Opinión

El individualismo asociativо

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 29 de agosto de 2025

¿Se puede vivir en el aislamiento total? Al menos, se intenta sobrevivir (vivir sobre los otros) en asociaciones de egoístas funcionales y pragmáticas, como aquel Stirner: “En tanto que egoísta, el bienestar de esa ‘sociedad humana’ no Me interesa en absoluto, Yo no sacrifico nada a ella y no hago otra cosa que utilizarla; pero, a fin de poder utilizarla plenamente, Yo la transformo en Mi propiedad y en Mi criatura, es decir, que Yo la destruyo para crear en su lugar una asociación de egoístas".

Hoy se propone una racionalidad moral basada en el egoísmo asociativo, una moral por conveniencia, una ética de los negocios, negocio de la ética. Good ethics make good business, la bonne affaire de l’éthique. Al parecer hoy pocos se acuerdan de John Stuart Mill, para quien la fuerza social de una persona que tiene convicciones equivale a las de 99 que sólo tienen intereses, y Gilles Lipovetsky lo impugna así: “Una persona buena en el sentido de la moral del deber no siempre produce beneficios, por eso todos preferimos un gestor que robe un poco, pero que incremente la cuenta de resultados, a una bellísima persona que con su bondad nos lleve a la ruina. Los santos pueden ser perjudiciales para el bienestar general, mientras que los astutos pueden resultar beneficiosos. Al individuo responsable le interesan más los segundos que los primeros”.

La ética indolora de Lipovetsky expresa ese extendido sentir compuesto a base de lo efímero y de repugnancia por el autosacrificio en favor de los demás, los deberes incondicionales y la culpabilidad: “La moral de épocas anteriores propia del cristianismo y de la tradición cristiana era la moral de un deber exigente, que pide a los individuos sacrificar sus deseos y apetitos. Quien infringe las normas se siente culpable y termina en la neurosis o en algo cercano a ella. Es esta moral de los deberes incondicionados, del autosacrificio y del sentimiento de culpa la que se extingue. Algunos grupos la mantienen, pero son marginales. Las gentes ya no queremos obrar porque tenga un sentido u otro; ya no nos interesa contar con personas que tienen buena voluntad, sino con las que producen buenos resultados; у, desde luego, no queremos ni oír hablar de complejo de culpa”. Deshojemos, pues, la margarita: me apetece/no me apetece.

Tal ética indolora tiene como base el deseo de bienestar. El interés por uno mismo sería la clave de esta ética de los nuevos tiempos frente al altruismo de la moral del deber. Este “individualismo responsable” reza: “Mientras la tradición católica ve con malos ojos el individualismo porque lo identifica con el egoísmo, la Modernidad tiene por centro la defensa de la libertad individual, alaba la iniciativa de los individuos como una cosa buena. La solidaridad quedaría en un segundo plano, porque no es obligatoria, sino un valor laicizado. El egoísmo es el código genético de la democracia moderna. Por ello merecería la designación de individualista responsable quien comprendiese que le interesa la defensa de los derechos de los demás para defender los propios. El altruismo tendría un carácter residual. El altruismo hoy se vive de dos modos: o bien como un deber, y entonces es el núcleo de esa moral dolorosa que está de baja; o bien como una forma de vida que apetece en ese amplio fenómeno del voluntariado. El altruismo como obligación no es ya el centro de la moral dominante; el centro es el individualismo”.

Esta ética de náufragos pide a los supervivientes que no miren a lo lejos y prefiere asirse a la primera tabla de salvación que encuentre. Parménides cabalga de nuevo: “nada existe; si algo existiera sería incognoscible; si algo existiera y fuera cognoscible, resultaría incomunicable”. Dicho de otro modo, en la egolatría fagocitadora vemos reproducirse la apoteosis del principio de identidad anonadante sobre el principio de diferencia anonadado, y el que venga detrás que arree, “por pobreza nunca desmayéis pues/ otros más pobres siempre veréis” (Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Ed. Cátedra, Madrid, 1979, p. 50). En su forma atemperada el principio de diferencia respecto del abandonado a su propio infortunio se torna principio de indiferencia, primer paso hacia el principio exterminio. Para el individualista, Fábrica de Materiales de Aislamientos, Sociedad Limitada a Uno Solo, el amor se resuelve en filautía, la amistad en egofilia, y el paisaje en reflejo y eco de Narciso. Y, aunque Sigmund Freud afirmara que “el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior, y desde las relaciones con los otros”, sin embargo, la respuesta a esas amenazas es respondida por Narciso desde la reclusión en su ego de avestruz: “Vencer o ser vencido, no existe ninguna otra alternativa. El vencedor será el amo y el vencido será el esclavo; el vencedor gozará de la soberanía y los derechos del señor, en tanto que el vencido cumplirá con veneración sus deberes de súbdito” (Stirner El Único y su Propiedad 1, 1).

El aislamiento incomunicado es el absurdo, de ab/surdus, sordo-de, sordo de oído, mal perceptor de los sonidos. Lo absurdo des/entona, dis/cordia, des/afina, se relaciona mal con el oído de los oyentes situados en otra longitud de onda, y por ende es lo que no con/juga ni con/juega, de ahí el aserto de Terencio: hoc absurum atque alienum a vita mia videtur (esto parece absurdo y ajeno a mi vida). Lo absurdo, por no consonante resulta a los oídos de los demás disparatado, necio (stultus), ya que la estulticia no da crédito, y así viene a reconocerlo Cicerón: iam vero illud quam incredibile, quam absurdus (que cosa más increíble, más absurda). Absurdo y enemistad proximal van juntos en la tradición de filosofías y literaturas del absurdo, cuya sola enumeración llenaría un volumen compacto.

Ahora bien, el superviviente ha de arreglarse con los restos del naufragio; se ve obligado a practicar una especie de canibalismo cultural; tiene a su disposición los restos de todas las culturas humanas a partir de las cuales elabora una identidad escindida, difusa, siempre sin totalización. El superviviente se fabrica un sentido, consciente de su caducidad y fragmentación. Es la suya la cultura de retal, del remiendo, de lo precario naufragado donde Robinsón, obligado a su aislada autocontemplación, no descubre a su Viernes ni siquiera un solo día de la semana, dando así razón a Baltasar Gracián: “No descubrir el dedo malo, pues recibirá todos los golpes. No hay que quejarse de él, porque la malicia siempre hiere donde más duele, en la parte más débil”.

El segundo de los vericuetos conducentes al mismo absurdo se produce cuando Orestes se traviste con el ropaje de Orestes, el héroe de la obra sartriana Las Moscas para salir de la angustia de su encierro angosto persiguiendo con la terquedad de un cruzado los ideales antes impugnados, a saber, la justicia, la libertad y la dignidad. Pero lo hace fingiendo, con la maledicencia como norma, aunque quien habla mal siempre oye peor, “a éstos les huele mal la boca, porque son los albañales de las ruines inmundicias” (Oráculo Manual, 125). Lo curioso, como señalara Marco Aurelio, es que “se niegan a hablar bien de sus contemporáneos, con los que conviven, pero anhelan ser elogiados ellos mismos por los que han de venir después, a quienes no han visto ni verán jamás” (Enseñanzas para una conducta moral, 2). El mauditisme o malditismo es el resultado de quienes han hecho de lo satánico su bandera, desde Sade hasta Charles Baudelaire, que invita a la raza de Caín a expulsar del Cielo a Dios; desde un Georges Bataille o un Pierre Klosowski, hasta los tenebristas ingleses cultores del diablo, el mal y el pecado como expresión del orgullo de una humanidad genuina que desafía a los dioses, en la línea de Lord Byron, de Shelley, de Keats o de William Blake, el cual interpreta el mito de la Caída como la creación de un hombre-Dios prometeico.