Cultura

Hevila Cardeña: "Vivimos en un momento muy superficial y nos olvidamos de alimentar el alma"

ENTREVISTA

David Felipe Arranz | Martes 12 de agosto de 2025

Como toda belleza hiperbólica, no es muy consciente de sus dones y la soprano Hevila Cardeña (Toledo) canaliza su aura torrencial y sus apabullantes conocimientos y técnica hacia la cultura y el bel canto. Con su cabeza nimbada de claveles blancos, unos ojos luminosos, una frente despejada y una garganta espléndidamente dotada para el género lírico, su persona entera es una reivindicación en sí misma de nuestras esencias. Su piel emite aquella luz blanca y castiza de las verbenas, glamurosa, propia también de las estrellas de los años treinta y, a la vez, de las muchachas que se paseaban por La Latina con la cintura bien ceñida y los brazos en jarras; Hevila es una mujer joven, cotidiana, casi hogareña, una vecina de escalera con mucha clase, de balcón con la ropa tendida de operetas y la canción en los labios. Apela a una responsabilidad política con respecto a la zarzuela y a la música clásica propia de otros tiempos, de un Enrique Tierno Galván, por ejemplo, pero ese tipo de político cultísimo y responsable “se ha acabao”, que diría mirando de soslayo un chulapo en una corrala, como los que la miran a ella en escena. Está triunfando por todo lo alto, como no podía ser de otra manera, claro, en el Teatro Gran Vía este mes de agosto con La Revoltosa y La verbena de la Paloma de la mítica Compañía Lírica Luis Fernández de Sevilla, que son palabras mayores.

¿Por qué sus padres eligieron para usted un nombre tan original?

Desde que se quedó embarazada, mi madre quería darme un nombre diferente y especial, y en el Génesis encontró el nombre de Havila o Hevila, dependiendo de la traducción, que significa oasis. Es un nombre poco conocido en España –solo me he encontrado otra en redes sociales– y en Sudamérica alguno más.

¿Cómo se inicia una toledana en el mundo de la música? ¿Cuáles son sus primeros recuerdos?

Desde que era pequeña mi juego era cantar y mis padres se fijaron en que cantaba bien. Me apuntaron a los coros infantiles, después a solfeo y a piano –que, por cierto, trataba de abandonar todos los septiembres–, del que acabé haciendo un grado elemental que me ha servido de mucho. De solfeo, en cambio, finalicé el grado superior. Además, puesto que en mi familia nadie se había dedicado a la música y lo de la vida de artista no le parecía nada seguro, hice de añadidura Pedagogía del canto y Magisterio musical en la Universidad de Castilla-La Mancha. Recuerdo que fue mi padre quien me pidió estudiar antes esta especialidad educativa cuando le dije que quería ir a Madrid a estudiar canto. Gracias a esta titulación, por ejemplo, en la pandemia, cuando cerraron todos los teatros, dispuse de una fuente de ingresos como profesora interina porque se necesitaban profesores en la escuela pública.

Pero a usted le tiran más los escenarios, ¿no?

Así es. Para mí los escenarios son mi vida y es lo que más me satisface en mi vida, pero soy consciente de que soy soprano y, como tal, tengo fecha de caducidad en escena, tanto por la voz como por el físico: siempre interpretamos a jóvenes enamoradas y princesas trágicas. Las mezzosopranos, en cambio, tienen más esperanza de vida laboral. Pero al ser interina podría volver a incorporarme como profesora de primaria, porque también tengo esa vocación educativa.

¿Qué nos ha pasado a los españoles de un tiempo a esta parte con la zarzuela?

La realidad es que tenemos una joya en España llamada el género lírico que no se cuida y al que, desgraciadamente, algunos le han vestido de un color político que no tiene. Como artista que soy, toda sensibilidad política me enriquece, pero huyo de las etiquetas que se le ponen al arte sin tener conocimiento, como ocurre con la zarzuela. No tenemos a un político que cuide de este tesoro nuestro: en otros países estaría apoyadísima y aquí se quiere esconder y no se le quiere dar su valor, como si les diera vergüenza. La ignorancia es enorme al respecto.

La zarzuela podría definir y explicar a España misma y a los españoles, incluso.

Sin lugar a dudas. Pensemos en La corte de Faraón y toda la información de la opereta española que aporta, con esa mezcla de revista, cuplé y zarzuela tan rica; fijémonos en La rosa del azafrán con su descripción de las haciendas de La Mancha profunda en el siglo XIX y sus siembras, o en Gigantes y cabezudos y el folclore popular y ancestral… La riqueza de España la tenemos recogida en la zarzuela, pero parece que cada vez es más difícil que la programen.

¿Por qué?

Porque la zarzuela es un género costoso: hay que contratar un coro, una orquesta, el vestuario, el equipo técnico, además del director y el elenco. Es muy difícil que la zarzuela privada salga adelante en las condiciones actuales. En la ópera sucede lo mismo: solo pueden programar ópera el Teatro Real o el Gran Teatro del Liceo, que están subvencionados. Y para programar zarzuela en España solo nos quedan el Teatro de la Zarzuela, el Teatro Real, el Teatro Campoamor, el Teatro de la Maestranza, el Palau de les Arts de Valencia, el Teatro Calderón y poco más. Nuestro director Lorenzo Moncloa, junto a otros empresarios de la zarzuela, se ha intentado acercar a los gestores culturales para pedirles una mayor visibilidad del género. Lo que no puede ser es que se siga contratando por toda España a cantantes comerciales para dar un concierto en un estadio, lo llene y facture, y además la Administración pública le pague otro tanto.

¿Pero qué se podría hacer?

Protegerla, tomar conciencia de que se tiene que cuidar la joya de la zarzuela o que, al menos, se le pongan facilidades a la hora de representarla, porque la cultura es verdad que no genera riqueza a corto plazo como otros ámbitos, pero sí a largo. El método de Zoltán Kodály plantea que la música desarrolla a las personas cognitivamente y socialmente, porque parte del canto y del folclore. Si los niños reciben una educación musical, esa inversión poco a poco en un futuro será un buen negocio, porque serán espectadores adultos que paguen e inviertan en cultura. Además, se ha demostrado que la música puede ayudar a nuestra estabilidad emocional.

Entonces, usted plantea la zarzuela como algo mucho más útil que un mero espectáculo…

Sí, porque, por ejemplo, podrían hacerse coros de mayores para que cantasen zarzuela, con esa ilusión permanente de mantenerse activos que tanto necesitan ellos, aparte de la formación de los más pequeños que he comentado antes. Cuando los niños tienen entre 10 y 17 años se enganchan a los videojuegos y a las redes sociales, y terminan engañadísimos con respecto a la vida real. Pero creo que la zarzuela es el espectáculo perfecto para esas edades y tenemos que ofrecérselo, porque van a ir educando su capacidad de entender una ópera o una sinfonía. No hace falta que eduquemos a nuestros hijos en la ingesta de chuches, sino en que coman brócoli y fruta: lo otro ya se lo imponen por todas partes. Los niños de ahora quieren cambios rápidos impuestos por Instagram y TikTok, que no les dejan nada en la cabeza, porque les están hiperestimulando la producción de dopamina y ya se considera normal que un niño “no aguante” un espectáculo cultural. Necesitan una educación tranquila en valores culturales que les enseñe a disfrutar de la vida poco a poco.

¿Ha visto usted mucho político en el patio de butacas?

La verdad es que no. Ocasionalmente alguno, especialmente para salir en la foto de las inauguraciones de algún programa de festejos, pero en general, no. Escuché en un foro de empresarios dramáticos que iban a elevar al Ministerio de Cultura una propuesta consistente en que, de cada programación cultural subvencionada, hubiese una presencia de la zarzuela, junto a la danza, el pop o el teatro.; es decir, que lo especificaran en las bases para la adjudicación del programa.

Pónganos un ejemplo de espectáculo que satisfaga a nuestros políticos, a ver si espabilan.

Lorenzo Moncloa, Carlos Crooke y César Belda montaron una zarzuela, Las leyendas de Bécquer, que cuenta la historia de la soprano Julia Espín y Pérez de Collbrand, que era mi papel, y el escritor sevillano. Pues bien, ella fue la musa de Bécquer y la protagonista de una historia de amor no correspondido, y en la zarzuela se puede conocer la vida real de la cantante y también la representación de una de las leyendas, “La rosa de pasión”, publicada en 1862. Tiene de todo, momentos de musical, música instrumental, contemporánea, judía… Ningún gestor ni director de teatros ni de festivales lo quería, hasta que tuvimos una idea: cambiar la palabra “zarzuela” por “musical” y lo pudimos colocar. Pues bien, los niños lo disfrutaron tanto como los mayores.

Díganos qué obras le han marcado, son importantes para usted y le gustaría que escuchasen nuestros lectores no iniciados.

La verbena de la Paloma de Tomás Bretón, especialmente para los niños: es de corta duración, muy divertida, con música pegadiza y que hace que el público salga del teatro tarareando los temas, porque siempre que cantamos nos encontramos mejor. Tengo especial cariño también a La corte de Faraón de Vicente Lleó, que es la tercera zarzuela que hice en mi vida y amplió mi visión de la interpretación en el papel de la dulce Lota. También citaría Luisa Fernanda, por la belleza de su partitura, o La rosa del azafrán donde di vida al ama Sagrario con la entonación exacta del personaje: mi familia materna es de Mora, en Toledo, y los muy zarzueleros decían que por fin había una Sagrario que hablaba como hay que hablar, con ese acento.

Además, tengo debilidad por las óperas de Mozart, Verdi y Puccini. Las de Mozart son ideales para introducir a los niños en el mundo de la música con historias divertidas, rápidas y fáciles. Y con Puccini y La bohème me encontré con una ópera que parecía escrita para la tesitura de mi voz, con esos pianísimos en el mi y en el fa, esos agudos que escribía Puccini parece que me los escribió. La historia de la joven modistilla Mimí que coquetea con la bohemia del Barrio Latino de París, de pronto enferma y muere, y que la mayoría de las veces, como intérprete, acabo entre lágrimas, es para mí una ópera en la que lloro de gusto. Por supuesto, los Lieder de Richard Strauss, que he cantado y me fascinan, me parecen de una gran complejidad y son difíciles de ejecutar, por lo que representan otro reto para mí, tuve que estudiar mucho tanto la partitura como el alemán antes de poder cantarlos, son poemas e historias muy intensas.

Y, por último, los Carmina Burana de Carl Orff, que interpreto desde hace dos años y medios con La Fura dels Baus, un reto apasionante desde el principio, una gira nacional e internacional: hemos llegado a cantar en Colonia –la cuna de Orff–, en República Dominicana, México, Venezuela... Tiene un re sobreagudo dulcísimo que tuve que trabajarlo mucho.