Opinión

Un poema de Ricardo Reis

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 10 de agosto de 2025

‘No tengas nada en las manos/ ni una memoria en el alma,/ que cuando un día en tus manos/ pongan el óbolo último,/ cuando las manos te abran/ nada se te caiga de ellas./ ¿Qué trono te quieren dar que Átropos no te lo quite?/ ¿Qué laurel que no se mustie/ en los arbitrios de Minos?/ ¿Qué horas que no te conviertan/ en la estatura de sombra/ que serás cuando de noche,/ estés al fin del camino?/ Coge las flores, mas déjalas/ caer, apenas miradas./ Al sol siéntate. Y abdica/ para ser rey de ti mismo’.

La traducción de Ángel Crespo de uno de los poemas del que puede ser el heterónimo más feliz de cuantos tiene Pessoa, y entendiendo feliz como uno que, pese a las obsesiones, cada uno con las suyas, no busca maltratarse con ellas sino describirlas por el afán de compartir algo que resulta irremediablemente bello. Latinista y monárquico, exiliado en su final incierto, pero más importante y destacable por su bucolismo, sus irradiaciones breves en forma de poesías dedicadas a su amada Lídia y las pinceladas epicúreas y estoicas y contemplativas, esto último indispensable y sí, felizmente coincidiendo con los primeros días de agosto que traen la detención de las actividades. La detención y el detenimiento. La modorra del curso anual. Los primeros avisos de la preparación ante el final del verano.

Pero no hay que adelantar los acontecimientos. Madrid se ha vaciado y las obras llegan hasta lo más profundo en distintos puntos de la capital, hozando como jabalíes mientras el calor del asfalto caldea las calles desiertas hasta que se puede volver a salir. Quedan verbenas y fiestas. Queda mucha gente y otra vuelve porque sienten que no quieren relegar la ciudad a un mero escenario laboral. No lo es, por suerte, por mucho que se empeñen en estropearlo quienes están al mando.

Repetir la visita a determinados lugares cuando se encuentran en un estado de latencia, da la posibilidad de recrearse y ensayar una mentira benigna que nos sitúe en ellos como venidos por primera vez, como si recién hubiéramos encontrado esa terraza de cuatro o cinco mesas, pero muy codiciadas, calientes los respaldos y los asientos y de espaldas al parque y a la cuesta y al viaducto. El Pandora se presta a acoger esas ensoñaciones desde su interior también, recién abierto, con los ventiladores haciendo las veces del señuelo trasnochado de las velas a lo largo del año, y todavía encendiéndose, pero lo majestuoso se debe a la puesta de sol, haciendo cobrizas las paredes de por sí oscuras y recortando la terraza y los olmos y los muretes del parque y su arboleda frente a la caída en la que uno, apenas mirándola de refilón, se deja caer. Se van recortando nuestros perfiles para convertirnos en estaturas de esas sombras. Sentados delante del sol, abdicados con la ronda de dobles recién traída. Reyes de nosotros mismos, cosa que es bastante dudable, pero sí con el puñado en las manos que hará el recuerdo, aunque se pierda al contarlo cuando estas se abran.