Cuestionado José Luis Rodríguez Zapatero por medios de comunicación internacionales, el presidente del Gobierno ha decidido no prescindir de sus servicios, pero cautelosamente ha encargado a Salvador Illa que rinda pleitesía a Carlos Puigdemont acudiendo a visitarle en el extranjero. Menuda papeleta. El presidente de la Generalidad, elegido por la voluntad general catalana, visita al prófugo golpista reclamado por la Justicia española. Todo un esperpento.
Sin los siete escaños de Junts en el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez perdería todas las votaciones. De ahí que exija a Salvador Illa la indignidad de visitar a Carlos Puigdemont. Que tiemble España. El prófugo golpista tiene planteadas reivindicaciones de alto riesgo. En primer lugar, que se aplique la ley de amnistía y pueda regresar en triunfo a Cataluña. Exige a continuación la lluvia de millones de supuestas deudas y reivindicaciones indirectas. Después, quiere que la Guardia Civil y la Policía Nacional abandonen Cataluña y que se celebre un referéndum de autodeterminación. Aunque todavía no se ha atrevido a hablar de ello, Carlos Puigdemont le planteará a Pedro Sánchez la retirada de las Fuerzas Armadas de Cataluña suprimiendo la Capitanía General en la Comunidad Autónoma.
Unas nuevas elecciones tal vez excluyan a Puigdemont del chantaje que ahora exhibe. Por consiguiente, el prófugo golpista permitirá a Pedro Sánchez continuar sentado en la silla curul de la Moncloa si el presidente español cede al menos en varias de las pretensiones que el golpista ha planteado sobre el tapete nacional. Pedro Sánchez sabe lo que significa el dinero que maneja la mano monclovita. Conoce también las necesidades financieras de Carlos Puigdemont. Y por eso espera que Salvador Illa pueda convencerle de mantener sus escaños junto al sanchismo, incluso con el apoyo a los Presupuestos del Estado, sin que se dispare en sus exigencias políticas.
Zapatero hubiera hecho muy bien la gestión. Veremos hasta qué punto Salvador Illa demuestra habilidad. En todo caso, resulta vergonzoso para la opinión pública que España caiga genuflexa ante un golpista y también que un presidente del Gobierno español esté dispuesto a la indecencia que supone atender las exigencias de un prófugo de la Justicia.