Opinión

Pensamiento y longevidad

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Viernes 22 de agosto de 2025

Durante el último tramo de nuestras vacaciones estivales, disfrutamos de unos días en la Costa Azul. Tuvimos tiempo de visitar algunos lugares muy especiales, donde dejaron honda huella algunos de los pintores que admiramos, como Pablo Picasso o Marc Chagall. Las imágenes rompedoras de uno —capaces de trastocar los cimientos del arte de su tiempo, inaugurando el arte moderno— y oníricas del otro —plenas de imaginario y autobiografía, en forma de escenas formadas por personajes, lugares y colores tan realistas como fantásticos—, tan expresivas, incentivaron nuestras ganas de crear representaciones propias. Nos llamó también la atención que uno y otro habían sobrepasado los noventa años, legándonos una amplia y variada obra. Algo nos decía que habían disfrutado de una vida completa en todos los sentidos, teniendo además la suerte de haber podido vivir de lo que les gustaba —cosa que pocos creadores de su tiempo podían decir, salvando algunas excepciones como Salvador Dalí—. Sin duda, su arte había sido creado a través del placer, y ese sentimiento que había conducido sus respectivos pinceles tenía a su vez un reflejo en quienes disfrutábamos de su trabajo, pues nos inundaba de estímulos positivos.

Durante su conferencia magistral titulada “La literatura como alegría y salvación en el arte de educar” pronunciada en la Universidad Autónoma de Aguascalientes (México), el filósofo Fernando Savater afirmaba: “Cuanto más inculta es una persona, más dinero necesita para pasar los fines de semana, porque como no fabrica nada, no produce nada, todo lo tiene que comprar, mientras que una persona con un cierto nivel de cultura, con la conversación, un libro o una música puede pasar el tiempo de una manera enriquecedora”. A ello podríamos añadir, como hemos podido comprobar, imágenes pictóricas e incluso en movimiento, bien en el celuloide o representadas en un teatro. Todo ello moldea el interior de quien las disfruta, lo inunda de una “biblioteca” sentimental única. Ese mundo rico interior que el individuo se fabrica le permitirá viajar estando detenido y, lo que es más importante, le mantendrá activo intelectualmente. Algo crucial en estos tiempos en que tantos individuos no saben estar consigo mismos y precisan de compañía artificiosa con la que distraer la soledad.

Seguramente, los creadores de cualquier tipo son más longevos precisamente porque siempre tienen algo que pensar y que hacer. Su inquietud artística les permite tener siempre algo entre manos. Esto incluso puede ser frustrante, pues el pensamiento va más rápido que la materialización de lo que surge en la mente —lo que busca ser exteriorizado—. Sobre todo si lo que se ha de materializar ya está resuelto por parte del creador —volcado en un manuscrito, por ejemplo— y le hace depender de otros que lo muevan o visibilicen, publicándolo en forma digital, física o exponiéndolo, exhibiéndolo.

También ese flujo continuo de pensamiento puede ser negativo, pues la sensibilidad puede hacer sufrir a quien la posee. No obstante, en la mayor parte de los casos, este “don” —por así decirlo— compensa esos males menores. Puede hacerse necesaria una “curación del alma”, situación que es más normal de lo que parece, pues quien más o quien menos la padece. Bregar con la salud mental es algo que se debe aprender a manejar, pues cada vez los tiempos son más inestables y lo de fuera afecta a lo de dentro. El refugio cultural es bálsamo o poderosa medicación natural en este caso.

No hace falta crear nada nuevo sino tan solo basta con disfrutar de lo existente, tener inquietudes. Ellas nos humanizan, sacan lo mejor de nosotros mismos. Paradójicamente, anestesiados como estamos, no les prestamos atención, nos dejamos llevar por lo fácil, lo que no requiere de nuestro esfuerzo. Y eso supone nuestra perdición como seres humanos. Tal vez esta escasez de necesidades, esta pobreza de inquietudes, muy probablemente provenga de una formación insuficiente. La educación resulta fundamental, pues un medio propicio es caldo de cultivo para un “alma” completa —por más que el término “alma” resulte anticuado—. No todo el mundo se lo puede permitir, las circunstancias no siempre son sencillas en el desarrollo del individuo. Pero bien es cierto que un espíritu inquieto, puede cambiar desde su mirada individual un contexto colectivo. A la vista está el milagro profano obrado por Picasso en Vallauris, pues logró con su afición cerámica revitalizar este oficio que había sido tan propio de este lugar ya desde tiempos romanos y que, tristemente y con el paso del tiempo, se había perdido. Picasso nos dejó esos murales en la capilla románica del museo que ahora lleva su nombre en dicho lugar, al igual que Chagall decoró de forma mágica lugares públicos a través de sus mosaicos, sus vidrieras e incluso sus frescos en el techo de la Ópera de París —encargados por Charles de Gaulle y tan polémicos en su época—.

Por todo ello, debe incentivarse la inquietud del espíritu, forjarlo de creatividad, para mantenerlo siempre inquieto e ilusionado, a fin de beneficiar nuestra propia salud y la de los demás. Es garantía y calidad de vida.