Las últimas, seguramente, que han ido adornando este verano, que es siempre típico pero arrogante e inconsciente en sus apuestas de originalidad, y en cada mano y en cada timba distinta, se van acumulando los lotes que van a juntarse en un destino común: la rifa, el reparto de las ilusiones y sus contrariedades, la lenta marcha y el borrado de un decorado que desaparece.
La feria medieval en San Esteban de Gormaz. El regusto infantil por reencontrarse con escenarios de sobra conocidos bajo la esencia de lo festivo y lo medieval entendido cada uno a su manera, con divertidas pero descacharrantes incongruencias —los puestos de mojitos, y mejor aún, los de kebab de cerdo, ahí es nada—. La presencia humana que a lo largo del día fue ganando en insoportabilidad, a la tarde siendo incuestionable. En el pórtico de la iglesia de San Miguel, en su esquina recogida y preciosa de piedra y parras de las casas cercanas, un grupo de amigos ciclistas berreando a sus puertas para sacarse una foto. En el pórtico de la iglesia de Santa María de El Rivero, en su altura soleada, el frescor, el despojamiento, la suerte de las muchas escaleras que disipaban el subirlas a los más impertinentes, a los que sólo buscaban la foto, y las lagartijas entre las rocas veraneando, con sus posados rápidos antes de escabullirse por las rendijas. Las aves rapaces, su majestuosidad. Los signos centenarios en su plumaje. La belleza que igualmente sufría el calor castellano del mediodía.
Las lecturas que se agolpaban y el arrebato de conseguir sentirnos satisfechos por lo que cada una proveía. Los proyectos que avanzaban favorablemente y lo fácil que era y es sustraerse de ellos, placenteramente siguiendo el vuelo de una mosca sobre los trapos de cocina, atravesando las cortinas o mirando por la puerta o cualquier ventana cómo pasaban las nubes y las temperaturas bajaban y el prodigio de lo que creíamos en otra parte cada vez estando más cerca, cada día más ligado a los nuevos caminos, llenos de entusiasmos y perplejidades. Las brisas de nada en las tardes del bar, aguantadas contra la pared para que no nos echasen. El pueblo vaciándose hasta las fiestas siguientes.
Los árboles y la ausencia que dejaron los que hacían más esplendorosas sus sacudidas por el viento y los ruidos a la entrada del pueblo, en las faldas que ascienden al pinar. Dice Sánchez-Ostiz en uno de sus diarios que tal vez el anotar la tala de los mismos no sea la mejor manera de abrir un libro, pero produce la misma amargura que si fuera dicho a la mitad, al final, porque, sea uno curioso o no de las cosas del tiempo, afectan del mismo modo. En el fondo, una inmovilidad hacia su vacío, aleccionándonos con una cura de humildad.