“Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías". Lo dijo Julio Cortázar. No tuve tiempo para la instantánea porque un corzo adulto me retó desafiante a la vez que temeroso. Desapareció fugaz dejándome plantado. Digno cérvido cuya imagen queda entre él y un servidor en la retina de ambos.
El campo se guarda de intrusos y, aunque la propiedad sea privada, el mundo animal es dueño de pleno derecho. Corretean unos, vuelan otros e incluso te observan y vigilan. La naturaleza mantiene estrecha relación con el observador; diría incluso que se vuelve aliada, al menos cuando pluma en ristre me disponía a elaborar el grato desafío de escribir mi puntual artículo. Confieso que aquel corzo con sus cuernas me abrió la mente. Una cosa lleva a la otra.
Salvo que sea por una cuestión de primera necesidad, el asunto de los cuernos es algo muy personal. La cornamenta, en cualquiera de sus versiones, bien por llevarla puesta, tenerla en remojo o a buen recaudo, no deja de ser una especie de ornamento de ostentosa alcurnia para el afectado o afectada en cuestión.
Un viejo conocido, noble en intenciones, cuya identidad preservo, se vio sorprendido con una protuberancia en su testa. Su fiel jardinero, experto en podas de bajura, le brindó sus servicios a la vista del crecimiento de aquella ramificación. —Señor, a menos que se acicale la cornamenta, dicho con todo respeto, es posible que se forme una enredadera de lo más trepadora. Y el señor de la casa optó por una poda de aliño.
—Usted siempre tan mañoso, querido Arcadio. Por cierto, los perjudicados por estas rarezas deberíamos cobrar algún tipo de indemnización del Estado, ¿no cree usted? –Estoy de acuerdo con el señor.
Los cuernos, de buena compostura, vienen a ser algo parecido a los sombreros de Ascot y Epsom tan lucidos por las damas en las famosas carreras de caballos; aunque hoy en día se mezclen finura y zafiedad, aún conservan parte de su estilística tradición. Lo refinado y lo astroso, cuando se dan cita, es un buen síntoma de estar a la última; por eso toda moda, ya sea discreta u osada, siempre estará sujeta a comparaciones odiosas. El ser cornudo, sin llegar a ser apaleado, puede resultar de lo más snob cuando se maneja bien el protuberante ramaje. Da igual lo que murmure la gente; el secreto está en que la cornamenta luzca de manera pungente.
Hay quien se hace a ello como instrumento de penitencia, reliquia de santoral o heredad de alta cuna y de baja cama; la rama puede guardar genealogía de estirpe y de ahí vienen hechuras de abolengo y saga. Hágase de ello un alivio por aquello del mal de muchos, consuelo de tontos; pero no caigan en fracaso de ánimos quienes pasean la testa en astas, que peores males a la humanidad le asisten, pues de consolación vienen otras fortunas, quizás menos vistosas, pero no menos grandilocuentes. Por ejemplo, a Pedro Sánchez, los primeros espadas de la gobernanza europea le acaban de poner los cuernos —políticamente hablando, quede claro—. No cuentan con él por la sencilla razón de que España ha perdido su condición de interlocutor y socio fiable que incumple sus compromisos y miente sobre acuerdos inexistentes. Europa no paga a los adúlteros —de nuevo, políticamente hablando—, y es que una vez más el burlador acaba burlado. Lo que se conoce como justicia poética.
Como verán, el cuerno postinero no es un tema baladí. Basta con avistar un corzo y España ha pasado de ser un socio respetado e íntegro a ser considerada como un país problemático, mentiroso y alineado con dictaduras.
En fin, las cosas que hay que escribir con tal de conseguir un mundo mejor. Para que luego digan.