Es una leyenda viva de la zarzuela, además de una mujer adorable, encantadora y risueña que sabe muchísimo de la historia del mal llamado género chico, que es tanto como decir de la historia de España, de cuya cultura musical ha sido promotora durante décadas, es decir, protagonista. Nieves Fernández de Sevilla (Madrid, 1947), nietísima del dramaturgo y libretista don Luis Fernández de Sevilla –toda una institución de la Generación del 27–, sigue enamorada hasta los tuétanos de su marido, el tenor y actor madrileño Enrique del Portal, que falleció en marzo de 2020. A Nieves la contemplan más de cincuenta años de nostalgia, recuerdos, amigos que ya no están, y eso se nota en una entrevista fascinante, crítica, sin pelos en la lengua, que es también la crónica de una España bonita y alegre, que amaba la zarzuela y que se fue o la mataron, según ella. No obstante, ejerce la resistencia cultural y las elegancias del buen gusto y del género lírico cada verano en el Teatro Gran Vía, con sus zarzuelas como La verbena de la Paloma, y su ilusión adolescente. Nos recibe Nieves en el patio de butacas, su patio de butacas, dónde mejor si no, y aunque asiente con su cabeza noble, aureolada de blanco nuclear, bastón en mano para anunciarnos que su estrella ya está apagándose, nos sigue enviando su luz e iluminándonos sobre tantos y tantos asuntos que no dejan en muy buen lugar a nuestros gestores culturales ni a las autoridades (in)competentes. He aquí una mujer extraordinaria nimbada por la existencia de la zarzuela, por el auténtico halo de los sueños del género español por excelencia.
¿Cuándo arranca su pasión por la zarzuela?
La pasión me viene con el nacimiento, porque yo nací en 1947 dentro de una zarzuela. Mi abuelo fue Luis Fernández de Sevilla, empresario y autor teatral, miembro de la Generación del 27 y fundador de la SGAE, con el que convivo hasta su muerte en 1974 y cuyo legado se extiende a 140 obras. Crecí escuchando zarzuelas suyas, como La del Soto del Parral, Don Manolito, Los claveles o La eterna canción, y con cinco añitos, cuando vivía entre Sevilla y Triana, me sabía Katiuska, la mujer rusa, de Pablo Sorozábal.
¿Cuál es su primer recuerdo “zarzuelero”?
Con cuatro años, en brazos de mi abuelo, me recuerdo en el Teatro Calderón de Madrid, en el estreno póstumo del maestro Francisco Alonso de Cayetana,la Rumbosa el 10 de octubre de 1951, sainete lírico con libreto suyo. Mi memoria ha grabado el hall del teatro, nada más abrirse aquellas puertas abatibles, y pude ver al fondo el escenario, que se veía entonces desde la entrada.
¿Cómo fue iniciándose en la zarzuela?
Cuando fui jovencita no era tan fácil, porque mi propio abuelo trató de apartarme del camino de los espectáculos: a Luis, que era un enamorado del género lírico, no le gustaba el ambiente del teatro, muy liberal para él, porque era un señor de costumbres muy conservadoras y yo por entonces estaba como una flor de azahar. Vivíamos todos juntos en casa del abuelo, en la calle de los Hermanos Álvarez Quintero. Después estuve casada veinticinco años con el pintor Daniel Merino y más tarde con el tenor y después actor de zarzuela Enrique del Portal, que me sacaba quince años y que ha sido el gran amor de mi vida. Le he dedicado hasta un libro póstumo, Desde el alma. Enrique del Portal (2021). Lo conocí desayunando en Richelieu y allí saltó la chispa en 1975. Yo ese mismo año di a luz a mi tercer hijo, una niña.
Usted que es empresaria, ¿se puede vivir de la zarzuela?
Se vive muy mal de la zarzuela, porque el corista profesional ha desaparecido. A la zarzuela se la han ido cargando entre todos porque se hacen producciones muy malas. Por ejemplo, en la última Doña Francisquita que se representó en el Teatro de la Zarzuela en junio del año pasado habían mutilado medio libreto y hubo incluso espectadores que se levantaron y se fueron. No todas las puestas en escena con maravillosas y se hacen auténticas barbaridades para innovar.
¿Cómo se podría preservar esa pureza en su adaptación a escena?
Tendría que existir una figura parecida a los comisarios del arte, un curator que dirían los anglosajones, que con carácter oficial e institucional supervisara dichas puestas en escena. Pero claro, eso supondría que poseyera extensos conocimientos en el género lírico y ya sabemos cómo andan nuestros políticos en cuanto a cultura se refiere… Yo soy familia de autor y he visto impotente cómo han recortado hasta la mitad de un libreto de mi abuelo. En 2010 se representó La del Soto del Parral en el Teatro de la Zarzuela y le mandé una nota al director musical en la que le decía literalmente: “has entrado en los horrores del Teatro de la Zarzuela” y me contestó que él hacía lo que quería y que a mi abuelo le hubiese gustado. ¿Conocía a mi abuelo mejor que yo, con el que conviví casi 30 años? Es ridículo. El vestuario era una mierda, las casas se movían y hasta el Tío Sabino salía oliendo unas bragas y tenía un sueño erótico. Fue un auténtico disparate y un disgusto para mí, claro. A mi marido Enrique se le escapó un “¡Bravo!” y lo frené ipso facto, porque le dije que en este palco allí no se aplaudía ese engendro.
Me consta que usted ha sido una emprendedora toda su vida, que nadie le ha regalado nada y menos le han subvencionado ni un solo espectáculo.
En 1975, cuando conocí a Enrique traté de dar un giro a mi vida profesional e intenté ver la zarzuela de otra manera. Monté los “Lunes líricos” en el Café Viena, en la calle Luisa Fernanda 23, donde ahora hay un restaurante. Aprovechando el día de descanso de las compañías, contratábamos dos cantantes y siempre venía un novato a hacer sus primeros espectáculos en público, gustaba mucho. Finalmente lo acabé dejando, porque a partir de 2014, el musical fue apartando a la zarzuela de los escenarios e incluso nos despreciaba, porque los que montaban los musicales marcaban unas líneas rojas y nos decían con desdén: “ese es de zarzuela”, como si hubiésemos salido de una cloaca. Y los teatros empezaron a programarlos sin parar. El musical mató la zarzuela. Y esto, para mí, no es reversible, porque ya no hay calidad. Por otro lado, hay que saber manejarse en los ministerios y consejerías de cultura para conseguir las subvenciones y en 41 años no he conseguido ni una sola y hace tiempo que tiré la toalla.
¿Y si probase suerte ahora?
Me dirían, como escribió Larra, “vuelva usted mañana”. Mira, mi abuelo nació en Sevilla y para montar una de sus zarzuelas en su ciudad natal, yo tendría que hablar con los señores del Ayuntamiento de Sevilla y empezar por explicarles quién fue Luis Fernández de Sevilla, porque no lo saben. Y me da muchísima pereza…
¿Cuánto lleva representando zarzuela en el Teatro Gran Vía?
Llevo en este teatro dieciocho años: empecé con orquesta en el foso y siempre he ido a taquilla. En 2007, por ejemplo, venía muchísimo público y en “Los veranos de la villa” de 2009 llegué a hacer una espectacular Antología de la zarzuela de don José Tamayo en homenaje a su figura.Pero no nos equivoquemos: tal y como está, Madrid no es jauja para una compañía de zarzuela. Eso sí, si me subvencionaran con 500.000 euros sería capaz de contratar a la Orquesta Filarmónica de Viena. En 2020, cuando murió mi marido, yo morí con él –pasé el luto sola encerrada tres meses con el confinamiento recién fallecido, el 20 de marzo–, pero Helena Salaberria, directora general del Grupo Smedia, me ha abierto las puertas de su teatro para que esté aquí el poco tiempo que me quede de vida. Monté una Katiuska impresionante en el Palacio Euskalduna en vida de mi marido, en 2013, que fue su última actuación, cuando él contaba con 88 años, que sería mi último deseo poder verla representada aquí. Pero, insisto, mi vida se fue con la de mi marido: yo estoy muerta en vida.
Pero usted está estupenda, si me lo permite…
No, en realidad tengo muchos achaques, pero los llevo con mucha dignidad. El corazón me falla.
¿Cómo se vivía la zarzuela en las décadas pasadas?
Aquellas temporadas eran maravillosas, en las décadas de los años sesenta y setenta en Madrid, con el barítono leonés Tomás Álvarez que llevó la zarzuela por todos los rincones del mundo, el galán Alfonso Goda y su mujer la vedette de revista Maruja Boldoba que había debutado en la compañía de Celia Gámez, la tiple cómica y característica Amparo Madrigal, el tenor cómico Fernando Aranda, Enrique del Portal… Cuando se juntaban estos grandes de la zarzuela, no tenían que ensayar y salía una función que te podías quedar muerto.
¿Los intérpretes de la zarzuela poseen una psicología especial?
Así es, las del tenor y la soprano son las dos voces más delicadas, las que antes se apagan, y las que más encajan con las zarzuelas líricas ligeras, como Marina o La tabernera del puerto. Esta sensibilidad y digamos vulnerabilidad podría aplicarse a la situación de la zarzuela misma. Legaré la compañía Luis Fernández de Sevilla a su actual director, el tenor Lorenzo Moncloa, que empezó conmigo desde muy joven. En 1991, en el Teatro Alcázar, estrené con mi primera compañía grande y ese año ya estaba Lorenzo conmigo. La compañía es una gran familia.