Es hora de seguir camino con en el gag glorioso del zapato. Un gag que escala sobre otros más breves, minigags. Mejor lo verbaliza el actor Steve Franken en los extras del citado dvd: «un gag que va creciendo como una planta». Este hombre, cuatro décadas más tarde, aún transpiraba admiración por la cantidad de tiempo que invertían Edwards y Sellers en maquinar cada uno de los números, por lo que el plus de la improvisación se apoyaba en realidad en una esgrima de ideas bastante concienzuda. Justo este gag del zapato representa ese fluir que va más allá de la técnica para transportarse a arte, coreografiado en un montaje perfecto. Mientras Bakshi sumerge un poco su zapato sucio, moviéndolo en el agua, éste se suelta del pie y se lo lleva la corriente del canalillo hasta desaparecer bajo un puente de la decoración. Hrundi se las ingenia para doblar la tarjeta de invitado y acoplarla sobre el calcetín; sigiloso, finalmente parapetado tras una planta tropical, va curvando una larga rama para enganchar con su extremo el zapato, que ha quedado detenido entre dos pasos de piedra del estanque: lo pesca, pero en ese instante es sorprendido por un camarero que le acerca su bandeja por si le apetece una copa; con el contratiempo, suelta la rama y el calzado sale propulsado hasta la puerta batiente de la cocina, choca con ella y rebota al interior; a los pocos segundos sale el maître con una fuente de canapés y el infame complemento encima. Es una función tan automatizada que ni se da cuenta. Bakshi no tiene más que hacerse el encontradizo para que el camarero le ofrezca; entonces se apodera de la pieza con rapidez estilosa. Durante unos instantes el maître duda de lo que le ha parecido ver, pero sigue su camino. La descripción del gag, al margen de enumerar sus giros maestros, descubre importantes dosis de mala baba: a pesar de las precauciones de Hrundi, nadie se ha fijado en él, ni ha visto volar el zapato y ser paseado en una bandeja. Nadie atiende más allá de su círculo de proximidad; no es menos irónico que el mismo azar que se lo ha quitado se lo regrese, indicio de una energía diferente que empieza a actuar con jocoso descaro.
Por otra parte, hacia la mitad de ese gag germina otra situación cómica que irá evolucionando a lo largo de la trama. Porque el primer camarero, una vez que Hrundi rehúsa la bebida y se queda solo, se toma la libertad de apurarla; licencia que convierte en hábito cada vez que se lo encuentra, ya que nuestro personaje es abstemio. El progreso de embriaguez de este tan entregado catador como pésimo profesional es uno de los motivos incuestionables por los que se debe ver El guateque; Steve Franken, al que ya hemos citado, es en opinión de Edwards, «el mejor borracho de la historia del cine», y no se queda corto, porque Franken parece el heredero natural de Buster Keaton, y si no estuviera Sellers por medio, sería, a no dudarlo, lo mejor de la película, algo que éste captó muy pronto e intrigó para que sus apariciones fueran las justas (aun así, esos celos fueron una de las causas de desavenencia con el director y de que volvieran a jurarse no coincidir jamás).
Tanto es así que la secuencia cómica más memorable, la de la cena, debe mucho al ballet de beodo que improvisa mientras sirve la mesa este sensacional figurante. La cena es en sí un prodigio de coreografía, de armonización de momentos auténticamente hilarantes, al punto de que Edwards se sentía incapaz de gritar el corten por sus propios ataques de risa. Se inicia en el momento en que Bakshi no tiene asignada silla de comensal (porque no debía estar ahí) y el maître hace traer al camarero una pequeña, un sitial de adorno, que en la práctica le hace pegar la cara al mantel. Es algo que recuerda otra escena de Mon Oncle donde el cuñado reserva a Hulot un asiento moderno e incomodísimo, donde también se hunde. Pero con ser cortés, Hulot no es Hrundi, y se levanta sin más para cambiarlo. Hulot no se deja rebajar, y con naturalidad neutraliza el intento. Hrundi lo admite por su solución de emergencia, aunque es posible que sea consciente de que no lo harían con otros.
Otra secuencia antológica de The Party es, digamos, líquida, y hay que advertir a ese respecto del protagonismo –simbólico también– del agua en toda esta armazón; el agua, sus continentes, contenidos y descontentos. Y dado que el contenido de una comedia se estima en que todo fluya, se libere y se desbarajusten los órdenes (que un camarote estrecho lo inunde un inverosímil número de personas y que luego al abrir la puerta, todas se desparramen en el pasillo, por ejemplo), al ver en esta lujosa finca tanta agua contenida –sus piscinas, sus estanques–, tanta agua doméstica, domesticada, encerrada entre cuatro paredes, uno ya puede prever que las cosas no van a quedar así. El agua presa se va a tomar la revancha. Para empezar, parece escoger a Hrundi como idóneo colaborador robándole el zapato y ayudándole con ello a ser quien es, y a que empiece a fluir. Esa agua se amiga con los seres líquidos, no con rocas como Fred Clutterbuck, que apenas la observa, imperturbable. Levinson, nuestro dipsómano camarero, llega un momento en que cruza el estanque, bandeja en ristre, despreciando la hilera de pequeños apoyos de piedra que sirven de puente (otro guiño a Mon Oncle: en la profilaxis de la villa Arpel, donde unas losetas de plástico impiden pisar el césped y un estanquito sólo se justifica como acento vanidoso, Hulot será el único que acabe metido en él hasta las rodillas, sujetando una taza de café con su plato durante una fiesta). Pero el agua no se queja de Levinson, y sus chapoteos se pierden entre los sonidos de la orquesta contratada para amenizar. Además, no deja de ser una especie de alter ego de Hrundi y la gente tampoco lo observa. Ahora volvamos con éste, que no necesita del alcohol para evolucionar con bonachona inconsciencia, pero tampoco puede negar que esté tan lleno de líquido, o más, que Levinson, cuando, válgame el cielo, empieza a sufrir los efectos de una alarma urinaria. Para su fortuna, aún no tiene edad para la incontinencia; por ello, los esfuerzos por retener su vejiga, cuando una y otra vez toda posibilidad de acudir a un lavabo se ve truncada, revelan a un Sellers mímico definitivamente genial. Para colmo, atravesando un jardincillo en busca de desagüe, tropieza con una espita y al punto todos los aspersores se disparan y le remojan a placer, sumiéndole en una cruel broma paradójica por parte del agua. No agotamos la carcajada cuando llega el momento –al menos el mío– de la película. En él Edwards refina hasta lo máximo lo que podría ser muy orgánico, muy vulgar, y Sellers nos hace olvidar por unos instantes que estamos aquí para reírnos.
El productor C. S. Divot (Gavin MacLeod), el mismo que vio reventar su película junto con el fuerte y transmitió la noticia al magnate, ha traído a su fiesta a la citada Michele, una brunette encantadora de la que piensa aprovecharse esa noche con la excusa de hacerle una prueba cinematográfica al día siguiente; así que la anima a cantar una canción delante del General y algunos invitados en un coqueto rincón, una manera de convencer a la chica de que va en serio, sin sospechar ella sus auténticas pretensiones. Una inocente, como lo es Hrundi, y acaso por ello hayan coincidido en un encuentro casual poco antes de la cena, interrumpido por Divot que, dicho sea de paso, no reconoce en el solitario deambulante al fenómeno que ha arruinado su película, ya que no va vestido de indio colonial como en el set, si bien le queda la duda de haberlo visto en alguna parte. Este desarrollo es pertinente para visualizar la escena: Michele empieza a rasgar la guitarra y entonar Nothing to Lose delante del General, Divot y algo de la clac. En eso pasa por detrás nuestro Hrundi empapado de pies a cabeza, en su desesperada búsqueda de un water closed (agua contenida, hasta las palabras se burlan), pero es consciente de que el público le está mirando más a él que a la chica, dada su repentina aparición, así que no le queda otra que parecer calmado e interesado. Cierto es que le están mirando, pero no lo ven: parecer salido del mar no les mueve el rostro; no lo conocen, así que queda impresionado como parte de la escenografía de la canción.
No, no le cuesta mucho sentirse interesado (¡claro que un mundo atenazar sus esfínteres!), pues ella le está observando con simpatía; en realidad, sólo a él va dirigido el tema, ese tema dulce y sedoso de Mancini que reconoce su marca de agua. Y podemos jurar que antes se dejaría partir las piernas el caballeroso Bakshi que hacerle el feo de correr por un pasillo, no hasta que no termine de desarrollar la balada. Los esfuerzos titánicos por disimular y a la vez controlar su urgencia, de dar al tiempo calidez a su sonrisa, elevan a Sellers hasta lo sublime tanto en lo gestual como en lo físico. Pero hay tres segundos que se salen y nos sacan de la película, tres segundos en que captura la cámara un giro de perfil, un mirar al techo y entrecerrar los ojos con los labios comprimidos, perlado el rostro de sudor de batalla y lágrimas de renuncia, que va borrando mientras regresa su mirada hacia la joven, inventando para ella la sonrisa más cortés y cariñosa que se pueda exprimir. En ese lapso de tiempo ha poseído Pierrot (el clown enamoradizo y desdichado, extraído de la Comedia del Arte) no a Hrundi, a Sellers. Tres segundos de Pierrot que a mí me valen por toda una carrera, porque en ellos se quintaesencia la ternura infinita, el dolor infinito del payaso. Es el perfil de Pierrot que mira a la luna, su luna, y me sobra cualquier otra evidencia. Es, a mi parecer, la gota más luminosa del trujal, el elixir de todo lo aprendido. Ni Alec Guinness habría podido hacer un Peter Sellers en ese momento.
«Nothing to lose»… Nada que perder… Un año más tarde –el del Festival de Woodstock, seguimos en coordenadas de contracultura‒, Kris Kristofferson y Fred Foster escribirán aquello de «Freedom´s just another word for nothing left to lose» (Libertad sólo es otra palabra para el «nada que perder») en Me and Bobby McGee, que versionó como nadie Janis Joplin en su póstumo Pearl (1971). La canción de Michele resulta clarividente porque lo perderá todo al negarse a retozar con Divot, con lo que le son cerradas las puertas del cine para siempre, lo mismo que a Bakshi, y en consecuencia sólo les queda ser lo que han sido y por lo que han pagado la factura: libres; añadiría algo que puede chirriar aunque sea tan visible: decentes (si preferimos, sin precio). En el comentario al dvd que llevo trillando, Edwards confiesa que quería presentar en el personaje de Sellers a alguien verdaderamente decente y que fuera exasperante; o tal vez, pienso yo, exasperante por decente en ese mundillo.
Pero esto es una comedia y estoy arañando demasiado la seriedad que sustenta a todas las que perduran; sigamos, pues, con su juego de vasos y fluidos comunicantes. Hemos dejado a Hrundi con su problema de contención; por fin, tras algún impedimento, podrá desocupar en el lavabo de un dormitorio que no ha tenido más remedio que invadir. Tras alguna zapatiesta donde progresa el número cómico, procede a salir por la ventana, ya que la cisterna no deja de soltar agua y una sirvienta está a punto de entrar. En alguien que intenta no ser incorrecto ni llamar la atención, salir del baño del cuarto de sus anfitriones –y más inundándolo– no parece la mejor manera. Salva el obstáculo con tan mala fortuna que se encuentra sobre la pendiente de una de las techumbres del jardín, pues la habitación se sitúa en la planta noble, la superior. Y, en serio, quiero pensar que el Hrundi que lucha por no deslizarse y al fin se precipita estruendosamente en la piscina no es un doble sino Sellers mismo, ya que ejecuta una prodigiosa acrobacia cómica, con la que sólo encuentro parangón en la estrambótica caída del trampolín de Mister Bean. En cualquier caso, el agua torna a envolver a Bakshi –él, que ya tenía su traje casi seco–, a recibirlo y destacarlo, algo como un «¡Eh! ¡Eh! ¡Está aquí!», y en efecto, automáticamente, todos los celebrantes del cóctel viran los ojos a este hombre que se hunde, que no ha aprendido a nadar (y menos socialmente). Y la auxiliadora que se lanza es precisamente Michele, a quien no le da miedo ni el agua ni estropearse la ropa, ya que con propiedad ella y él son los únicos que han caído, y a los que esta húmeda metáfora de libertad merece reunir.
Rescatado nuestro Sellers-Hrundi de aquel piscinazo, se le hace ingerir casi sin enterarse una copa para su reanimación, sólo que el vaso contiene la mezcla de whiskeys, vodkas y ginebras sobrantes que se estaba preparando el insaciable camarero en vez de atender al accidente, y este hombre, que no ha catado una gota de alcohol en su vida, agarra una curda olímpica, por decirlo en vulgar. El magnate y un actor de westerns lo suben a una habitación para cambiarle de ropa, justo el dormitorio matrimonial; Bakshi se defiende como una anguila mientras le quitan los pantalones, y sus captores resuelven dejarlo para que se embuta él mismo en algo a medo camino entre albornoz y pijama rojo de una pieza, propiedad del dueño. Envidiable metabolismo el de Hrundi, porque enseguida los efectos más vistosos de la borrachera se van mitigando, eso o que debemos a partir de aquí hacer la vista gorda con arreglo a algunas convenciones. Lo vemos reaparecer en el pasillo con sonrisa dulzona y una rosa amarilla en la mano –¿de dónde la ha cogido?, no importa–; sumemos una mirada soñadora y que se da un tiempo para aspirar la fragancia; debo apostillar que el vestido de gala de Michele es del color de esos pétalos, y él, con su mono holgado, que le confiere un punto payasesco, y su flor romántica, no necesita pregonar que vuelve por los fueros de Pierrot. Tal cual, se introduce en otro dormitorio, donde se halla la joven, sentada sobre la cama como una sirena recogida con una toalla, llorando entre jipidos. Lo hace por el asalto de Divot, por el adiós a su carrera y probablemente también por el vestido. Necesita ropa y consuelo; y nuestro amigo se los va a conseguir; no un consuelo físico, así no es Bakshi, que no se vale de tales desventajas. Es cuando le cuenta aquello de la pureza del corazón infantil que anoté antes, porque no hemos de olvidar que ambos son intrínsicamente inocentes, y que esta escena parece reproducir, en consecuencia, la fantasía de un par de niños imaginando un encuentro amoroso de adultos; es decir, un trato de complicidad y ternura, sin más. La hace reír, las lágrimas se secan; falta el asunto de la ropa. A Hrundi, que se había topado con el hijo de los anfitriones cuando corría a la caza de lavabos, se le enciende la bombilla y recurre a él para que le preste un pantalón y una sudadera, pues calcula que Michele es, más o menos, de su misma talla. Dos incisos: un chaval de unos nueve años es dudoso que sea el vástago de los señores Clutterbuck, que podrían pasar por abuelos, y más inexplicable resulta que los jeans que le quedan perfectos a Caroline Longet sean del mocito; pero ya he aconsejado el uso casual de la venda en los ojos. Lo que sí que justifica este esfuerzo de imaginación es que Michele se hace con un atuendo infantil y que su Pierrot va vestido como un niño grande con pijama. ¿Y cómo bajan y regresan a la fiesta, donde ya ha subido el alcohol, la gente se va olvidando de la distancia social y ha hecho aparición un grupo de danzarines rusos que alocan más la velada? Evidentemente, jugando: dando saltitos sobre los postes enanos del estanque; se ríen, agitan los brazos, se acercan al panel de control electrónico y aprietan alguna tecla para fijar la atención en lo que puede provocar: por ejemplo, que las plataformas sobre parte de la piscina se retraigan y los invitados pierdan equilibrio y se remojen. Se han liberado, se saben cómplices, sienten esas mariposas estomacales tan reconocibles, y parecen enteramente dos niños, sobre todo Bakshi, que nunca ha dejado de parecerlo.
En aquella entrevista de 1972, Sellers admitía que éste era uno de sus personajes favoritos, junto con el jefe sindical de I´m All Right Jack y, desde luego, Strangelove; es decir, supremas caracterizaciones o composiciones propias. Reconocía, también, que en The Party la última parte cojea, y es verdad que se rompen la tónica y el ritmo, algo que le suele pasar a Edwards en los terceros actos, donde recurre alguna vez a persecuciones a lo Mack Sennett u otros deshilados; pero ya que pasamos a ella, en el siguiente y último artículo dedicado a El guateque, pienso defender con uñas y dientes la lógica interna de que, precisamente, tenía que salirse de madre.