Trump y Putin sabían mejor que nadie que de su encuentro en Alaska no saldría acuerdo alguno sobre la paz en Ucrania. Pero allá se fueron para acaparar la atención y escenificar que el mundo les pertenece. La reunión ha sido “fructífera”, dijeron al unísono. Pero sólo ha sido fructífera para el dictador ruso que no ha cedido ni un ápice en sus pretensiones de proseguir la guerra hasta el final y de no ceder en sus objetivos expansionistas. El presidente norteamericano, además, ha sacado a su homólogo del aislamiento internacional, a pesar de estar acusado de crímenes de guerra por su sangrienta invasión.
Putin ganó la partida a su anfitrión, que, incluso, al término de su amigable encuentro renunció a su intención de lograr un alto el fuego y se olvidó de imponer las durísimas sanciones a Rusia que había anunciado si en Alaska no se firmaba un acuerdo de paz. De nuevo, el Kremlin ha dejado claro que, como poco, exige mantener su presencia y soberanía en los territorios ocupados por la guerra, además de vetar la entrada de Kiev en la OTAN. Y Trump ni ha rechistado.
Como auguramos el 8 de agosto en El Imparcial, a los presidentes ruso y norteamericano poco les importa la tragedia del pueblo ucraniano que sufre los incesantes bombardeos del Ejército del Kremlin. Sólo se han reunido para obtener el reconocimiento internacional por sus supuestos esfuerzos en alcanzar la paz. Y, lo más inquietante, con el propósito de acordar una suerte de alianza soterrada para que Rusia se adueñe de los territorios ocupados por la guerra y para que cada uno tenga vía libre en sus pretensiones expansionistas que pasan por torpedear el desarrollo y prosperidad económica y política de Europa, el objetivo a batir por ambos, su gran enemigo. Ucrania es lo de menos.
De ahí, la ausencia de Zelenski y de los dirigentes de la UE en la reunión de Alaska. La cumbre, en fin, ha sido un fracaso. Pero Putin ha salido victorioso. De algún modo, ha ganado la guerra que no era capaz de ganar.