la prestigiosa soprano Cristina Gallardo.

Durante la representación, el público mantuvo un respetuoso silencio y demostró constante atención sobre todo lo que acontecía en escena. Al concluir la función, los espectadores se levantaron de sus butacas y estuvieron aplaudiendo durante seis minutos. El elenco hubo de salir cinco veces a saludar. Posteriormente, algunos titulares confirmaban la buena recepción de la obra. Agustín Achúcarro en Ópera actual afirmaba: “El Festival Little Ópera de Zamora se ha apuntado un tanto con el estreno absoluto de la ópera de cámara Hildegart”. En La Razón, Arturo Reverter hablaba de cómo dicha ópera “trata de penetrar de forma directa, clara, precisa y elocuente en un hecho histórico, de compleja naturaleza, de ecos a veces contradictorios, de pasiones humanas indescriptibles”. Roberto Relova en El Diario de Pontevedra afirma: “Juan Durán convulsiona la ópera contemporánea con el estreno de Hildegart”. En La voz de Galicia, Hugo Álvarez Domínguez titula: “La ópera gallega ‘Hildegart’ triunfa en su estreno en Zamora”. Lucía Perea Leonés, en Zamora News: “Retrato de una tragedia, ‘Hildegart’ emociona en Zamora”. Miguel Ángel Pérez Martín en Doce Notas habla de un “gran elenco de creadores” y de una “confluencia” o “alineación de astros” que consigue “un resultado importante”, cuyo “espectáculo ejemplar” desea que se repita en más lugares de la geografía.

Como Pérez Martín, nosotros también lo esperamos, pues por su naturaleza Hildegart debe volar alto y conquistar los escenarios españoles. Y si no, tiempo al tiempo.