Madrid, ferragosto de 2025: el Museo del Prado, aunque tiene esa solemnidad permanente, se ha vestido de gala, como una cortesana veneciana que se sabe deseada, para acoger a Paolo Veronese, ese coloso del Renacimiento que pintaba como si el mundo fuera un gran banquete. La muestra “Paolo Veronese (1528-1588)”, abierta hasta el 21 de septiembre, es un desafío al tiempo, un brochazo de luz y color sobre la paleta de la historia del arte. Más de un centenar de obras jalonan las paredes de las salas A y B, traídas de los santuarios del Louvre, el Metropolitan, la National Gallery de Londres, los Uffizi, el Kunsthistorisches de Viena, y, claro, del propio Prado, que guarda celosamente sus tesoros venecianos como quien custodia un secreto de alcoba. Esta es la hora del estío en que repasamos sus lienzos, cuando entrevemos como en movimiento cinematográfico sus grandes cuadros.
Entrar en las salas A y B del Prado es como celebrar la recepción de los espíritus del pasado, como irrumpir en una Venecia imposible, la de los patricios que bebían en copas de cristal de Murano mientras el mundo se desmoronaba en tensiones religiosas y decadencias económicas. Veronese, ese mago de Verona, supo camuflar la ruina con la fastuosidad de sus pinceles, creando el “mito de Venecia” que aún nos atrae y seduce, como a Katharine Hepburn en Locuras de verano o Florinda Bolkan en Anónimo veneciano. Sus telas son un carnaval perpetuo: arquitecturas palaciegas que parecen soñadas por Palladio, colores que se rozan como amantes furtivos —el rosa pálido besando al amarillo, quién lo diría—, y figuras que se mueven con la elegancia de quien sabe que el lienzo es un escenario y la vida, un teatro. Hay como una recepción palatina a lo largo de las estancias que nos eriza el vello en los brazos, porque en realidad no somos los que miramos, sino que son los personajes enmarcados los que nos miran a nosotros con mirada curiosa y tardía, un poco bizca.
La exposición, comisariada por Miguel Falomir, el director del Prado que “lleva” el museo con la misma elegancia que un dandi lleva su levita, y Enrico Maria dal Pozzolo, erudito veronés que conoce a su paisano como si hubieran compartido vino en una taberna del siglo XVI, se estructura en seis secciones que son como actos de una ópera. La primera, “De Verona a Venecia”, nos lleva a los orígenes del pintor, cuando Verona, con su pasado romano, le enseñó a mirar a Tiziano, Rafael y Parmigianino, pero él, insolente, decidió ser Veronese. Luego, “Maestoso teatro”, donde sus célebres Cenas —esas orgías de refinamiento patricio— despliegan arquitecturas y escenografías que hacen palidecer al mismísimo Tintoretto.
Sigue “Proceso creativo”, donde se desnuda la inteligencia pictórica de Veronese, un tipo que dirigía su taller como un general veneciano organiza una flota: con precisión, con dibujo, con una disciplina que no sofocaba la libertad. Luego, “Alegoría y mitología”, porque Veronese pintaba fábulas mitológicas y alegorías para ricos, los espejos donde las élites se miraban y se gustaban. En “El último Veronese” asistimos a su metamorfosis final, cuando el color se vuelve sombrío, la luz simbólica, y el paisaje, un protagonista que anuncia el Barroco. Y cierra el telón “Haeredes Pauli”, su legado, que no solo vivió en sus herederos directos, esos familiares que repetían sus fórmulas sin su chispa, sino en los grandes: El Greco, Rubens, Velázquez, hasta llegar a Cézanne, que aún se estremecía con su paleta.
Veronese no es solo un pintor, es un estado de ánimo. Sus lienzos, como La cena en casa de Simón o Marte y Venus unidos por el amor, son un desafío a la grisura, una invitación a vivir en un mundo donde la belleza es un mandato. Y el Prado, con esta exposición, no solo cierra un ciclo de dos décadas estudiando la pintura veneciana —tras los Bassano, Tiziano, Tintoretto y Lotto—, sino que redescubre ante el mundo a Veronese, el hombre audaz que pintó la vida como si fuera un sueño. Por ver esas imágenes de diosas, guerreros, héroes y príncipes, ambiguas y recordatorias de las que tofos somos descendientes, se puede volver al Prado. Sus puertas defienden el hermético enigma de estas visiones y creemos escuchar algo así como ecos de voces querenciosas que se pierden en los paisajes difuminados, esfumados, al fondo de los cuadros.
Casi 100.000 almas han pasado ya por estas salas en siete semanas, un récord que dice mucho del hambre de belleza que aún tenemos. Y no es para menos: Veronese es un hechizo, un sortilegio de color y forma que, como diría Boschini en 1660, “no es pintura, es magia que hechiza a quien la ve”. Vayan al Prado, déjense deslumbrar, y que el genio de Venecia les recuerde que el arte no solo se contempla: se vive y nos transforma. Conseguir esa alucinación es el gran regalo espiritual del Museo del Prado, siempre con una propuesta diferente, un descubrimiento nuevo cada temporada, aunque siempre sea la misma pinacoteca a través de los días y de los años.