Exposición canina en Londres. Un perro inglés comparte jaula con uno cubano y otro norcoreano. El can británico dice a sus compañeros:
- A mí, cuando no me dan carne para comer, me pongo a ladrar.
- ¿Qué es carne? -interroga tímidamente el cachorro cubano.
- ¿Y qué es ladrar? -pregunta, en un susurro, el perro norcoreano.
Escuché en su día esta broma en el Parlamento británico, también en el Ayuntamiento de París y en el Quirinal romano. Se intentaba con ella contrarrestar la batalla semántica perdida por el pensamiento liberal frente a la extrema izquierda, a la que se califica en los periódicos impresos, hablados o digitales, también en las redes sociales, de progresista.
Un gigantesco coro perfectamente orquestado entona la música de la manipulación de las palabras que más conviene en todo el mundo a la ultraizquierda. Y así se llama ejército de liberación a los comandos armados; milicia popular, a las bandas terroristas; ejecución, al asesinato; denuncia, a la calumnia; libertad de expresión, a la impunidad.
En América del Sur se hablaba en su día de la extrema derecha fascista de Pinochet y del “régimen” cubano de Fidel Castro. Ciertamente la dictadura pinochetista fue una atrocidad. Ernesto Ekaizer escribió un gran libro sobre la dictadura chilena, Yo, Augusto. El “régimen” castrista era también, y lo sigue siendo, una dictadura que ha extirpado de raíz la libertad, como escribió Octavio Paz. Es verdad que Estados Unidos ha sido el aliado de dictaduras derechistas, desde la China de Chiang Kai-shek y la España de Franco a la Filipinas de Marcos y la Arabia del Rey Faisal bin Abdulaziz. Pero nadie puede dudar de que el pueblo norteamericano rinde culto a la libertad.
Ser progresista significa defender las posiciones de la extrema izquierda. A los periodistas y a los políticos que no se someten a ese yugo se les calificará de fascistas, de fachas, de ultraderechistas por los falsificadores de la opinión pública. La credencial progresista la otorga la ultraizquierda, porque las palabras no significan lo que significan sino lo que conviene a los que las manipulan. A pesar de esa quinta pluma que envenena la vida de las naciones libres y vence en la batalla por el control del lenguaje, los pueblos de Oriente y Occidente aspiran a la libertad real en la política, la cultura y la religión, en los órdenes todos de la vida. Las dictaduras son los paréntesis de la Historia y los pueblos oprimidos avanzan, aunque sea en zigzag, hacia la democracia pluralista plena en busca de la libertad. Cervantes puso en boca de Don Quijote, hace 400 años, esta frase deslumbrante: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida”.