Opinión

Entre los perdedores

TRIBUNA

Gastón Segura | Domingo 31 de agosto de 2025

—No gana nadie; solo unos pierden más que otros.

¿Recuerdan esta lacónica respuesta de Harry Moseby a su mujer, cuando le preguntó quién vencía en aquel partido de fútbol americano que estaba mirando en el televisor? En efecto; sucedió en mitad de aquella —al menos para mí— admirable La noche se mueve (1975), de Arthur Penn. Y desde que se la escuché al defraudado detective interpretado por Gene Hackman, una tarde de un sábado cualquiera, inapetente y tumbado sobre un tresillo de skay de un destartalado apartamento de estudiantes, la he masticado ya demasiadas veces; siempre, por un suceso tan catastrófico como lo fuera, apenas unos meses antes, evitable.

Este verano, contemplando las imágenes de los incendios que han devastado de norte a sur la raya con Portugal, volví a morderla como lo que es para mí: una siniestra y resignada jaculatoria. Al momento y para levantarme el ánimo y, de paso, distraerlos —primera obligación de estas líneas— se me ocurrió que podía dedicarle este par de páginas a la película. Además, me venía de molde al cumplirse su cincuentenario. El resto era detallarles porque considero a La noche se mueve una de las más sugestivas narraciones del cine negro, con Chinatown (1974), de Roman Polanski, y El Ojo Público (1994), de Howard Franklin, desde que este género se envolvió en el todo color y abandonó, en el trasunto, la desgalichada trinchera y el embriagador stetson de ala ancha, ante el que se elevaban las sinuosas volutas de un Lucky Strike o de un Camel desemboquillado.

Pero he aquí que, mientras cavilaba sobre esto y aquello para armar el artículo, se me cruzó la tribuna, en el diario El País (del jueves 21 de agosto de este año), «Apostar por la seguridad climática», de Teresa Ribera, la máxima responsable de esta consunción de nuestros bosques y, apenas echando un vistazo hacia atrás, de la mortífera anegación de la Huerta Sur de Valencia. No en balde, ha sido secretaria de Estado de Cambio Climático (2008-11) y ministra para la Transición Ecológica (desde junio de 2018 a septiembre de 2024; es decir, hasta antes de ayer). Huelga decirles que la tribuna era un repertorio de sentenciosas vacuidades para enmascarar la inutilidad del gobierno ante las colosales igniciones de nuestros bosques, comenzando con el apocalíptico cambio climático y siguiendo con el bálsamo de Fierabrás de la transición energética, y por ahí todo seguido, el resto de petulancias: la sostenibilidad, la resiliencia, la transversalidad, y de cuando en cuando, hasta la solidaridad con las víctimas. En suma; una proclama tan fatua como inoperativa y, por descontado, de todo punto indignante ante la mera constatación de la voracidad incontenible de las llamas, a las que, por supuesto, no dedicaba ni una línea no fuera a salpicarle alguna pavesa.

Más estupefacto que enojado, me puse en contacto con los verdaderos peritos en el asunto: un par de amigos ingenieros de Montes, quienes, sobre sus cualificados criterios, me enviaron tres diagnósticos de otros tantos colegas suyos. Los cinco —y de diversas adscripciones políticas— coincidían en determinar las causas de la devastación: la ingente masa forestal —acumulación excesiva de biomasa, así la llaman técnicamente— por la «deshumanización» de las forestas españolas; es decir, por la carencia de todo aprovechamiento —prohibidísimo por la rimbombante Ribera y sus acólitos, escudados tras las directrices europeas y otros celebrados prontuarios internacionales—, cuya consecuencia es una selvatiquez que, sobre emitir diversas partículas excesivamente combustibles, produce una abigarrada acumulación leñosa, combinación indispensable para una ignición veloz e intempestiva, apenas se produce un aumento momentáneo de las temperaturas. Para lo demás, para su ingobernable y aterradora propagación, basta con un repentino ventarrón o de una intrincada escarpadura del terreno.

Entretanto, se ha perseguido despóticamente a los ganaderos y a los agricultores —recuerden las manifestaciones de esta primavera—, oficios que más aprovechan y transforman el bosque, al compás de una disminución hasta la ridiculez de la inversión en la limpieza invernal de estas superficies y de otros medios de intervención como retenes de bomberos especializados y sus dotaciones técnicas (drones, maquinaria…), con el añadido de la dificultad para la obtención de subvenciones con fines de desbrozamiento para aquellos terrenos que son de propiedad privada —proporción muy elevada en el caso de Andalucía—. Por tanto; más le hubiese valido a Teresa Ribera haberse preocupado por estos remedios menos campanudos y más inmediatos o por el fomento de un mercado leñero —por cupos y debidamente regulado— con que alimentar industrias que transformasen los ramajes y los árboles sobrantes en fuente energética alternativa para los establecimientos rurales, y suplir, al tiempo, el secular consumo de esta materia y estimular un nuevo usufructo y la consiguiente limpieza de las masas forestales; todo esto, sin mencionar el olvido de cualquier repoblamiento de los bosques con especies herbívoras silvestres o domesticadas. En fin; soluciones sencillas y al alcance durante su mandato, y tal vez no nos hubiese legado estos estropicios de auténtico pavor.

No obstante, estas calamidades se me antojan irremediables mientras el presidente del gobierno, converso del catecismo de la fantasiosa Ribera, siga emperrado en el pacto de Estado sobre el cambio climático; algo tan efectivo contra esta oleada de incendios —y cuantas se vaticinan— como lo de las rogativas al santo cuando aquello de la pertinaz sequía. De modo que, como Moseby, no me queda sino mascullar:

—No gana nadie; solo unos pierden más que otros.

Algunos hasta la vida.