Opinión

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TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 27 de agosto de 2025

Hay quienes hablan de cargar pilas y otras sandeces por el estilo. Se acaban las vacaciones y en paz. Se vuelve a la rutina porque la costumbre, en modo trabajo, guarda estrecha relación con la obligación. No conozco a nadie que renuncie a lo bueno; ahora bien, siendo desagradable, les diré que septiembre es el mes por excelencia para entender la realidad de un estado de bienestar que siempre conserva idéntico eslogan: “Que me quiten lo bailao”. Como acostumbra a decir mi gran amigo Cartapacio: —¡La culpa de todo la tiene el gobierno!— A partir de ahí, y sin hacer leña, regresar bien es sinónimo de seguir, quizás más pobres, pero con exceso de vitamina D e incluso con una epidermis gratinada en beneficio de cuantos han dejado al astro rey con anemia ferropénica.

La mayoría poblacional no ha corrido la misma suerte que los que han tenido la ocasión de exprimir el planeta Tierra para su uso y disfrute. Nada que reprochar. Habrá quienes se hayan ido a dar de comer a los capibaras por las aguas tropicales de Sudamérica, otros a recorrer la China profunda en patinete o incluso se han marcado una aurora boreal en el Círculo Polar Ártico; la cosa está en el mercado de ocasión, las tarjetas de crédito o el afán de vivir el hoy que mañana puede ser que la cosa venga de nalgas. A fin de cuentas, todo es relativo. Lo que es bueno para unos resulta lo contrario para quienes ven en el trabajo la oportunidad de su vida. No es que un servidor, con esta reflexión, haya abierto la caja de Pandora; es que me temo que los retos vienen a continuación del desorden de ánimos que acarrea la vuelta de las vacaciones.

Uno, con su propia mirada, observa el costumbrismo y la senectud de cuantos habiendo gozado en su erial particular de esos días de ocio, regresan tocados por el abatimiento de la resignación; sin embargo, no vivifican la suerte de tener todavía el hoy para aprovecharse del tiempo que otros abandonan, quizás por falta de capacidad para entender que la vida se alimenta de nuestro vigor, pues cuando se habla del tiempo, no es el equivalente a las horas del día, sino a nuestra condición de morir un poco y vivir un mucho. No tomen el reto de septiembre como una vida en blanco; en el regresar no está la oferta, ni tan siquiera la oportunidad de los vacíos; agarren el destino y fabriquen sus propios sueños tratando de volar con las alas de la mirada y ya verán como la cesta de la compra es una leyenda urbana.

Amaguen, pero sin guerra de por medio. Lo cáustico es sinónimo de irritación, de mala baba; no vivan en deuda con nadie, pues el estío, aun ofreciendo oportunidades, no es el bálsamo que el alma precisa. No solo el sol quema, también lo hace el frío e incluso las formas y las palabras; por eso una cosa es el cuerpo y otra es la esencia de nosotros mismos. El tiempo se hace a nosotros a idéntico ritmo del que seamos capaces de fabricarlo. Regresen celebrando lo vivido, pero construyan lo nuevo, aquello que se espera y no llega, pues el hombre está capacitado para todo tipo de retos, incluso para enfrentarse al flirteo vacacional con la tarjeta de crédito.

No caigan en la trampa de las realidades vanas; existen como engaño. Son luces que parpadean, pero no brillan. Refúgiense en la no violencia, en el respeto y en la no creencia en la clase política. Esta ralea se tiene por alta fachenda e incluso con derecho a socavar nuestra propia vida echándole la culpa a la providencia o al engaño.

Hoy me ha invadido la vena cursilona y es que, a pesar de lo expuesto, regresar de las vacaciones es una lata.