El presidente de los empresarios, Antonio Garamendi, afirmaba en un canal de televisión que la escasa productividad de empleados y operarios gravaba la entera economía española. Se puede y se debe aspirar a vivir bien y a beneficiarse de derechos crecientes. Pero hay que trabajar. Ni la inteligencia artificial ni el aquelarre de los robots japoneses facilitarán que se pueda vivir sin trabajar, salvo casos aislados.
La tradición hispana de Lázaro y la picaresca, sin embargo, se están esforzando con admirable tenacidad en aprovecharse de las elucubraciones de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz Iscariote para sortear el trabajo a través de mil inequívocas trampas. El Informe de Absentismo Laboral certifica que 1.523.578 personas no se presentaron en su puesto de trabajo. Es decir, cada día más de millón y medio no acuden a trabajar aduciendo camelancias mil. Así de claras están las cosas.
El absentismo es ya la gran enfermedad laboral de España. La mayoría de las empresas se resienten contra la cara dura de todos aquellos que se aprovechan de la legislación laboral para ausentarse del trabajo. En los siete años del sanchismo imperante casi se ha triplicado el número de personas ausentes. En el primer semestre de este año, por ejemplo, 1.197.097 personas permanecían en sus casas por baja médica.
La enfermedad aducida era una trampa en el 50 por ciento de los casos. Los trabajadores listos, en fin, viven de los tontos y los tontos de su trabajo. Existe una conciencia generalizada de que entre el teletrabajo y el permisivismo médico se está comprometiendo la marcha de las empresas con grave quebranto para la económica nacional.
Parece obligado tomar medidas severas, empezando por campañas publicitarias que expliquen con rotundidad las penas que recaerán sobre aquellas mujeres, sobre aquellos hombres que se salten a la torera la obligación de cumplir con el trabajo pactado. Yolanda Díaz Iscariote podrá otorgar días libres por los motivos más diversos, pero habrá que denunciar los abusos. Soportar el absentismo resulta de una gravedad extrema para el normal desarrollo económico del país. Tal vez dé algunos votos. Pero pocos porque probablemente es mayor la indignación de los perjudicados que la satisfacción de aquellos que están encantados de no dar un palo al agua.