Pedro Sánchez se ha debido sentir humillado al ser marginado por tercera vez por sus colegas europeos. De ahí, sus esfuerzos para aparentar que participaba en la reunión de los presidentes de Alemania, Italia, Francia, Gran Bretaña y Finlandia junto a Zelenski. Pero se ha limitado a escuchar desde su ordenador el resultado de las conversaciones de los líderes europeos sobre el futuro de Ucrania.
Y es que, como comentábamos en un reciente editorial, España ya había sido excluida de la cumbre de seguridad entre Estados Unidos y la UE convocada por el vicepresidente norteamericano J.D. Vance así como de la declaración conjunta firmada por Von der Layen y seis países europeos (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Finlandia y Polonia) para abordar el futuro de Ucrania ante la próxima reunión entre Trump y Putin. Pedro Sánchez ha conseguido que la diplomacia internacional margine a nuestro país no sólo por el aluvión de casos de corrupción que cercan al Gobierno. También por sus bandazos políticos, sus incumplimientos y mentiras (como su patraña sobre el gasto en defensa acordado por la OTAN), sus siniestras relaciones con la dictaduras china y venezolana, sus ataques al Estado de Derecho y la separación de poderes, sus asaltos a las instituciones… La propia Comisión Europea denunció al presidente español por su “autoamnistía” para ser investido, Bruselas ha criticado “el alto grado de corrupción de nuestro país y la ausencia de medidas para combatirlo”, el Banco Mundial ha alertado sobre el deterioro institucional y los grandes medios de comunicación internacionales arremeten a diario contra la bochornosa y antidemocrática actitud de Pedro Sánchez y le exigen que dimita por todos estos escándalos. Nuestro país, en fin, ha pasado a ser irrelevante, cuando no marginado, en la UE y en el conjunto de las democracias liberales occidentales.