En los Jardines del Generalife, bajo el manto estrellado de la noche granadina y sus desmontes, Manuel Liñán ha desplegado su última creación, Llámame Lorca, para inaugurar con fuerza la XXIV edición del ciclo Lorca y Granada. La visión ensombrecida y dramática del paisaje y el paisanaje andaluz del poeta, que culmina en su propia muerte con el asesinato en una cuneta, encuentra aquí una nueva forma de fundir paisaje, clima, sentimiento. Este espectáculo no es solo un homenaje al poeta de Fuentevaqueros, sino una inmersión visceral en su universo, un collage de emociones, símbolos y sonidos que laten al compás de la soleá y la saeta. Liñán, bailaor y coreógrafo de estirpe, Premio Nacional de Danza 2017, se erige como un médium que canaliza a Federico García Lorca en cada zapateado, en cada giro, en cada silencio que corta el aire como un cuchillo lorquiano. Pero pone en escena, efectivamente, su Lorca, porque este espectáculo es una lectura propia –que nadie se espere un Yerma musical o La casa de Bernarda Alba aflamencada–.
Desde el arranque, Llámame Lorca se presenta como una epopeya flamenca, un lienzo vivo donde se pinta la luna, el ojo, la sangre y el deseo reprimido del poeta. La escenografía, diseñada por Susana Blanco y el propio Liñán, arranca con un muro blanquísimo que se transforma en un grito plástico cuando José Maldonado dibuja en escena los motivos lorquianos: la luna, un balazo, la muerte. Es un acto de creación en tiempo real que fusiona pintura y baile, evocando al Lorca artista total, el que soñaba en colores y versos. El llanto de las guitarras también convocan mientras tanto las últimas destrucciones de la juerga flamenca, como un ritornello dramático del propio ciclo lorquiano, apoyado en la memoria y en la reiteración, como un gran poema elegíaco dedicado a la muerte del vate. Pero aquí el luto casi no se nota o se hace imperceptible a favor de la fiesta, de la celebración, como si estuviese aún vivo.
El elenco, un mosaico de talentos granadinos y foráneos, es el alma de esta obra. Liñán, faro indiscutible, brilla con junto a ocho bailaoras –Irene Morales, Irene Rueda, Susana Sánchez, Rocío Montoya, Cristina Soler, Cristina Aguilera, Noelia Calvo y Anabel Moreno–, que tejen una coreografía coral que respira Granada por cada poro, entre la tradición y la vanguardia con una precisión que corta el aliento. Raquel Heredia ‘La Repompa’ aporta un duende terrenal, mientras que José Maldonado encarna con Liñán un paso a dos que simboliza el amor prohibido en un diálogo de cuerpos que empiezan con un cabaret y acaban rodando entrelazados.
Con la mágica aparición de Curro Albaicín, rapsoda del Sacromonte, cuya voz recita los textos de Lorca con una cadencia que detiene el tiempo. Su relato final sobre la muerte del poeta, en un Generalife que contiene la respiración, arranca lágrimas y emociona. Él es encargado de convocar al duende del Romancero gitano, un ritual esotérico hecho de recitación y verso. La música, pilar esencial, cuenta con José Fermín, joven guitarrista granadino, que navega entre lo clásico y lo contemporáneo, mientras Antonio Campos, Marian Fernández y Fita Heredia elevan el cante a cotas de pura emoción. La percusión de Miguel ‘El Cheyenne’ y la guitarra eléctrica de Robi Svärd añaden un punto de modernidad que no traiciona la raíz flamenca, sino que la enriquece. La iluminación de Gloria Montesinos, que juega con las sombras del Generalife, y el vestuario de Ernesto Artillo, con batas de cola que pasan del blanco al rojo intenso, son un poema visual que acompaña el relato.
Liñán no se ha conforma con revisitar al conocidísimo y requeteinvocado Federico; lo reinventa. Su coreografía es un torbellino que abraza al poeta en todas sus facetas: el folclorista, el vanguardista, el amante imposible, el defensor de la mujer. Versos como “verde que te quiero verde” o “eran las cinco de la tarde” se entrelazan con palos flamencos –soleá, alegrías, granaínas, tangos, fandangos– en una narrativa que invoca. Como señala el propio Liñán, “todos somos Lorca”, y en este espectáculo, el público no es mero espectador, sino testigo de una comunión donde los temas del poeta –amor, muerte, injusticia– resuenan con una vigencia que estremece. Liñán, como el propio Lorca, no teme arriesgarse, romper moldes y mirar de frente a la vida y a la muerte. Porque Llámame Lorca es, en esencia, un acto de amor. Amor a Granada, amor a Lorca, amor al flamenco y amor al impacto estético y erótico, por qué no, en una tierra tan procesional y religiosa como Andalucía. Con el cuerpo de baile en ropa interior rojo sangre, Liñán no solo se ha limitado a bailar; busca, investiga, sufre, celebra y llora al poeta, llevándonos de la mano a un Generalife donde Federico sigue vivo, cantando en el viento, pintando en la luna, danzando en la sangre. El público, en pie, aplaudió consciente de haber presenciado una obra que trasciende el escenario para convertirse en un pedazo de historia misma de la Alhambra y el Generalife. No se lo pierdan.