Opinión

Arraigo

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 18 de agosto de 2025

Venzo ahora el pudor que me impide hablar de un libro escrito por un amigo y que además me ha sido dedicado. Pudiera parecer que la estima fuera obligada, lo que sería una grave injusticia para un libro inobjetable. Añádase que cualquier consideración adecuada de un libro como éste requiere el largo tiempo que requiere todo lo que posee verdadero arraigo. El libro al que me refiero lleva por título, justamente, Arraigo y procede de la pluma sutil y profunda de Carlos Marín Blázquez.

No me cuento entre los que anteponen la verdad a la amistad. Contra lo que expresa la conocida locución latina – amicus Plato sed magis amica veritas – no antepongo la verdad a Platón. Antes de que alguien se escandalice ante tamaña confesión advierto que no lo hago, sin embargo, porque subordine la verdad a la amistad, sino porque no puedo concebir un amigo que no sea veraz, porque no puedo imaginar un Platón mendaz. La amistad de Carlos Marín no se distancia en absoluto de la amistad de la verdad y no concibo la amistad de quien no fuera profundamente amigo de la verdad. Esto supone una comprensión personal de la verdad, es decir, la idea de una verdad encarnada. En las antípodas de la idea racionalista y abstracta de la verdad que es, precisamente, una verdad formal o desarraigada. Está siempre en lo cierto Carlos Marín cuando señala que la amistad es, en fin, una forma de arraigo.

La literatura de Marín Blázquez tiene como nota esencial una virtud asombrosa que comparte hoy con muy pocos: la virtud de estar siempre en lo cierto. Diría que acierta siempre o que su posición es siempre la correcta. Es una virtud que encuentro en muy pocos autores de entre los que destacaría especialmente a G. K. Chesterton. En su caso, siempre puede discutirse el cómo, nunca el qué. Esa asombrosa virtud puede explicarse por lo que algunos llamarían un carácter inspirado, que deriva de la disposición a situarse en el seno de la más profunda tradición. Esa disposición les permite formular de un modo nuevo verdades cuyo sentido arraiga muy lejos del presente. Muchos recordarán el periplo de aquel marino chestertoniano cuyo fantástico viaje concluye con el descubrimiento de la vieja Inglaterra. El hallazgo, que a alguno pudiera parecer vano, tiene el valor incalculable de permitirnos ver el viejo mundo de un modo nuevo. En sus páginas la verdad eterna brilla como recién descubierta.

Más o menos sistemáticos o analíticos esos pocos escritores, de los que Carlos Marín Blázquez es el ejemplo más próximo, indican siempre la dirección correcta. De modo que siguiendo la dirección que señalan encontrarás siempre la verdad, aunque ellos te acompañen sólo un breve trecho del camino. Son autores que suelen juzgarse “sugerentes”, pero que acaso merezcan el más adecuado título de “indicadores”: auténticos faros de la verdad. Se entenderá que Carlos Marín merezca especialmente ser reconocido por su sapientia cordis, magnífico membrete para un galardón que sitúa, como yo barruntaba, a Marín Blázquez junto al gran defensor de la cordura.

El libro elabora magistralmente variaciones de este viejo tema, hoy controvertido. Se trata de la idea de que sólo es posible abrirse al mundo a partir de lo propio o, para expresarlo de un modo más exacto, la idea de que sólo salimos adentrándonos. Nada es hoy más revolucionario. Para eso es preciso tener entrañas o raíces potentes y capaces de abrazar la tierra que las contiene. Por el contrario, la consigna actualmente dominante nos pide – en la jerga al uso – universalidad sin identidad y entonces Marín Blázquez nos señala sin error posible la verdad de una identidad universal.

Las élites en rebeldía que configuran este mundo nos vacían completamente para – convertidos en soberbios globos de viento – quedar sometidos al vaivén de su capricho. El ideal de su sonora – por hueca – Humanidad es el de una muchedumbre de ingrávidos Luftmenschen: cenizas volantes en un mundo calcinado. La palabra contiene la potencia atroz de una imagen de Paul Celan que, ante las chimeneas industriales de los Arbeitsläger, cobraba un sentido nuevo para designar al judaísmo que, desarraigado, era convertido en ceniza.

Sólo hay una vía que permita sobreponernos a la potencia tecno-económica que está incinerando hoy la realidad: salir adentrándonos. Escapar del vértigo destructivo de la globalización virtual exige atravesar su vana universalidad internándonos en las raíces de la realidad.

A través de la familia y la tradición se trata del volver al foco del que brota el mundo. Muchos recordarán y nadie sabe mejor que Carlos Marín Blázquez que ese focus es, finalmente y en primer lugar, el fuego del hogar. Nada es hoy más revolucionario, decía, pero lo era hace ya más de un siglo cuando el maestro inglés clamaba: “hemos de salvar la familia, hemos de revolucionar la nación”. Sólo allí se encuentran las amplias reservas de fe, gratitud, alegría y bondad cuya “búsqueda – concluye este libro asombroso – debería bastarnos para colmar de significado nuestros días”.