Opinión

Psicología GPT

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Martes 19 de agosto de 2025

En el patio de recreo de la sociedad, la salud mental sigue sentada en un rincón, con la etiqueta de chiflado en la frente. Allí están Don Quijote hablando con el aire, Virginia Woolf con un cuaderno húmedo, Sylvia Plath oliendo a papel quemado y Hölderlin susurrando a una pared. La literatura acompaña a las depresiones invisibles, al insomnio que no cabe en ningún filtro de Instagram. La salud mental no es trendy.

Hoy, miles de personas cuentan sus miedos a la IA: no juzga, no habla a tus espaldas y no cobra. ChatGPT se convierte en un sustituto imperfecto, un hombro digital donde se confiesa lo que nadie quiere escuchar. Mientras tanto, la tasa de suicidio crece sobre todo entre hombres de 40 a 64 años.

Las cifras son brutales: el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Y, sin embargo, no hay portadas, campañas ni minutos de silencio. La masculinidad mal entendida prohíbe llorar: se guardan las lágrimas como armas, hasta que estallan en soledad. Hemingway, Pavese o Foster Wallace lo hicieron: sin épica, solo un punto final.

Lo más cruel es que seguimos tratando la salud mental como peste social. Aún se piensa que medicarse es drogarse, que llorar en público es debilidad. En esta sociedad que presume de visibilizarlo todo, los rotos siguen apartados de la plaza.

Sí, la tecnología ha abierto un hueco. Pero que el lugar más seguro para decir “no puedo más” sea un chatbot no es un triunfo: es la prueba de que hemos fracasado como tribu. Tres personas cercanas a mí, tres, se marcharon hace poco de forma silenciosa. Uno dejó escrito: “quizás debí pedir ayuda a tiempo”.

Porque lo que no se nombra, lo que se calla, pudre por dentro. Y mientras tanto, los rotos siguen en la última fila, invisibles, mientras todos miramos hacia otro lado.

Tal vez la verdadera locura no sea hablar con las máquinas, sino que los humanos ya no sepamos escucharnos.